«De que me rompan la madre, mejor se las rompo yo. Aunque de ésta no sé si la libre» Seguía rezongando para sus adentros mucho antes y a la mera hora de escurrirse dentro del asentamiento de paracaidistas donde estaba su jacalón, más bien el de su quelite, la Yesenia, la ojos de serpiente, la que veía de frente sólo cuando algo le importaba. A quien se dejaba la presumía con orgullo porque «era virgencita, por ésta…» y porque es de los que fundaron la ciudad perdida, y la bautizaron ‘Santa Cruz’, ¿Atoyac?
«…mejor se las rompo yo…» rezaba su letanía mental. Avanzaba despacio, pero con prisa, entre los
laberínticos pasadizos de cartón, ropa tendida, polines y varillas. Susurraba
la contraseña propia del sector más pegado a Miguel Laurent. Se arrepentía a ratos de no haberse seguido
por Avenida Municipio Libre para entrar por donde la mayoría, de no haberse
persignado ante el árbol sagrado que un rayo transfiguró en cruz
chamuscada. Se compungió más de cómo ya
venía sin la protección de ésta, siendo imposible evitar que lo saludaran,
rogaba para que no lo invitaran a darse un toque, o a celebrar un cumpleaños, o
para que se mochara con algo. Imaginado
y sucedido.
Habría pasado de todo, cualquier cosa, menos lo que pasó, si no se hubiera retrasado tanto rodeando aquel paraíso prometido. Alejándose de Municipio Libre recorrió el tramo de avenida División del Norte. Agregó al molcajete de espantos reales y figurados la “certeza” `e que habría podido ocultar su furtiva presencia en la espesura del Parque “de los Venados”, de no estar éste rabón de árboles «porque mi patrón de patrones, cabrón de cabrones, mandó lo sembraran con puras pinches ramas flacas.» Al llegar a la esquina cruzó, como si nada, la calle Miguel Laurent, « ¿Quién fue ese güey? Me vale, pero chance para que tenga las mismas iniciales que la paralela» No aguantando los nervios se encaminó pegadito a la pared de las casas y bardas de lotes baldíos, hasta llegar a donde se acababa de sopetón la avenida Cuahutemoc. Cruza de nuevo la calle, y sin más, silva una tonada metiéndose al hueco del muro empujando con la pierna izquierda la lámina de zinc. -Más vale perder pata que choya - El que no se sabía esta contraseña perdía cualquiera de las dos.
Va buscando en la mente el lugarcito donde vive la muchacha, recuerda que la última vez lo despidió diciendo que colgaría el retrato de Ángelo Giuseppe Roncalli hasta que regresará, nunca entendió por qué colgó el retrato del Papa Juan XXIII y no el del tal Ángelo. En eso iba cuando escucha la negrísima voz de Little Richard cantando Tutti Frutti good booty que es emitida por el Papa o por un disquito que gira a cuarenta y cinco revoluciones en al interior del jacal hecho a mano. Se acerca despacio a la puerta compuesta por maceta y cartón corrugado á la chapopote, que mueve apenas para levantar la tela percudida que durante el día hace las veces de puerta.
Siente que está a salvo al oler los vapores que despide la estufa de petróleo, los pétalos aromáticos que flotan en agua para rociar la ropa que contiene una vieja palangana. A bamboleante contraluz de veladora, se le presenta la Yesenia, la suya, no la caricatura de Lágrimas y Risas, en raído y cachondo camisoncito de algodón que fracasa al tratar de ocultar la desnuda delgadez. No puede evitar sentir el contraste de su rigidez de muerte con el sensual movimiento de aquel cuerpo. En especial esas apretadas y redondas nalgas de ninfa urbana son exquisitas, piensa él, poniéndose romántico, de su quelite, quien alisa arrugas de algún trapito muñeqqeando con maestría la pesada plancha de carbón.
«Mejor se las rompo yo, a ella la tengo que salvar» estas palabras no dichas lo arman de valor para avanzar hacia ella sin hacerle caso al retrato de Ricardo Flores Magón, su actual rival de amores según él.
Ella presiente, o alcanza a escuchar, cómo nace el jadeo a sus espaldas. Sabia y traviesa no voltea, sólo se queda quieta, no tensa, sólo quieta. Se tocan los cuerpos, apenas apretando, ella se imagina así misma cómo una gitana hambrienta por lo que empuja hasta sentir que el recién llegado le toca tembloroso el liso abdomen y los duros pechitos a la vez. Él quiere decirle todo lo que la extraña, lo que sus entrañas le piden a diario, lo que harán cuando las cosas cambien, pero lo que le sale de los labios, o más bien, de la garganta es Soy inocente, flaquita, soy inocente.
