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Gracus tarareaba
la canción de un amigo. Tumbado sobre esa piedra casi única en el jardín, tarareaba:
Tú nos creaste para ser iguales,
Naturaleza. Y la tarareaba sin dejar de observar las tenues luces que
alcanzaban a escaparse de uno de los ventanales del ala oeste del palacio de
Luxemburgo. Sabía que de los cinco
idiotas que componían el Directorio, Carnot, el policía de la República, el
actual sostén del orden, el jacobino
extremista en tiempos de Robespierre, a quien Barras, su compinche desde
entonces, llamaba el asesino de Dantón,
era el único que usaba estas habitaciones que miraban a los jardines exteriores
justo del lado donde se encuentra la estatua de Catherine de Médicis, Reina de
Francia a quien admiraba.
Gracus, el más buscado de los líderes de los Iguales, prácticamente no
salía de su pequeña habitación donde meditaba y escribía, discutía y convencía,
escribía y escribía. Esto lo sabía todo París a través de todos los asiduos a
los Baños Chinos. Salía cuando el
infante Sansnom de nueve años
vendedor del periódico Correo Republicano
veía luz en aquel ventanal, signo de que Carnot se reunía con alguien a
espaldas de los otros cuatro directores.
La mirada de Gracus captaba los sutiles cambios en los rayos de luz
gracias al claro permitido por la negra arboleda, y aquilataba.
Eran épocas terribles. Era el año
cuarto de la Revolución. Millones de franceses vivían oprimidos, los mismos que
habían vivido, esperanzados, el nacimiento de la República Francesa y
sobrevivido el terror. Ahora en las mismas callejuelas donde los ciudadanos hacían
largas colas desde la madrugada esperando un incierto trozo de pan se podía escuchar
a oficinistas del gobierno afirmar “La
Revolución es eterna” con el apoyo
tácito y explícito `e los policías. Los
señoritos trasnochados vociferaban retándolos: “La Revolución ha muerto”.
Los vecinos se miraban unos a otros recordando que tan sólo unas horas
antes se habían retirado los cadáveres de una madre y sus dos hijos víctimas
del frío y el hambre gracias a la criminal política gubernamental implantada
por el Directorio en nombre de la República.
A la mayoría se les venía a la mente y al corazón lo que los patriotas,
los conjurados repetían, gritaban, susurraban y cantaban por todo Paris. Frente a las plegarias que añoran al rey
recién salidas de sus madrigueras, y frente a los represores y ladrones del
Luxemburgo, estaban los escritos esclarecedores en el Tribuno del Pueblo, periódico de Gracus Babeuf, quien está
organizando la rebelión de los Iguales, el inicio de la verdadera revolución.
En
las tabernas, en las callejuelas, en los puestos militares, en todos los
lugares en donde hubiera un lector y muchos escuchas se leían los párrafos
inflamados del Manifiesto de los Iguales.
-¡Vamos,
vamos! Lee de nuevo.
-
En eso estoy, pero límpiense las orejas y sacúdanse las viejas ideas. … Basta, ha pasado demasiado tiempo en que
menos de un millón de individuos disponen de lo que le pertenece a más de veinte
millones de sus semejantes, de sus iguales.
-
¡Que te regreses al principio te digo!
-
¿Al principio? Al principio…Desde tiempos inmemoriales se nos repite con
hipocresía, los hombres son iguales, y desde tiempos inmemoriales la más
envilecida como la más monstruosa desigualdad pesa insolentemente sobre el género
humano. Desde que hay sociedades civiles, la igualdad, sin contradicción
reconocida, es el más bello privilegio del hombre, aunque todavía no ha podido
realizarse una sola vez. La igualdad no
ha sido otra cosa sino una bella y estéril ficción de la ley. Hoy que es
reclamada con voz más fuerte, se nos responde: ¡Cállense miserables! la
igualdad de hecho no es más que una quimera ; confórmense con la igualdad
condicional ; ustedes son todos iguales ante la ley. Canalla, ¿Qué más te
falta? ¿Qué más nos falta ? Legisladores escuchen a vuestro alrededor,
gobernantes escuchen a vuestro alrededor, ricos propietarios, escuchen a
vuestro alrededor. El egoísta, el ambicioso
temblará de rabia. Aquellos que poseen
injustamente gritarán…los viles secuaces de la autoridad arbitraria verán doblegarse
con pena a sus soberbios jefes ante la igualdad real. … ¿qué pueden algunos millares de
descontentos contra una masa de hombres felices y sorprendidos de haber buscado
por tanto tiempo una felicidad que tenían en sus manos?
