lunes, 23 de enero de 2012
SEGUID A LOS ROMANOS
Te invito, lector, a leer las historias de acuerdo a la secuencia sugerida. Mas prefiero que lo hagas según tu antojo.
I MIS REYES MAGOS NO SON SANTOS
«…Hemos venido de
Nazaret de Galilea, a censarnos,
en el momento de llegar le aumentaron los
dolores
y ahora está naciendo… »
El Evangelio
según Jesucristo
José Saramago
No sé si anduvieron juntos parte del camino. Se me fueron presentando así nomás, sin dar
explicación alguna. Como a los miles de
niños que nacimos en el mismo nanosegundo se nos aparecieron años después del
parto, igual que a los del nano segundo inmediato anterior y posterior. Es cierto que venían del oriente, mas a ellos
les gustaba decir que iban camino al poniente.
Tardé muchos años en descubrir la delicada manera de decir que nuestro
encuentro anual era casual, y por individual casi trivial, que la causa
profunda de su viaje era moverse hacia el oeste, junto con el sol, o – pensé – compitiendo
contra él.
Cuando niño, en días como éste, aparecían en la sala camisas
y pantalones, me decían que eran regalos de unos Santos que eran Reyes que no se
dejaban ver. Llegó el día en que tuve los míos propios, no
tenían ropa para regalarme, cada uno de ellos de manera mágica y magistral me relataba
los ensueños de su largo caminar hacia el Oeste, y los ensueños no se entregan,
se comparten. Una vez que se producía el
encuentro con alguno de ellos comenzaba de inmediato la historia que
enriquecería mi vida en trozos de varios tamaños.
Si las condiciones iniciales restringen a que los tres
sean reyes conocedores de hechizos y encantamientos santos señores forasteros
emigrantes de Oriente, los míos son Howard Fast, Norman Mailer, y Philip Roth.
Pienso que, como yo, todos tenemos tríos como éste, ojalá los tengamos. Dado que soy torpe en asuntos de promoción comercial
desde tiempos de la XEW, invito a los
lectores y escuchas a consultar en la triple W de su preferencia los títulos de
las obras de estos hombres sabios. Los
tres son tan forasteros como lo pueden ser los gringos, y en este caso yanquis
del corazón de Nueva Inglaterra, y muy cerca de la costa Este, o sea medio al
Oriente. ¡Ah! Eso también lo cumplen a
cabalidad: los tres son herederos de la cultura semita, judíos como el que más.
Por la regia manera como narran sus leyendas, consejas y
desmentidos los llamo reyes; por sus “Érase una vez…”, sus desarrollos, y
regios finales, los considero no sólo reyes sino magos. Es mi capricho. Todo capricho gasta energía, y de la peor
calidad posible, entrópica, sin valor de cambio ni de uso. Soy del club de los que piensan que el ser
que, pudiéndolo todo, no juega a los dados pos como que no puede ser. Ya siendo padre y la familia gozando de
salita y comedor se me atravesó Howard Fast, momentos antes o momentos después
de que los dados iban en el aire.
Sin más el
neoyorkino nacido el año en que mataron al esposo de Sissy Emperatriz empezó a
relatarme Spartacus, en un Español porteño de los años sesenta no tan bueno
como su Inglés de 1951, puntualizando: El tiempo del inicio de esta historia es
el año 71 a. C., tomó aire el tiempo que tarda uno en volver la página y
prosiguió: De cómo Cayo Craso viajó a lo
largo de la carretera de Roma a Capua, en el mes de mayo. Pocas páginas más adelante Fast hace
preguntar al rastrero payaso gordo en relación al cadáver crucificado de
Fairtrax, el galo lugarteniente en el insurrecto ejército de esclavos de
Espartaco: ¿Saben qué fue lo último que
dijo? Y responder cuando Claudia le preguntó ¿Qué? : «Volveré y seré
millones».
También, a principios de los setenta, Los desnudos y los muertos cayó en mis
manos no le presté atención a que lo hubiese escrito Norman Mailer, nombre que
no me decía nada, bueno sí, Norman el cartero, sino a que era una novela
antibelicista donde un pelotón de la infantería norteamericana se desvive por
arrancar una isla del Pacífico en poder de japoneses igual de infantes. Yanqui, nacido en Long Branch en el Nueva
Jersey de 1923, cuya familia emigró unos pocos kilómetros para que el niño
judío creciera en Brooklyn, Nueva York. Como no me gravé el nombre del narrador de The nudes and the Death su primer libro,
tuvieron que nacer y multiplicarse veintisiete de sus obras sin que yo las
conociese hasta que un buen día narra para mí solito, también en Español, Retrato de Picasso cuando joven, después
apenas acababa de secar la tinta de la primera edición me comparte sus
reflexiones acerca de Why Are We at War? refiriéndose al estado de guerra con Irak a
partir de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, así como The Spooky Art sus exclusivas consejas
literarias susurradas durante tardes enteras sin que yo supiera si lo hacía
para desalentarme o sólo por placer.
Sin detener su peregrinar, poquito después de la
biografía del joven Pablo Picasso, su mente lo obligó, por necesidad, a hablar
con una voz doblemente milenaria, extraña a la suya, la voz de aquel que nunca
escribió de sí mismo. A esta experiencia
tan peculiar Mailer la llamó: The Gospel
According to the Son. Traduzco algo ad hoc al momento: «…conforme Herodes se hacía más viejo, enloqueció más. No había pasado
un día desde que oyera sobre mi nacimiento, y ya había mandado tres hombres
sabios a Belén. Él dijo: “Encuentren al
bebé santo y traigan noticias. Deseo ir y adorarlo.” Ellos no le creyeron, pero sabían que tenían
que partir al momento, y durante la noche.
En el corto viaje a Belén, una estrella viniendo del Este al pasar arriba
de ellos, se movió hacia el sur, y ellos siguieron a la estrella hasta que
llegaron a nuestro pesebre. Allá, se
hincaron ante María y José, y dieron adoración.
Así está dicho en el Evangelio de Mateo.