-No, pos sí. - Sopla ella sin perder más que un poquito el ánimo.
En alguna parte de su cerebro él rumiaba y juraba, «me van a romper la madre, de seguro, como descuartizaron al Dulces, que se negó a declarar que era el líder de los rompehuelgas cuando masacraron a los cinco revoltosos en las bodegas de la DINA Renault a unos pasos de aquí.»
«Me cae que mejor se las rompo yo»
Encabronado la muerde en el cuello, la aprieta contra la mesa, la trata de penetrar por atrás, casi lo logra, pero lo detiene el dolor que le causa el virginal algodón del camisón, la gira con facilidad pues ella lo ayuda y guía hasta que lo atrapa y obliga a penetrarla, así de cuclillas. Y como si nada ocurriera, lo ve directo al fondo de su alma consciente, lo hace con sus ojos caprichosamente rasgados de serpiente encantadora. Sin maldad, pero implacable, con una voracidad simple, definitiva. Tres o cuatro balanceos de ella y…
- Mejor se las rompo yo…- gime él, mas no le dice que el más chingón de la pradera ha ordenado desmadrar Santa Cruz con los paracaidistas dentro.
Sin que se dieran cuenta, los pensamientos se les escurrían entre los canales inmateriales de sus mentes. Pensamientos silenciosos, confesiones sin brotar. Actos humanos, muy humanos, terrenales, terregosos.
Le había comprado sus favores en la zona roja de Puebla de los Ángeles, la asiduidad los hizo amigos, ella acabó aceptando regresar al DF, y estar disponible para él. Tres semanas más tarde lo llevó a Santa Cruz. Se tardó más de un mes en confesarle que seguía de puta en la esquina de División del Norte y Uxmal, asociada con una alumna del Montaignac, y que sólo cogía con adolescentes clasemedieros, de los que en la peluquería estudiaban el Jajá y la revista Siempre.
Tuvieron un orgasmo al mismo tiempo, pero sin compartirlo, pues no se lo debían la una al otro.
El largo etcétera que componían los trabajitos extra que realizaba para el gran político volvió a llenar sus instantes. Lo cambiaban de ropa, de oficina, de ranchería, de pueblo, del trópico húmedo al desierto y su aire sediento. Varios pasaportes para salir y entrar al país. Solo, y acompañado sólo en ciertas ocasiones, si tenía que dejar huellas dejaba las suyas, si el trabajito incluía dejar mensaje escrito, lo escribía con su “sintacsis y pecados de artografía propias”. Ese era el trato, el contrato apalabrado. Lo era de jefe a esclavo, sellado por la absoluta lealtad de éste a Dios, al mismísimo dueño de la ciudad.
Ya en el camastro, ella lo restriega con trapo humedecido en el agua de pétalos, buscando la manera de que le suelte la verdad sobre lo que ha venido haciendo en todo este tiempo, y de qué pinche crimen se declara inocente. Como otras veces, él solito empezó:
-El patrón, me refiero al meritito chingón, me ha estado dando chambas cada vez de mayor confianza, siempre manda a alguien distinto a darme el qué, el cuándo, el dónde, y el cómo, jamás, jamás el por qué, pero no soy ningún tarugo, nadie va a mear en esta ciudad sin que él se entere.
Silencio. Lo no dicho se eleva sin encontrar salida, la pregunta no acaba de tomar forma, el instinto se le adelantó sin evaluar riesgos. No esperó al deseo renovado, mucho menos a que la energía rellenara los tejidos, lo ayudó, lo obligó a ser cabalgado, a obedecer signos íntimamente aprendidos, presiones de muslos y estrujitos quemantes en el infinito, caricias de sus manos frías, siempre frías. Con ellas, delicadísimas, fingió apretarle el cuello.
