«…Hemos venido de
Nazaret de Galilea, a censarnos,
en el momento de llegar le aumentaron los
dolores
y ahora está naciendo… »
El Evangelio
según Jesucristo
José Saramago
No sé si anduvieron juntos parte del camino. Se me fueron presentando así nomás, sin dar
explicación alguna. Como a los miles de
niños que nacimos en el mismo nanosegundo se nos aparecieron años después del
parto, igual que a los del nano segundo inmediato anterior y posterior. Es cierto que venían del oriente, mas a ellos
les gustaba decir que iban camino al poniente.
Tardé muchos años en descubrir la delicada manera de decir que nuestro
encuentro anual era casual, y por individual casi trivial, que la causa
profunda de su viaje era moverse hacia el oeste, junto con el sol, o – pensé – compitiendo
contra él.
Cuando niño, en días como éste, aparecían en la sala camisas
y pantalones, me decían que eran regalos de unos Santos que eran Reyes que no se
dejaban ver. Llegó el día en que tuve los míos propios, no
tenían ropa para regalarme, cada uno de ellos de manera mágica y magistral me relataba
los ensueños de su largo caminar hacia el Oeste, y los ensueños no se entregan,
se comparten. Una vez que se producía el
encuentro con alguno de ellos comenzaba de inmediato la historia que
enriquecería mi vida en trozos de varios tamaños.
Si las condiciones iniciales restringen a que los tres
sean reyes conocedores de hechizos y encantamientos santos señores forasteros
emigrantes de Oriente, los míos son Howard Fast, Norman Mailer, y Philip Roth.
Pienso que, como yo, todos tenemos tríos como éste, ojalá los tengamos. Dado que soy torpe en asuntos de promoción comercial
desde tiempos de la XEW, invito a los
lectores y escuchas a consultar en la triple W de su preferencia los títulos de
las obras de estos hombres sabios. Los
tres son tan forasteros como lo pueden ser los gringos, y en este caso yanquis
del corazón de Nueva Inglaterra, y muy cerca de la costa Este, o sea medio al
Oriente. ¡Ah! Eso también lo cumplen a
cabalidad: los tres son herederos de la cultura semita, judíos como el que más.
Por la regia manera como narran sus leyendas, consejas y
desmentidos los llamo reyes; por sus “Érase una vez…”, sus desarrollos, y
regios finales, los considero no sólo reyes sino magos. Es mi capricho. Todo capricho gasta energía, y de la peor
calidad posible, entrópica, sin valor de cambio ni de uso. Soy del club de los que piensan que el ser
que, pudiéndolo todo, no juega a los dados pos como que no puede ser. Ya siendo padre y la familia gozando de
salita y comedor se me atravesó Howard Fast, momentos antes o momentos después
de que los dados iban en el aire.
Sin más el
neoyorkino nacido el año en que mataron al esposo de Sissy Emperatriz empezó a
relatarme Spartacus, en un Español porteño de los años sesenta no tan bueno
como su Inglés de 1951, puntualizando: El tiempo del inicio de esta historia es
el año 71 a. C., tomó aire el tiempo que tarda uno en volver la página y
prosiguió: De cómo Cayo Craso viajó a lo
largo de la carretera de Roma a Capua, en el mes de mayo. Pocas páginas más adelante Fast hace
preguntar al rastrero payaso gordo en relación al cadáver crucificado de
Fairtrax, el galo lugarteniente en el insurrecto ejército de esclavos de
Espartaco: ¿Saben qué fue lo último que
dijo? Y responder cuando Claudia le preguntó ¿Qué? : «Volveré y seré
millones».
También, a principios de los setenta, Los desnudos y los muertos cayó en mis
manos no le presté atención a que lo hubiese escrito Norman Mailer, nombre que
no me decía nada, bueno sí, Norman el cartero, sino a que era una novela
antibelicista donde un pelotón de la infantería norteamericana se desvive por
arrancar una isla del Pacífico en poder de japoneses igual de infantes. Yanqui, nacido en Long Branch en el Nueva
Jersey de 1923, cuya familia emigró unos pocos kilómetros para que el niño
judío creciera en Brooklyn, Nueva York. Como no me gravé el nombre del narrador de The nudes and the Death su primer libro,
tuvieron que nacer y multiplicarse veintisiete de sus obras sin que yo las
conociese hasta que un buen día narra para mí solito, también en Español, Retrato de Picasso cuando joven, después
apenas acababa de secar la tinta de la primera edición me comparte sus
reflexiones acerca de Why Are We at War? refiriéndose al estado de guerra con Irak a
partir de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, así como The Spooky Art sus exclusivas consejas
literarias susurradas durante tardes enteras sin que yo supiera si lo hacía
para desalentarme o sólo por placer.