Mateo también clamaría que los hombres sabios nos trajeron regalos de
oro e incienso y mirra – pero esto puede no ser cierto. Pues José y María nunca
hablaron de tales presentes. Es cierto,
sin embargo, que los hombres sabios ofrecieron un regalo de valor considerable:
Ellos advirtieron a José no vivir ni por un día más bajo el dominio de
Herodes. En efecto, estos hombres sabios
se apresuraron también en dejar la tierra de Israel, y partieron pronto después
de haber llegado al pesebre. Y José
salió a la hora siguiente. Todos
viajamos durante la noche hasta que llegamos a Egipto. Herodes demandó una
venganza. Cuando los hombres sabios no regresaron, se enviaron verdugos a Belén
con el mandato de destazar a todos los niños varones que hubiesen nacido en el
momento de mi nacimiento. Las palabras
del profeta Jeremías se cumplieron: “Lamentación y lloros y luto.” Herodes murió pronto, y José regresó a
Nazareth, donde le dio dos hijos a mi madre, Santiago y Juan. Puede ser que
nuestro amor entre nosotros fuese maldito, porque años más tarde no me sentí
tan cerca de estos hermanos como con los niños que habían sido asesinados en
Belén. …».
Amazon.com se
encargó de traerme The Castle In The
Forest editado por Random House en 2007 y que Norman me empezó a relatar el
25 de febrero de ese mismo año. Corrijo,
su regia magia nos hace creer, aceptar, y saborear la filtración hecha en primera persona del singular por parte de
Dieter, miembro de la Sección Especial IV-2a, sección que operaba bajo la
supervisión directa de Heinrich Himmler, quien de cariño las llamaba SS. La historia me había atrapado ya antes de que
Dieter presumiera o filtrara que
conocía el pasado de Adolfo Hitler, “Desde el culo hasta el apetito”, juro que
así está escrito, y añade que la frase enfática la toma del Inglés coloquial
norteamericano. Termino, pues aun me
falta el tercero de los magos, diciendo que 68 páginas más adelante el narrador
rebela, en aras de la Verdad, el protagonismo del Maligno, el mismísimo Luzbel, exArcangel. No digo más, tan sólo que al llegar a la
página 467 el 28 de julio de 2007 escribo: ¡Qué manera de ceder la voz
cantante! ¡Qué escatología endiablada! ¡Qué vejez irredenta!
Entre más magia menos santidad. No sé de santos irreverentes, sé que mis
magos son reyes de la irreverencia. En
mi opinión Philip Roth es el más irreverente de los tres, aunque repleto de
premios literarios. La obra toda de este escritor judío está empecinada en
ironizar, hacer mofa, satanizar, desacralizar, desvictimizar, humanizar a la
sociedad judía, a la estadounidense, a
la europea, a la humanidad toda, y lo hace describiendo la cotidianidad más
íntima. Un devorador de libros me recomendó en 1995 leer su novela más
reciente, a la mañana siguiente encargué Sabbath’s
Theater. Me impactó profundamente la vida y reflexiones de aquel paria
titiritero callejero judío relatada por ese otro judío de pluma mordaz nacido
(¿Dónde más?) en Newark, Nueva Jersey para que los goyim, y más especialmente, judíos gringos, príncipes y mendigos,
se viesen así tal cual somos. Esta
autocrítica, autoburla, le da el premio novela del National Book. Me envicié, por lo que lo obligué a
relatarme, completa, la trilogía Americana: American
Pastoral (1997); Me casé con un comunista (1998); The Human Stain (2000); En septiembre de
2001 me acompaña en el vuelo de regreso a casa The Dying Animal con el que cierra la trilogía Kepech. Que lo haya comprado en Georgetown es casual
aunque si ayudó. Con Everyman (2006)
me dedico a conseguir las muchas magníficas y perversas novelas, las más
esperan mi atención en el librero in
crecendo de los no leídos. Si este
rey mago me dice que sus regalos no son para mí sino para todos los nacidos en
el mismo nanosegundo, yo le digo que le pongo atención privilegiada cuando la
necesidad aleatoria lo marca. Y hace tan
sólo un mes (4 de noviembre de 2011) que acomodé en su lugar definitivo su
primera novela Las Deudas y … la
misma que él tituló Letting Go y que
Random House publicaría en 1962.
Una vez que he mostrado la falta de santidad de los
tres en el sentido romano, y habiendo aclarado que de los otros dos escritores reyes
magos he saboreado apenas algunas historias, regreso a Howard Fast para hacer
patente un hecho que no es virtuoso ni vicioso. A partir de Espartaco, Fast no
dejó de narrar a lo largo de mi vida las novelas cosidas con hilo del
Mediterráneo antiguo( y las más con hilo del algodón norteamericano. Narró mucho sobre el pueblo judío, me deleitó[1] con
las luchas liberadoras de los Macabeos[2], con
el príncipe de Egipto de medio nombre.
Me perdí la historia de la hija de Agripa, y otras más. En cambio gocé los
chismes novelados de nuestros vecinos: Su guerra de Independencia; George
Washington en persona; sobre la Constitución; las verdades de pieles rojas y
los cuellos colorados, Estados desunidos que se pelean, Negros esclavos y
libres, obreros reprimidos, Líderes sindicales, Los juicios por acciones
antinorteamericanas., una saga de Inmigrantes, ciencia ficción; Las de policía
japonés en Los Ángeles.
Estos son tres
Reyes Magos que están para aquellos que los quieran escuchar. Para los que no, habrá otros muchos. Alejémonos, tan sólo, de los Herodes de todos
los tiempos.
[1] Me baso en mi ejemplar de Mis Gloriosos Hermanos [Editorial La Pleyade,
1969], en donde su autor sólo usa su propia voz en la dedicatoria y en estas
frases: «Poco más de un siglo y medio
antes del nacimiento de Cristo, un puñado de labradores judíos se levantó
contra los conquistadores sirio-griegos que habían ocupado su país. Por espacio
de tres décadas libraron una batalla que, como esfuerzo de resistencia y
liberación, casi no tiene paralelo en la historia de la humanidad. Fue, en cierto sentido, la primera lucha
moderna por la libertad y estableció una pauta que siguieron muchos movimientos
posteriores. Esa historia, celebrada aún
ahora por los judíos de todo el mundo con la festividad de Janucá, o Fiesta de las Luces, es la que he
tratado de narrar aquí, considerando que en esta época trastornada y áspera es
útil y necesario recordar la antigua entereza del género humano…»
[2] Hablo del libro en que Howard Fast desde el
prólogo le da la palabra a Simón: «Una tarde del mes de nisan que es la época más bella del año, tañeron las campanas y yo,
Simón, el último, el más indigno de todos mis gloriosos hermanos, me senté a
juzgar…Pero eso fue hace mucho tiempo…mi padre, el viejo adón, ha muerto, y
todos mis gloriosos hermanos también murieron…- Yo no gobierno –dije-. Los
judíos no tenemos gobernantes, ni reyes.