« ¿De qué no eres culpable? Pecador. »
Habría pasado de todo, cualquier cosa, menos lo que pasó, si no se hubiera retrasado tanto rodeando aquel paraíso prometido. Alejándose de Municipio Libre recorrió el tramo de avenida División del Norte. Agregó al molcajete de espantos reales y figurados la “certeza” `e que habría podido ocultar su furtiva presencia en la espesura del Parque “de los Venados”, de no estar éste rabón de árboles «porque mi patrón de patrones, cabrón de cabrones, mandó lo sembraran con puras pinches ramas flacas.» Al llegar a la esquina cruzó, como si nada, la calle Miguel Laurent, « ¿Quién fue ese güey? Me vale, pero chance para que tenga las mismas iniciales que la paralela» No aguantando los nervios se encaminó pegadito a la pared de las casas y bardas de lotes baldíos, hasta llegar a donde se acababa de sopetón la avenida Cuahutemoc. Cruza de nuevo la calle, y sin más, silva una tonada metiéndose al hueco del muro empujando con la pierna izquierda la lámina de zinc. -Más vale perder pata que choya - El que no se sabía esta contraseña perdía cualquiera de las dos.
Va buscando en la mente el lugarcito donde vive la muchacha, recuerda que la última vez lo despidió diciendo que colgaría el retrato de Ángelo Giuseppe Roncalli hasta que regresará, nunca entendió por qué colgó el retrato del Papa Juan XXIII y no el del tal Ángelo. En eso iba cuando escucha la negrísima voz de Little Richard cantando Tutti Frutti good booty que es emitida por el Papa o por un disquito que gira a cuarenta y cinco revoluciones en al interior del jacal hecho a mano. Se acerca despacio a la puerta compuesta por maceta y cartón corrugado á la chapopote, que mueve apenas para levantar la tela percudida que durante el día hace las veces de puerta.
Siente que está a salvo al oler los vapores que despide la estufa de petróleo, los pétalos aromáticos que flotan en agua para rociar la ropa que contiene una vieja palangana. A bamboleante contraluz de veladora, se le presenta la Yesenia, la suya, no la caricatura de Lágrimas y Risas, en raído y cachondo camisoncito de algodón que fracasa al tratar de ocultar la desnuda delgadez. No puede evitar sentir el contraste de su rigidez de muerte con el sensual movimiento de aquel cuerpo. En especial esas apretadas y redondas nalgas de ninfa urbana son exquisitas, piensa él, poniéndose romántico, de su quelite, quien alisa arrugas de algún trapito muñeqqeando con maestría la pesada plancha de carbón.
«Mejor se las rompo yo, a ella la tengo que salvar» estas palabras no dichas lo arman de valor para avanzar hacia ella sin hacerle caso al retrato de Ricardo Flores Magón, su actual rival de amores según él.
Ella presiente, o alcanza a escuchar, cómo nace el jadeo a sus espaldas. Sabia y traviesa no voltea, sólo se queda quieta, no tensa, sólo quieta. Se tocan los cuerpos, apenas apretando, ella se imagina así misma cómo una gitana hambrienta por lo que empuja hasta sentir que el recién llegado le toca tembloroso el liso abdomen y los duros pechitos a la vez. Él quiere decirle todo lo que la extraña, lo que sus entrañas le piden a diario, lo que harán cuando las cosas cambien, pero lo que le sale de los labios, o más bien, de la garganta es Soy inocente, flaquita, soy inocente.
-No, pos sí. - Sopla ella sin perder más que un poquito el ánimo.
En alguna parte de su cerebro él rumiaba y juraba, «me van a romper la madre, de seguro, como descuartizaron al Dulces, que se negó a declarar que era el líder de los rompehuelgas cuando masacraron a los cinco revoltosos en las bodegas de la DINA Renault a unos pasos de aquí.»
«Me cae que mejor se las rompo yo»
Encabronado la muerde en el cuello, la aprieta contra la mesa, la trata de penetrar por atrás, casi lo logra, pero lo detiene el dolor que le causa el virginal algodón del camisón, la gira con facilidad pues ella lo ayuda y guía hasta que lo atrapa y obliga a penetrarla, así de cuclillas. Y como si nada ocurriera, lo ve directo al fondo de su alma consciente, lo hace con sus ojos caprichosamente rasgados de serpiente encantadora. Sin maldad, pero implacable, con una voracidad simple, definitiva. Tres o cuatro balanceos de ella y…
- Mejor se las rompo yo…- gime él, mas no le dice que el más chingón de la pradera ha ordenado desmadrar Santa Cruz con los paracaidistas dentro.
Sin que se dieran cuenta, los pensamientos se les escurrían entre los canales inmateriales de sus mentes. Pensamientos silenciosos, confesiones sin brotar. Actos humanos, muy humanos, terrenales, terregosos.