Sin detener su peregrinar, poquito después de la
biografía del joven Pablo Picasso, su mente lo obligó, por necesidad, a hablar
con una voz doblemente milenaria, extraña a la suya, la voz de aquel que nunca
escribió de sí mismo. A esta experiencia
tan peculiar Mailer la llamó: The Gospel
According to the Son. Traduzco algo ad hoc al momento: «…conforme Herodes se hacía más viejo, enloqueció más. No había pasado
un día desde que oyera sobre mi nacimiento, y ya había mandado tres hombres
sabios a Belén. Él dijo: “Encuentren al
bebé santo y traigan noticias. Deseo ir y adorarlo.” Ellos no le creyeron, pero sabían que tenían
que partir al momento, y durante la noche.
En el corto viaje a Belén, una estrella viniendo del Este al pasar arriba
de ellos, se movió hacia el sur, y ellos siguieron a la estrella hasta que
llegaron a nuestro pesebre. Allá, se
hincaron ante María y José, y dieron adoración.
Así está dicho en el Evangelio de Mateo.
Mateo también clamaría que los hombres sabios nos trajeron regalos de
oro e incienso y mirra – pero esto puede no ser cierto. Pues José y María nunca
hablaron de tales presentes. Es cierto,
sin embargo, que los hombres sabios ofrecieron un regalo de valor considerable:
Ellos advirtieron a José no vivir ni por un día más bajo el dominio de
Herodes. En efecto, estos hombres sabios
se apresuraron también en dejar la tierra de Israel, y partieron pronto después
de haber llegado al pesebre. Y José
salió a la hora siguiente. Todos
viajamos durante la noche hasta que llegamos a Egipto. Herodes demandó una
venganza. Cuando los hombres sabios no regresaron, se enviaron verdugos a Belén
con el mandato de destazar a todos los niños varones que hubiesen nacido en el
momento de mi nacimiento. Las palabras
del profeta Jeremías se cumplieron: “Lamentación y lloros y luto.” Herodes murió pronto, y José regresó a
Nazareth, donde le dio dos hijos a mi madre, Santiago y Juan. Puede ser que
nuestro amor entre nosotros fuese maldito, porque años más tarde no me sentí
tan cerca de estos hermanos como con los niños que habían sido asesinados en
Belén. …».
Amazon.com se
encargó de traerme The Castle In The
Forest editado por Random House en 2007 y que Norman me empezó a relatar el
25 de febrero de ese mismo año. Corrijo,
su regia magia nos hace creer, aceptar, y saborear la filtración hecha en primera persona del singular por parte de
Dieter, miembro de la Sección Especial IV-2a, sección que operaba bajo la
supervisión directa de Heinrich Himmler, quien de cariño las llamaba SS. La historia me había atrapado ya antes de que
Dieter presumiera o filtrara que
conocía el pasado de Adolfo Hitler, “Desde el culo hasta el apetito”, juro que
así está escrito, y añade que la frase enfática la toma del Inglés coloquial
norteamericano. Termino, pues aun me
falta el tercero de los magos, diciendo que 68 páginas más adelante el narrador
rebela, en aras de la Verdad, el protagonismo del Maligno, el mismísimo Luzbel, exArcangel. No digo más, tan sólo que al llegar a la
página 467 el 28 de julio de 2007 escribo: ¡Qué manera de ceder la voz
cantante! ¡Qué escatología endiablada! ¡Qué vejez irredenta!
Entre más magia menos santidad. No sé de santos irreverentes, sé que mis
magos son reyes de la irreverencia. En
mi opinión Philip Roth es el más irreverente de los tres, aunque repleto de
premios literarios. La obra toda de este escritor judío está empecinada en
ironizar, hacer mofa, satanizar, desacralizar, desvictimizar, humanizar a la
sociedad judía, a la estadounidense, a
la europea, a la humanidad toda, y lo hace describiendo la cotidianidad más
íntima. Un devorador de libros me recomendó en 1995 leer su novela más
reciente, a la mañana siguiente encargué Sabbath’s
Theater. Me impactó profundamente la vida y reflexiones de aquel paria
titiritero callejero judío relatada por ese otro judío de pluma mordaz nacido
(¿Dónde más?) en Newark, Nueva Jersey para que los goyim, y más especialmente, judíos gringos, príncipes y mendigos,
se viesen así tal cual somos. Esta
autocrítica, autoburla, le da el premio novela del National Book. Me envicié, por lo que lo obligué a
relatarme, completa, la trilogía Americana: American
Pastoral (1997); Me casé con un comunista (1998); The Human Stain (2000); En septiembre de
2001 me acompaña en el vuelo de regreso a casa The Dying Animal con el que cierra la trilogía Kepech. Que lo haya comprado en Georgetown es casual
aunque si ayudó. Con Everyman (2006)
me dedico a conseguir las muchas magníficas y perversas novelas, las más
esperan mi atención en el librero in
crecendo de los no leídos. Si este
rey mago me dice que sus regalos no son para mí sino para todos los nacidos en
el mismo nanosegundo, yo le digo que le pongo atención privilegiada cuando la
necesidad aleatoria lo marca. Y hace tan
sólo un mes (4 de noviembre de 2011) que acomodé en su lugar definitivo su
primera novela Las Deudas y … la
misma que él tituló Letting Go y que
Random House publicaría en 1962.