-¿Pero tú eres el Macabeo? - En
efecto. -¿Y tú guías a este pueblo? -
Yo lo juzgo; actualmente. Cuando tenga
que ser guiado, podré ser yo quien lo guíe, como podrá ser algún otro. No tiene importancia. Ellos sabrán hallar su conductor, como
supieron hallarlo antes. – Pero vosotros
tuvisteis reyes, si mal no recuerdo – dijo el romano, pensativo. – Los tuvimos, y fueron ponzoña para
nosotros. Nosotros los destruimos a
ellos, o ellos nos destruyeron a nosotros.
Ya sea el rey judío, o griego, o… - O romano –dijo el legado, … -O
romano. …- Nosotros no somos griegos ni egipcios –dije al romano-. Somos judíos.
Si vienes en son de paz, te daré la mano pacíficamente. Guarda tus amenazas para cuando vengas en son
de guerra. –Tú eres el Macabeo –asintió el romano, y sonriendo aceptó mi mano.» <+o:p>
II GRACUS TARAREABA
8br />
Gracus tarareaba
la canción de un amigo. Tumbado sobre esa piedra casi única en el jardín, tarareaba:
Tú nos creaste para ser iguales,
Naturaleza. Y la tarareaba sin dejar de observar las tenues luces que
alcanzaban a escaparse de uno de los ventanales del ala oeste del palacio de
Luxemburgo. Sabía que de los cinco
idiotas que componían el Directorio, Carnot, el policía de la República, el
actual sostén del orden, el jacobino
extremista en tiempos de Robespierre, a quien Barras, su compinche desde
entonces, llamaba el asesino de Dantón,
era el único que usaba estas habitaciones que miraban a los jardines exteriores
justo del lado donde se encuentra la estatua de Catherine de Médicis, Reina de
Francia a quien admiraba.
Gracus, el más buscado de los líderes de los Iguales, prácticamente no
salía de su pequeña habitación donde meditaba y escribía, discutía y convencía,
escribía y escribía. Esto lo sabía todo París a través de todos los asiduos a
los Baños Chinos. Salía cuando el
infante Sansnom de nueve años
vendedor del periódico Correo Republicano
veía luz en aquel ventanal, signo de que Carnot se reunía con alguien a
espaldas de los otros cuatro directores.
La mirada de Gracus captaba los sutiles cambios en los rayos de luz
gracias al claro permitido por la negra arboleda, y aquilataba.
Eran épocas terribles. Era el año
cuarto de la Revolución. Millones de franceses vivían oprimidos, los mismos que
habían vivido, esperanzados, el nacimiento de la República Francesa y
sobrevivido el terror. Ahora en las mismas callejuelas donde los ciudadanos hacían
largas colas desde la madrugada esperando un incierto trozo de pan se podía escuchar
a oficinistas del gobierno afirmar “La
Revolución es eterna” con el apoyo
tácito y explícito `e los policías. Los
señoritos trasnochados vociferaban retándolos: “La Revolución ha muerto”.
Los vecinos se miraban unos a otros recordando que tan sólo unas horas
antes se habían retirado los cadáveres de una madre y sus dos hijos víctimas
del frío y el hambre gracias a la criminal política gubernamental implantada
por el Directorio en nombre de la República.
A la mayoría se les venía a la mente y al corazón lo que los patriotas,
los conjurados repetían, gritaban, susurraban y cantaban por todo Paris. Frente a las plegarias que añoran al rey
recién salidas de sus madrigueras, y frente a los represores y ladrones del
Luxemburgo, estaban los escritos esclarecedores en el Tribuno del Pueblo, periódico de Gracus Babeuf, quien está
organizando la rebelión de los Iguales, el inicio de la verdadera revolución.
En
las tabernas, en las callejuelas, en los puestos militares, en todos los
lugares en donde hubiera un lector y muchos escuchas se leían los párrafos
inflamados del Manifiesto de los Iguales.
-¡Vamos,
vamos! Lee de nuevo.
-
En eso estoy, pero límpiense las orejas y sacúdanse las viejas ideas. … Basta, ha pasado demasiado tiempo en que
menos de un millón de individuos disponen de lo que le pertenece a más de veinte
millones de sus semejantes, de sus iguales.
-
¡Que te regreses al principio te digo!
-
¿Al principio? Al principio…Desde tiempos inmemoriales se nos repite con
hipocresía, los hombres son iguales, y desde tiempos inmemoriales la más
envilecida como la más monstruosa desigualdad pesa insolentemente sobre el género
humano. Desde que hay sociedades civiles, la igualdad, sin contradicción
reconocida, es el más bello privilegio del hombre, aunque todavía no ha podido
realizarse una sola vez. La igualdad no
ha sido otra cosa sino una bella y estéril ficción de la ley. Hoy que es
reclamada con voz más fuerte, se nos responde: ¡Cállense miserables! la
igualdad de hecho no es más que una quimera ; confórmense con la igualdad
condicional ; ustedes son todos iguales ante la ley. Canalla, ¿Qué más te
falta? ¿Qué más nos falta ? Legisladores escuchen a vuestro alrededor,
gobernantes escuchen a vuestro alrededor, ricos propietarios, escuchen a
vuestro alrededor. El egoísta, el ambicioso
temblará de rabia. Aquellos que poseen
injustamente gritarán…los viles secuaces de la autoridad arbitraria verán doblegarse
con pena a sus soberbios jefes ante la igualdad real. … ¿qué pueden algunos millares de
descontentos contra una masa de hombres felices y sorprendidos de haber buscado
por tanto tiempo una felicidad que tenían en sus manos?