Le había comprado sus favores en la zona roja de Puebla de los Ángeles, la asiduidad los hizo amigos, ella acabó aceptando regresar al DF, y estar disponible para él. Tres semanas más tarde lo llevó a Santa Cruz. Se tardó más de un mes en confesarle que seguía de puta en la esquina de División del Norte y Uxmal, asociada con una alumna del Montaignac, y que sólo cogía con adolescentes clasemedieros, de los que en la peluquería estudiaban el Jajá y la revista Siempre.
Tuvieron un orgasmo al mismo tiempo, pero sin compartirlo, pues no se lo debían la una al otro.
El largo etcétera que componían los trabajitos extra que realizaba para el gran político volvió a llenar sus instantes. Lo cambiaban de ropa, de oficina, de ranchería, de pueblo, del trópico húmedo al desierto y su aire sediento. Varios pasaportes para salir y entrar al país. Solo, y acompañado sólo en ciertas ocasiones, si tenía que dejar huellas dejaba las suyas, si el trabajito incluía dejar mensaje escrito, lo escribía con su “sintacsis y pecados de artografía propias”. Ese era el trato, el contrato apalabrado. Lo era de jefe a esclavo, sellado por la absoluta lealtad de éste a Dios, al mismísimo dueño de la ciudad.
Ya en el camastro, ella lo restriega con trapo humedecido en el agua de pétalos, buscando la manera de que le suelte la verdad sobre lo que ha venido haciendo en todo este tiempo, y de qué pinche crimen se declara inocente. Como otras veces, él solito empezó:
-El patrón, me refiero al meritito chingón, me ha estado dando chambas cada vez de mayor confianza, siempre manda a alguien distinto a darme el qué, el cuándo, el dónde, y el cómo, jamás, jamás el por qué, pero no soy ningún tarugo, nadie va a mear en esta ciudad sin que él se entere.
Silencio. Lo no dicho se eleva sin encontrar salida, la pregunta no acaba de tomar forma, el instinto se le adelantó sin evaluar riesgos. No esperó al deseo renovado, mucho menos a que la energía rellenara los tejidos, lo ayudó, lo obligó a ser cabalgado, a obedecer signos íntimamente aprendidos, presiones de muslos y estrujitos quemantes en el infinito, caricias de sus manos frías, siempre frías. Con ellas, delicadísimas, fingió apretarle el cuello.
« ¿De qué no eres culpable? Pecador. »
-Soy inocente- le decía y le decía a su mujer quien cerrando los ojos
estiraba su delgado cuello de garcita acapulqueña, concentrada jinete en cada
instante del trote lento y calculado.
-Yo no estaba ahí, yo andaba en la sierra de Hidalgo, si no, pregúntale a la Misterios, la que cuida la cabaña y pastorea borregos ajenos. Yo me la he pasado todo este tiempo por allá metido en Honey, en la sierra de Puebla.
« ¿No que Hidalgo? »
- ¿Me creerás que es Hidalgo, pero también es Puebla?
« ¿Metido con quién? »
- Metidote en Honey, así se llama el pueblo»
-No, pos sí. - aspiró ella, y soltó firme y largo el aire. Atando cabos, y desgreñando a la empalagosa Misterios.
Ella, celosa y jariosa, apretando la montura recorría con el dedo el clítoris para darle a probar al hombre, que le parecía cada vez más extraño, el dedo enmielado, le retuvo las palabras, allá cerca del cerebelo.
«Cuando llegue la chota, tú presentas tu jeta…tú estabas en el puesto…yo no estaba…ni allí…ni aquí, sino allá en Honey, con la milpa cazando motocles…»
«Pero si todos saben que eres bien rata, mi quelite, pero rata, rata. »
«…te haces la pendeja, y al final te declaras culpable…hazlo por amor a tu mejor empujador de tripas, además, al rato toda la verdad saldrá a la luz, porque me cay de putísima madre que soy inocente, tú sabes que…eso…no es mi ramo, no está en mi alma»
«Además, ultimadamente, tú andas dándole las nalgas a los ayudantes de los que llevan días midiendo el norte a Santa Cruz, y a ti el aceite.
«Te parto en este momento la madre…no te mueras todavía pendeja, el patrón clarito dijo que si lo encubrimos él se encargará que nos hagan justicia… ¡Qué no te mueras te digo!”