Una vez que he mostrado la falta de santidad de los
tres en el sentido romano, y habiendo aclarado que de los otros dos escritores reyes
magos he saboreado apenas algunas historias, regreso a Howard Fast para hacer
patente un hecho que no es virtuoso ni vicioso. A partir de Espartaco, Fast no
dejó de narrar a lo largo de mi vida las novelas cosidas con hilo del
Mediterráneo antiguo( y las más con hilo del algodón norteamericano. Narró mucho sobre el pueblo judío, me deleitó[1] con
las luchas liberadoras de los Macabeos[2], con
el príncipe de Egipto de medio nombre.
Me perdí la historia de la hija de Agripa, y otras más. En cambio gocé los
chismes novelados de nuestros vecinos: Su guerra de Independencia; George
Washington en persona; sobre la Constitución; las verdades de pieles rojas y
los cuellos colorados, Estados desunidos que se pelean, Negros esclavos y
libres, obreros reprimidos, Líderes sindicales, Los juicios por acciones
antinorteamericanas., una saga de Inmigrantes, ciencia ficción; Las de policía
japonés en Los Ángeles.
Estos son tres
Reyes Magos que están para aquellos que los quieran escuchar. Para los que no, habrá otros muchos. Alejémonos, tan sólo, de los Herodes de todos
los tiempos.
[1] Me baso en mi ejemplar de Mis Gloriosos Hermanos [Editorial La Pleyade,
1969], en donde su autor sólo usa su propia voz en la dedicatoria y en estas
frases: «Poco más de un siglo y medio
antes del nacimiento de Cristo, un puñado de labradores judíos se levantó
contra los conquistadores sirio-griegos que habían ocupado su país. Por espacio
de tres décadas libraron una batalla que, como esfuerzo de resistencia y
liberación, casi no tiene paralelo en la historia de la humanidad. Fue, en cierto sentido, la primera lucha
moderna por la libertad y estableció una pauta que siguieron muchos movimientos
posteriores. Esa historia, celebrada aún
ahora por los judíos de todo el mundo con la festividad de Janucá, o Fiesta de las Luces, es la que he
tratado de narrar aquí, considerando que en esta época trastornada y áspera es
útil y necesario recordar la antigua entereza del género humano…»
[2] Hablo del libro en que Howard Fast desde el
prólogo le da la palabra a Simón: «Una tarde del mes de nisan que es la época más bella del año, tañeron las campanas y yo,
Simón, el último, el más indigno de todos mis gloriosos hermanos, me senté a
juzgar…Pero eso fue hace mucho tiempo…mi padre, el viejo adón, ha muerto, y
todos mis gloriosos hermanos también murieron…- Yo no gobierno –dije-. Los
judíos no tenemos gobernantes, ni reyes.
-¿Pero tú eres el Macabeo? - En
efecto. -¿Y tú guías a este pueblo? -
Yo lo juzgo; actualmente. Cuando tenga
que ser guiado, podré ser yo quien lo guíe, como podrá ser algún otro. No tiene importancia. Ellos sabrán hallar su conductor, como
supieron hallarlo antes. – Pero vosotros
tuvisteis reyes, si mal no recuerdo – dijo el romano, pensativo. – Los tuvimos, y fueron ponzoña para
nosotros. Nosotros los destruimos a
ellos, o ellos nos destruyeron a nosotros.
Ya sea el rey judío, o griego, o… - O romano –dijo el legado, … -O
romano. …- Nosotros no somos griegos ni egipcios –dije al romano-. Somos judíos.
Si vienes en son de paz, te daré la mano pacíficamente. Guarda tus amenazas para cuando vengas en son
de guerra. –Tú eres el Macabeo –asintió el romano, y sonriendo aceptó mi mano.» <+o:p>
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