En las callejuelas de Paris quienes
querían a Babeuf, y todos lo querían, coincidían en que no tenía que ser él
quien fuera a tumbarse sobre esa punta de roca que usaba como observatorio.
¿Para qué exponerse? Deseaban creer que
la manía venía del tiempo en que Babeuf dejó de llamarse Camilo y empezó a
darse a conocer como Gracus. Ninguno
prestaba atención a la indiscreción del infante Sansnom cuando afirmaba que Gracus y él habían encontrado el ángulo
y la hipotenusa reveladores de cambios en la política interna. Decía que se pudo haber evitado el desalojo de
los Iguales que conjuraban en el Panteón. Aseguraba que la noche de la víspera
observó cambio de luces que, si bien no hablaban del joven General desalojador
pues nadie había escuchado mentar a Napolione Buonaparte, si indicaban que algo
malo habría de pasar. El corso, según su
benefactor Barras, era un buen militar sin grandes ambiciones. Sansnom al
ver que nadie lo tomaba en cuenta remataba diciendo que ahora esperaban, Gracus
y él, detectar indicios de variación importante en las rutinarias pesquisas de
la gendarmería para detenerlo finalmente.
Todo hacía sentido, se acomodaba a las hipótesis planteadas. Todo, excepto la confianza que de manera
precipitada e inocente el grupo de los iguales le dispensó al desconocido que
les aseguraba ser poseedor de los más íntimos secretos del arte militar que
ellos desconocían y necesitaban con urgencia.
El desconocido dejó de serlo. No era un Igual, nunca lo fue. Resultó ser
un infiltrado de Carnot.
Las cortinas translucían las grises penumbras danzarinas. Gracus Babeuf infirió su muerte con tal
fuerza que la creyó inminente, cuestión de instantes. Los suficientes para verse en prisión
escribiendo a su mujer e hijos, inferir la
llegada del tercer Buonaparte, ver en prospectiva el autogolpe de Estado lo
hizo sudar. Saber que las revoluciones
de mediados de siglo serían, eran traicionadas lo estremeció. Sin recuperarse, contempló la sangre de
muchísimos descendiendo desde Montmatre al defender París y la Francia to`a de
los Austriacos veintitantos años más tarde.
Crujió la roca observatorio y su cuerpo sintió el nacimiento del kiosco,
ratificando las utopías que serían posibles, sintió al dodecágono acústico
brotar de la tierra en los jardines del Luxemburgo. Las olas de la noche de
Babeuf invadieron todo, a toda Europa, al mundo todo. Lo revolcó la turbulencia
de un siglo, dos…tres…
El popurrí macabro Sobre-las-olas-del-jazz-tango-rockeó su cerebro interno. Ciudadanos y súbditos de todos los países
reunidos descansaban alrededor. Marcaba el compás aquella música mal ensayada
que del kiosco decimonónico salía montada primero en el éter, transportada más
luego en un mar de quarks y bosones.
El paria, que yacía entre los escalones a la luz del mediodía, fue
despertado por los chasquidos de la orquesta:
- ¡Quiten de en medio al vietnamita bicicletero, al obrero, al organillero
húngarochiapaneco, al exferrocarrilero conductor del metro, al panadero
argelino, quítenlo pues estorba a la banda en turno! - Chillaban los señoritos
desde los doce puntos cardinales.
-¡Escuchen! – les invitaba sonriendo la boca sangrante del paria.
Los señoritos no comprendieron nada, pues sólo escuchaban los ecos de sus
propios berrinches, y mucho menos entendieron los encargados de arrastrar al
paria fuera del paraíso, quienes eran simples gendarmes virtuales cumpliendo órdenes
del nuevo Directorio, el grupito de los Siete. No escucharon el canto de siete
mil millones de voces que a contrapelo viajaban desde el cercanísimo porvenir. Los universos paralelos dejaron de serlo para
finalmente encontrarse.
X DE LENGUA ME COMO UN TACO
Tengo miedo de
que me operen, de que congelen mi lengua, aunque sea sólo una partecita de
ella. No, más que eso, tengo miedo de
que algo salga mal, o de que sea inútil el pequeño despojo de que estoy siendo
objeto ya en estos precisos momentos.
Quieren mutilarme la lengua.
Congelar, para extirpar el mal, aquellas células que se desviaron algún
día, retorciéndose, doblando las corvas, encorvándose pues. Mostrando sobre jorobas una mancha blanca en
la parte derecha de la lengua ya no materna sino mi propia lengua.
La leucoqueratosis fue resuelta arrebatándole con violencia, no sólo
tres mil pesos, sino el calor latente del agua estructural matando así cientos
de células a las que no se les permitió ni una palabra en su defensa. Lo hicieron entre tres aunque alcancé a
sacarles la lengua en señal de reto y menosprecio. No lo creerás pero acompañaron al pequeño
fórceps gasas y almohadones de algodón para recostar la drogada lengua, para
finalmente usar chisguetes de Nitrógeno líquido, sí, el mismo que
mayoritariamente compone el aire, y que Pareto permite que casi todo el resto
sea Oxígeno. En su defensa, y tratando
de justificar los tres mil pesos, explicaron que su lengua es tan ardiente que
sus lamidos produjeron que hirviera el dichoso líquido, no sólo espontáneamente
sino que transcurrieron dos nanocortísimos instantes entre el choque y la
gasificación. Ahora han quemado no toda
la lengua sino aquella que fue parte grosera y gris, aunque la observación
especular todavía muestra no sólo grises sino un negro lunar, sin dejar de
agregar que el volumen de la lengua se ha incrementado. Qué clase de fríos anglicismos y neologismos
hinchan de tal suerte a una lengua que está lejos de morir por falta de
uso. El abuso de la grosería, hablar
como verdulero, grocer, la lastimó por algún tiempo. La receta del hombre nuevo fue la cancelación
de su libre movimiento, congelar para matar lo casi muerto. No sé si Umberto haría eco de este
tratamiento o aconsejaría con la filología y la semioticoterapia que hubiese
mayores y bellos encuentros con otras lenguas, que se prodiguen mutuas caricias
sin pretender el dominio de una sobre otra, ni mucho menos la corrupción de la
otra para extraño y estéril placer, o peor aún que aquella se corrompa porque
sí, sólo porque sí.