Estos diálogos mentales adornaban una y otra vez el plan que él llevaría a cabo en el justo instante en que ella levantase el culo de su nariz y dejara de lamérsela.
«Mejor se la rompo a ella que a ellos»
Por instinto, tantitito antes de que se viniera, « Mejor se los rompo yo a él » apretó sus dientes, le desgarró la piel, golpeó el testículo al descubierto con la plancha ardiendo, sofocó el aullido con todo su cuerpo, lo golpeó muchas veces, lo planchó despacio, despacio, canturreando mientras el sordo rugir de las máquinas demoledoras apoyadas por granaderos arrancaban casuchas y alaridos de rabia y dolor. Calculó el tiempo, cubrió al cuerpo con plancha, estufa, y tocadisco para dotarlo de algún escudo protector contra los rasguños.
Se limpió la sangre del cuerpo con el mismo trapo del masaje, enjuagándose con el agua de pétalos, se puso sus pantaletitas recién planchadas, y se deslizó dentro del vestidito de brizna y hojas secas. Montada en tenis color blanco voló a encontrarse con su nuevo amante, su nuevo empleo de sirvienta clasemediera que la esperaba en aquel mundo raro, a tan sólo unas casas, unos metros, de aquel recién iniciado desarrollo urbano en el amanecer de los sesenta. «No, pos sí.»
-Yo no estaba ahí, yo andaba en la sierra de Hidalgo, si no, pregúntale a la Misterios, la que cuida la cabaña y pastorea borregos ajenos. Yo me la he pasado todo este tiempo por allá metido en Honey, en la sierra de Puebla.
« ¿No que Hidalgo? »
- ¿Me creerás que es Hidalgo, pero también es Puebla?
« ¿Metido con quién? »
- Metidote en Honey, así se llama el pueblo»
-No, pos sí. - aspiró ella, y soltó firme y largo el aire. Atando cabos, y desgreñando a la empalagosa Misterios.
Ella, celosa y jariosa, apretando la montura recorría con el dedo el clítoris para darle a probar al hombre, que le parecía cada vez más extraño, el dedo enmielado, le retuvo las palabras, allá cerca del cerebelo.
«Cuando llegue la chota, tú presentas tu jeta…tú estabas en el puesto…yo no estaba…ni allí…ni aquí, sino allá en Honey, con la milpa cazando motocles…»
«Pero si todos saben que eres bien rata, mi quelite, pero rata, rata. »
«…te haces la pendeja, y al final te declaras culpable…hazlo por amor a tu mejor empujador de tripas, además, al rato toda la verdad saldrá a la luz, porque me cay de putísima madre que soy inocente, tú sabes que…eso…no es mi ramo, no está en mi alma»
«Además, ultimadamente, tú andas dándole las nalgas a los ayudantes de los que llevan días midiendo el norte a Santa Cruz, y a ti el aceite.
«Te parto en este momento la madre…no te mueras todavía pendeja, el patrón clarito dijo que si lo encubrimos él se encargará que nos hagan justicia… ¡Qué no te mueras te digo!”
Estos diálogos mentales adornaban una y otra vez el plan que él llevaría a cabo en el justo instante en que ella levantase el culo de su nariz y dejara de lamérsela.
«Mejor se la rompo a ella que a ellos»
Por instinto, tantitito antes de que se viniera, « Mejor se los rompo yo a él » apretó sus dientes, le desgarró la piel, golpeó el testículo al descubierto con la plancha ardiendo, sofocó el aullido con todo su cuerpo, lo golpeó muchas veces, lo planchó despacio, despacio, canturreando mientras el sordo rugir de las máquinas demoledoras apoyadas por granaderos arrancaban casuchas y alaridos de rabia y dolor. Calculó el tiempo, cubrió al cuerpo con plancha, estufa, y tocadisco para dotarlo de algún escudo protector contra los rasguños.
Se limpió la sangre del cuerpo con el mismo trapo del masaje, enjuagándose con el agua de pétalos, se puso sus pantaletitas recién planchadas, y se deslizó dentro del vestidito de brizna y hojas secas. Montada en tenis color blanco voló a encontrarse con su nuevo amante, su nuevo empleo de sirvienta clasemediera que la esperaba en aquel mundo raro, a tan sólo unas casas, unos metros, de aquel recién iniciado desarrollo urbano en el amanecer de los sesenta. «No, pos sí.»
Históricamente, y por que me gusta mucho, es el tercero de ACABADOS CON TACHONES
ResponderEliminar