En las callejuelas de Paris quienes
querían a Babeuf, y todos lo querían, coincidían en que no tenía que ser él
quien fuera a tumbarse sobre esa punta de roca que usaba como observatorio.
¿Para qué exponerse? Deseaban creer que
la manía venía del tiempo en que Babeuf dejó de llamarse Camilo y empezó a
darse a conocer como Gracus. Ninguno
prestaba atención a la indiscreción del infante Sansnom cuando afirmaba que Gracus y él habían encontrado el ángulo
y la hipotenusa reveladores de cambios en la política interna. Decía que se pudo haber evitado el desalojo de
los Iguales que conjuraban en el Panteón. Aseguraba que la noche de la víspera
observó cambio de luces que, si bien no hablaban del joven General desalojador
pues nadie había escuchado mentar a Napolione Buonaparte, si indicaban que algo
malo habría de pasar. El corso, según su
benefactor Barras, era un buen militar sin grandes ambiciones. Sansnom al
ver que nadie lo tomaba en cuenta remataba diciendo que ahora esperaban, Gracus
y él, detectar indicios de variación importante en las rutinarias pesquisas de
la gendarmería para detenerlo finalmente.
Todo hacía sentido, se acomodaba a las hipótesis planteadas. Todo, excepto la confianza que de manera
precipitada e inocente el grupo de los iguales le dispensó al desconocido que
les aseguraba ser poseedor de los más íntimos secretos del arte militar que
ellos desconocían y necesitaban con urgencia.
El desconocido dejó de serlo. No era un Igual, nunca lo fue. Resultó ser
un infiltrado de Carnot.
Las cortinas translucían las grises penumbras danzarinas. Gracus Babeuf infirió su muerte con tal
fuerza que la creyó inminente, cuestión de instantes. Los suficientes para verse en prisión
escribiendo a su mujer e hijos, inferir la
llegada del tercer Buonaparte, ver en prospectiva el autogolpe de Estado lo
hizo sudar. Saber que las revoluciones
de mediados de siglo serían, eran traicionadas lo estremeció. Sin recuperarse, contempló la sangre de
muchísimos descendiendo desde Montmatre al defender París y la Francia to`a de
los Austriacos veintitantos años más tarde.
Crujió la roca observatorio y su cuerpo sintió el nacimiento del kiosco,
ratificando las utopías que serían posibles, sintió al dodecágono acústico
brotar de la tierra en los jardines del Luxemburgo. Las olas de la noche de
Babeuf invadieron todo, a toda Europa, al mundo todo. Lo revolcó la turbulencia
de un siglo, dos…tres…
El popurrí macabro Sobre-las-olas-del-jazz-tango-rockeó su cerebro interno. Ciudadanos y súbditos de todos los países
reunidos descansaban alrededor. Marcaba el compás aquella música mal ensayada
que del kiosco decimonónico salía montada primero en el éter, transportada más
luego en un mar de quarks y bosones.
El paria, que yacía entre los escalones a la luz del mediodía, fue
despertado por los chasquidos de la orquesta:
- ¡Quiten de en medio al vietnamita bicicletero, al obrero, al organillero
húngarochiapaneco, al exferrocarrilero conductor del metro, al panadero
argelino, quítenlo pues estorba a la banda en turno! - Chillaban los señoritos
desde los doce puntos cardinales.
-¡Escuchen! – les invitaba sonriendo la boca sangrante del paria.
Los señoritos no comprendieron nada, pues sólo escuchaban los ecos de sus
propios berrinches, y mucho menos entendieron los encargados de arrastrar al
paria fuera del paraíso, quienes eran simples gendarmes virtuales cumpliendo órdenes
del nuevo Directorio, el grupito de los Siete. No escucharon el canto de siete
mil millones de voces que a contrapelo viajaban desde el cercanísimo porvenir. Los universos paralelos dejaron de serlo para
finalmente encontrarse.
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