En esencia, ¿qué significa que la dermis, no ya la mera superficie, de
la lengua padezca queratosis? ¿Será acaso que ésta se vernaculizó tanto, que la
lengua materna se desmadró a tal grado que empezó a descomponer el tejido
lingüístico? ¿Será esto tan válido para la oral como para la lengua escrita?
XI LO DOCTOR NO QUITA LO...
- Don Jocesito,
por favor, ayúdeme a colocar una mesa extra en mi oficina para la reunión de
las diez. Póngala frente al pizarrón. ¿Ya tiene mis copias a color? Acuérdese que yo no le entiendo a esa
máquina.
Oí,
vagamente, y bien a lo lejos, la orden pero
mi principal pendiente era mi casita en el Ixtle que se estaba
derrumbando por el peso del lodo acumulado por las lluvias. Y para acabarla de amolar la amenaza de ser
despedido en cualquier momento. Yo había
terminado de acomodar las sillas alrededor de las mesas cuando empezaron a
llegar las personas que tendrían su reunión en estas oficinas que han visto
pasar a tantos y tantos jefes, sólo yo sigo aquí, porque, ni los muebles. Esos
también llegan y se van. Las dichosas
computadoras, esas que tan ufanas y depredadoras desplazaron
inmisericordemente a las máquinas de
escribir, bueno no a todas, pero sí a las baratas y corrientitas como la de mi
sobrina que tanto trabajo y tiempo le llevó pagar a mi hermano. También al fax lo tienen arrinconado, a este
aparatito que llegó asustándonos a todos, creo que van a desaparecerlo, pues
casi ya no l’usan, ahora un montón de cosas se las mandan entre ellos por la
red. Las computadoras son como
caníbales, se comen unas a otras, las train y se las llevan a tirar bien
rápido, aparecen, las manosean y al final las desdeñan, pero siempre se cierra
el circulito, pues aparecen las nuevas, como con la gente, siempre se está
muriendo pero así mismo están nace que nace otros. Pero así y con todo, me llama muncho la
atención que las cambien casi nuevecitas, sería como si tiráramos los lápices
nuevos cuando se les hace romita la punta en lugar de sacarles punta. Pero lo que estaba contando era que yo ya
tenía lista la oficina para la reunión, en particular la posición del proyector
de acetatos, las hojas transparentes de plástico. Había buscado como siempre la distancia y en
el ángulo que mejor quedaba. Le puse
muncha atención a toda la operación con la malicia de ver cómo se enriquecerían
mis investigaciones (como dicen ellos) o mejor dicho mi curiosidad sobre el
comportamiento del ser humano, sus vicios y manías. En las últimas siete veces que me ha tocado
colocar el proyector a escondidas he probado una y otra vez hasta dar con la mejor
posición. En todas, los doctores, cualquiera
de ellos, jóvenes y viejos, de un aria o d’otra, lo reacomodan y lo dejan, sino
en la pior posición, sí en las regularcitas.
Esto no sería tan curioso si lo dejaran siempre ahí, uno podría creer
que los asuntos a discutir son más importantes que lo borroso de la pantalla,
pero lo cierto es que durante la reunión interrumpen una y otra vez a la
persona qui esté hablando, para pedir que le muevan al foco (el foco, el
foco. El foco está perfecto alumbrando
como se debe) o, se paran unos y otras a cambiar la posición para finalmente
dejarla igual o pior qui antes. Yo,
esto, nomás lo llevo apuntado en mi cabeza ignorante, pos no me atrevería nunca
a escribir mis investigaciones, pos como platican entre ellos, toda
investigación si es realmente académica (¿Qué será eso?, no he podido entender
loqués, aunque eso sí lo he oído mil veces), debe producir un peiper, ¿y esto?
¿Cómo es posible que siendo ellos tan finos y decentes se echen albures? Como mi compadre que siempre que la riega
dice, ni peiper mi buen. ¿Quedrá esto
decir que todos los errores y pendejadas que se cometen en sus laboratorios
deben darse a conocer y que ni peiper?
Bueno,
yo ya tenía hecho el café para quien lo quisiera, cuando me asaltó la comezón
de calcular, más bien, adivinar cuántos de ellos dirían que sí, que sí querían
café, con dos, con una, sin azúcar, cuántos que no, y dentro de estos, si me la
quiero poner difícil, adivinar cuántos se niegan por salud o porque la clase de
café autorizada por los de compras ofende sus educados paladares, bueno las
razones y sinrazones son lo de menos, lo importante para mi curiosidad es saber
cuántas tazas debo tener listas para café, cuántas para té, ésta es otra en que
cómo se las gastan los doctorcitos, toman té cuando clarito se ve que no están
malos de nada, los piores son los que me aclaran que no quieren té de
manzanilla, que eso no es té, que eso es una efusión, que lo que quieren
es té de adeveras y que sólo hay de dos, el negro y el verde. Atinarle a cuántos vasos para refresco, en fin,
estar listo para no andar con las carreras y cumplir con mi deber. Pero lo que a mí me gusta es hacer estos
cálculos míos que tanto me entretienen.
Siempre hay variaciones en los números, pero al mismo tiempo cada vez le
atino más, no puedo nunca estar seguro, pero la esperanza de acertar es tan
excitante que sólo se compara con lo que siento en aquellas reuniones en que
los números de tazas son inesperados en extremo, cero tazas o todas las tazas
del mundo y más, en fin, lo apasionante es que, a diferencia de los del
sindicato, me refiero a los del comité, yo siento que lo que hago no es el
trabajo más pinche y que ninguno lo es.
Que digan lo que quieran los que controlan al SNI, ah carajo pos si se
parecen mucho nuestras letras a las del sindicato nacional de los doctores ¿o
qué no? Lo que creo es que mi trabajo o
el de cualquiera puede ser tan
interesante como la cabeza de cada quien quiera, lo importante es usarla, no perder
la capacidad de asombrarse cada vez que se repitan tantísimas veces los mismos
números de tazas o de que ciertos números se tarden meses y meses en
aparecer. La clave está en siempre
permanecer picado con lo que resultará en un momento dado. Quezque soy bien metiche y que analizo todo
lo que oigo aunque sean pedacitos de conversaciones, pos sí, no lo voy a
negar. Pior sería que ya no te
interese nada, que no hagas caso de los demás, que te creas que lo sabes todo,
que sabes desde endenantes lo que los demás van a decir, ¡qué pinche aburrido
nada más escucharte a ti mismo!
Como
hace unos días que me atravesé entre los doctores, quienes se amontonaban en el
recibidor, gordos y viejos, flacos y
altos, bien diferentes unos de otros, pero todos saludándose cariñosamente,
como si se conocieran de muchos años o como si fueran muy amigos, no sólo que
trabajen en el mismo lugar, o sean del mismo clu deportivo, parecía como sí
regentearan y controlaran el mismo sindicato.
Ante esta escenita mi mujer diría que Ay, qué lindos, cómo se quieren y respetan. Ella no cambia en esto de pensar bien de la
gente. Aunque en muchas de las pachangas
que ella organiza en nuestra probe casa y que algunos de los invitados terminan
mentándose la madre o dándose de patadas, ella siempre se vuelve a enternecer en
las saludaderas de las nueve o diez de la noche. Yo, en cambio, me alegro con la posibilidad
de que algo ocurra, me intrigo con el quién empezará, me entusiasma el
horizonte de chismes, chingaderas, mezquindades y traiciones que en tan sólo
dos horas se producirán entre unos y otros.
Dos horas, una hora, los doctores siempre preocupados porque las
reuniones sean muy cortitas, que no les quite tiempo ¿para qué? para otras
reuniones ¿o será que no pueden estar mucho tiempo sin trabajar duramente en
sus laboratorios buscando resultados y más resultados, montando entusiasmados
más y más experimentos?. Siempre los veo
muy serios y gestudos, cuando no están escribiendo en sus cuadernos algo muy
importante o dibujando figuritas obscenas (los he visto muchas veces por
encimas de sus hombros al servirles la coca lait, otros están viendo la mancha
de mole en la camisa del de junto, o de plano se están durmiendo. Me pregunto una vez más por mi maldito vicio
de saber, ¿qué es lo que más les gusta hacer a estos grandes señores, qué les
apasiona y deja sin comer? En mi caso,
¿para qué vivo? ¿Cuál de las tareas que
realizo la haría aunque no me pagaran? ¿Servir las tazas de café o adivinar el
número de los que sólo le darán tres sorbos antes de abandonar el negro
brebaje?
Pero,
déjame que te cuente cuando era su chafiréte del...
Una mañana en el Ixtle
16 septiembre
1999
VII NO LEJOS, SINO AFUERA
Agua. Quiero agua.
En el viento hay agua que viene detrás de las grandes paredes. Dolor.
Miedo. Agua. Agua. Junto viene otra agua
de viento. Agua que duele. Agua, agua feliz.
Caminar, caminar, feliz, caminar, miedo.
Se
mueven, se mueven. Miedo, dolor, miedo.
Caminar agua. Mi boca agua. Feliz, feliz.
Tengo
sed, Huelo agua. Agua cercana. Mucha agua escondida. Agua detrás de paredes. Tengo miedo de paredes. No quiero dolor. Quiero agua.
Agua sin dolor, lejos, lejos.
Camino
hacia el agua camino, camino. No quiero caminantes. Miedo, dolor. Camino sin caminantes. Feliz sin caminantes.
Agua aquí, agua huele, duele. Agua en mi boca, contento.
No
sed. Hambre. Dolor. Camino, noche.
Hambre, no dolor, no miedo.
Estoy
bien. Contento sin miedo. No me gusta la sed. Quiero agua. Hay mucha agua en el
aire. Hay muchas aguas cerca de mí. Lejos de mí. Las personas tienen agua
escondida en las paredes. No me gustan las paredes. Me dan miedo. Las personas
me duelen, tengo miedo a las personas. No quiero agua de las personas. No
quiero agua escondida en las paredes. Tengo sed, quiero el agua que está lejos,
que está en la tierra, que está en la piedra. Mi agua está lejos. ¡Quiero mi
agua! Camino para tomar agua. El agua no está escondida. Mi boca tiene el agua
de la piedra. Mi agua tiene dolor. Tengo miedo. Tengo sed. Tomo agua con dolor.
Estoy contento no hay personas.
Camino
por las calles evitando a las personas, sé que me hicieron daño.
Camino
por las calles. Estoy contento. Busco agua porque tengo sed. No hay personas en
estas calles. Las calles son mías. Contento de que no hay personas. Si no las
miro estoy contento. Encuentro agua que huele bien pero la esconden las
personas. No quiero el agua de las personas. Las personas me hicieron daño
cuando las veía. El agua que esconden las personas me hace daño, no me quitará
la sed. En las calles está el agua no escondida, el agua con tierra en la
piedra de las calles, me acuesto en la tierra con agua, trago el agua que me
quita la sed, que no está escondida, que no tiene personas. Me gusta el agua que sabe a cosas sin
personas, agua que es de la piedra y que es mía, que no se esconde.
El
silencio es mi mejor defensa. Si no les doy mi voz, me dejan en paz. Ellos me ven a mí, por un momento, y después
se van. ¡Qué bueno! Algunos me ven, me
hablan. Yo no los veo, no les hablo,
entonces también se van ¡Qué bueno!
Me
quito las cosas de mi cuerpo que yo usaba, que ellos usan. Entonces encuentro
que ellos tienen miedo, ellos se van. Yo
me quedo con cosas que dan calor. Si quiero el calor, como al agua que me quita
el dolor de la sed.
Yo
no quiero hacerles daño. Sólo quiero
estar solo. Quiero que no me hablen,
quiero que no me vean. Me gustan las
calles. A ellos también les gustan las
calles. Si no los veo ellos no están.
A
ellos les gusta esconder el agua. A mí
me gusta el agua que está en la calle, que quita la sed, y que no está
escondida.
Lo
que ahora son mis calles antes, aunque me doliera o me causara temor, debía
llamarla, no calle con pocos árboles, sino Vallejo, Montevideo, Eje
Central. Yo, aunque me causara daño,
tenía que estar encerrado, sin salir al sol, dañar a las otras personas con
menos ropa que yo, que sufrían cuando yo les hablaba. Cuando yo hablaba como ellos, hablaba
así. Tuve que huir.
Si
alguien buscara la verdad de lo que soy o de lo que fui encontraría que escogí
vivir, no en los márgenes de la sociedad, sino más allá, que escogí, no ser un
mendigo o limosnero, sino vivir afuera de la sociedad, no lejos, sino
afuera.
Un
vagamundo (¿Por qué todos decimos vagabundo?) más alienado que nosotros vaga
por los alrededores de la zona industrial Vallejo, con taparrabos y esquelética
figura que envidiarían algunos seguidores de Gandhi. Me lo imagino como producto de un momento
revelador epifánico en que tuvo que dejar de ser el dócil investigador
burocratizado de aquella institución.
V EN UN ABRIR Y CERRAR DE...
Pataleó y
pataleó. Todavía con la mitad del aire en sus pulmones Bart emergió lo
suficiente para ver hundirse la mata de pelo entre los brazos crispados de
Federico. Éste se hundía más lentamente
de lo que avanzaba la corriente, Bart sintió, junto a la desesperación, que de
espectador se trocaba en observado, y las, un segundo antes, cristalinas aguas
del arroyo lo cegaron con una turbidez viscosa y pesada.
La
sensación de los lengüetazos de la Fanny sobre su cara lo despertó. Yacía, lo supo, sobre su catre de
hierro. Al abrir los ojos miró un cielo
raso, ajeno, desconocido para él. Los
cerró. Se tranquilizó al escuchar el
canto de los canarios muy cerca de sus oídos, adivinó la enredadera del porche de
la casa en Eagle Pass. Los volvió a
abrir sólo para sentir que aquellas vigas se precipitaban sobre él. Para escapar Bart los cerró de nuevo.
Los
peligros del mundo de los ojos abiertos desaparecían al cerrarlos. Probó abrirlos tapando la visión con las
cobijas. Penumbra verdosa, verdosa.
Manchas negruzcas. Fue alejando la
frazada para enfocar mejor las manchas. Leyó
U.S.A. ARMY.
Le
era insoportable estar sin combatir a las tropas del Kaiser. No recordaba haber sido herido, ni si habían
llegado ya a las trincheras enemigas cercanas a la ciudad de Nancy, ni si las
habían tomado o los habían derrotado. Él y todos sus compañeros de la Primera
División de Infantería, eran los mejor entrenados Doughboys de todas las
Fuerzas Expedicionarias Americanas desde que desembarcaron en Bordeaux. Pero no recordaba haber participado en alguna
de estas acciones. Lo que le carcomía el
alma era la muy tardía participación de los Estados Unidos en una guerra
desatada tres años antes. El sentimiento
de rechazo profundo lo extendió hacía la guerra misma, hacia las guerras
todas.
El
beso húmedo lleno de ternura y pasión duró una eternidad en la que nunca acabó
de abrir los ojos, aquella mujer al principio todo aroma y respiración vital,
le dejó ver sus bellísimos ojos verdes acompañados de mejillas sonrosadas,
frente amplia, y aquella nariz que completaba el beso aspirando ansiosa como
queriendo robarle el alma o librarlo del éter emponzoñado. La cabeza se retiró un poco, giró para gritar
« ¡Isabel! ¡Ven, Isabel!» A unos
metros, escuchó que la mujer llamada Isabel replicaba « ¿Ya te reconoció, Rosa? », «A mí, no estoy
segura, pero a la Fanny sí.» Contestó Rosa pensando que el beso aceptablemente
retribuido no garantizaba reconocimiento alguno.
«
¿Bart? ¡Bartolomé, soy tu madre! ¡Háblame!» Le susurró la mujer llamada Isabel,
y que decía ser su madre. Mientras su
mente aceptaba llamarse Bartolomé, sin dificultad sabía que Bartolomé Vanzetti,
y Nicola Sacco llevaban años en la cárcel del Commonwealth de Massachusetts
injustamente acusados de asesinato, chivos expiatorios ideales por su pobreza y
condición de inmigrantes repudiados por el sistema. Todo el mundo los apoya. Los clubes anarcosindicalistas, o los
obreros, sindicalizados o no, las agrupaciones religiosas, la gente de bien,
los estudiantes, los empleados, amas de casa.
Sandalio, su tío, narraba una y otra vez cómo los apresaron y fabricaron
el juicio más puerco e injusto de que se tuviese memoria en Massachusetts y en
la Unión Americana en todo el siglo XIX y en lo que va del XX. Que ya es un decir, si nos vamos a todas la
marrullerías que se vinieron realizando año con año desde principios de siglo
en contra de las huelgas obreras de los gremios que se nos ocurran, de las
diversas hermandades libertarias, y de sindicatos agrupados en la IWW. Estos pensamientos se le amontonaban en la
cabeza, por momentos creía ser el mismo Vanzetti, otros ser víctima directa de
aquellas criminales campañas pro-belicistas, y aún ya declarada la guerra los
primeros días de abril de 1917, en Tulsa, Oklahoma, chusma pagada por chusma
enriquecida desangró a latigazos a diecisiete o veinte trabajadores petroleros
usando los famosos látigos blacksnakes,
esas víboras negras de seis a doce pies de largo, los cuales pueden romper la
barrera del sonido cuando la punta flagela el aire en lugar de la piel
humana. En las primeras noches de
invierno a sus siete años Sandalio, el magonista, le explicó por qué cierto
tipo de gente de Arizona era lo peor de lo peor, haciendo referencia a lo que
cinco meses antes, en julio de 1917, había sucedido en la población de Bisbee,
Arizona. Vigilantes armados secuestraron a 2000 huelguistas de las minas de
cobre, los sacaron de sus camas y en camiones para ganado los transportaron al
desierto donde los abandonaron sin alimentos ni agua.
El
muchacho caviló sobre la lejanía de su infancia que coincidía con la guerra que
pudo evitarse. Guerra que fue fomentada
y declarada por unos para que la pelearan los más. Muchachos como él…¿Qué edad tenía en ese
preciso instante? ¿Quién era? Definitivamente no era Gabino Sotero, quien murió
en los campos de batalla franceses en 1918, se lo había asegurado Isabel, la
que decía ser su madre, y la propia viuda de Sotero, cuya casita se encontraba
en la cima de la loma que está en el camino a… en la que vivía junto con su
hija con la pensión del gobierno federal desde hacía diez años. Era 1928, vivía en Eagle Pass pueblo texano
con sus padres en esa modesta casa rentada, un…porche, vagas y múltiples
imágenes, un gallinero, un cuartito con tina de lámina galvanizada, una caseta con
fosa séptica, un taller mecánico. Intentó
varias veces detectar detalles, pero en vano, las imágenes se le movían y
desaparecían sin que pudiera evitarlo.
Le gustó el cielo raso ahora sosegado, y saber que su catre era uno de
los tres que se compraron al ejército al finalizar la Primera Guerra Mundial. Conforme
fue cotejando, corroborando, sonriendo, se fue…durmiendo. La pregunta fundamental que venía evitando
fuese quien fuese, viviese donde viviese era qué hacía tirado en ese catre y
por qué no se movía, y recorría la casa a su antojo. ¿Estaba herido? ¿Enfermo? ¿Desde cuándo?
Dio
de manotazos, más que brazadas, contra el agua tratando de alcanzar a Federico
que…¡No sabía nadar! Lo veía desaparecer en la corriente y él no podía
acercársele…quería pero no podía, algo se lo impedía, algo…, lo abrazó la
oscuridad toda.
Esa
madrugada Beatrice Slaughter despertó a Bart quien dormía en el porche
metiéndosele entre las cobijas «Bart, te tengo dos sorpresas para hoy, la
primera es que conseguí cinco muchachos de los pozos petroleros que firmarán
las cartas contra la ejecución de Sacco y Vanzetti; la segunda te la entrego
sólo si me llevas al día de campo que organizaron tus hermanas para hoy» Estaba
a punto de adelantarle algo de la sorpresa, y Bart de responderle, cuando Rosa
la sacó a la fuerza «Yo sólo trataba de despertarlo.» dijo haciéndose la
mustia.
«
¿Cuál día de campo? ¿Quiénes van? Yo tengo que seguir convenciendo gente para
que contribuya con las estampillas postales para Massachusetts y Washington»
«Tus hermanas y primas lo organizaron, invitaron a los hermanos González Rosas,
Federico y Celso, convencieron a tu mamá al decirle que también iban Miss
Hester, la maestra de quinto año a quien la acompañaban Mr. Williams, su novio,
y la pareja de amigos Miss Lovelace con Mr. Simmons » Cuando Bart le expresó su asombro puesto que
Federico y Celso, así como Ernestina y Cecilia estaban comprometidas con él
para solicitar apoyo, sólo recibió un guiño malicioso de parte de Bety.
La
cita era, justo, en la esquina sur-poniente formada por la calle Sheridan y la
Calle Ceylan, a la sombra del enorme mezquite.
Llegaron a la desvencijada puerta de la cerca que trunca la calle James
Madison, y de aquí se desviaron al poniente hasta la Thomas Jefferson, también
truncada por las barracas de los ilegales y siguieron; pasaron la tupida
mezquitosa que se extendía por el lado del jardín derecho del diamante de
béisbol. La comitiva continuó por la orilla de los riachuelos de aguas broncas
afluentes del profundo arroyo El Callao.
Llegaron
a la vereda que zigzagueaba entre carrizales y jarales compuesta de tres enormes escalones por donde
las vacas lecheras del viejo Rosendo gustaban cruzar el arroyo, tomando
posesión de terrenos del viejo Robert Browning del Condado Maverick. Este par discutía por todo, terminando
siempre medio borrachos contándose sus respectivas desgracias. Hacía muy poco
que los encontraron a punto de morir con quemaduras horrendas causadas por
tequila y whiskey, se sabía que este acto criminal fue causado por cobardes del
KKK, quienes odiaban además de los negros a los grasientos mexican, y a los que
cofraternizaban con ellos los White thrash, la porquería blanca. Al pie del último ‘escalón’ se encontraba una
laguna mucho más larga que ancha cuya agua presentaba una suave corriente. Más
adelante aparecía una extensión de tierra, especie de isleta larguísima de unos
cuarenta metros de ancho que daba paso a la corriente principal.
Bety
se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones
donde extender el petate y colocar sobre éste el mantel. Una vez instalados Bart se dispuso a tenderse
al sol, cuando escuchó «¡Se está ahogando! ¡Auxilio!» corrió hacia abajo donde
empezaba la corriente, sacaban el cuerpo de un muchacho cuya parte de la cara y
la cabeza habían sido destrozadas por las rocas. Dejó de ir al río por mucho tiempo.
Rosa se adelantó corriendo para apartar un
buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y colocar
sobre éste el mantel. Una vez instalados
Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchó junto a él, el saludo de Miss
Hester dirigido a todos, e inmediatamente después «Bart, Mister Williams desea
platicar contigo, si tú estuvieses de acuerdo» No acababa Bart de girar para
quedar boca arriba y ser deslumbrado por los rayos solares que rodeaban las
sombras de su exmaestra y Mister Williams a quien seguiría sin conocerle la
cara, cuando la voz de éste se escuchó «Bart, te sugiero que abandones la tarea
inútil de enviar cartas ridículas al Gobierno de Massachusetts, como habías
abandonado la costumbre de venir al arrollo»
Bety se adelantó corriendo para apartar un
buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y la gruesa
cobija de lana, y hacer el amor sin testigos dominicales. Bart se dejaba llevar por el deseo sexual
disminuido tan sólo por el recuerdo de la sugerencia de Mister Williams dos
días antes. Una vez instalados y
encuerados Bety y Bart retozaban al sol, cuando escucharon junto a ellos la voz
de Miss Hester «Bart, Mister Williams desea lo acompañes a la orilla del
arroyo, mientras que yo le garantizo a tu White thrash Little whore que no le
rebanaré el cuello si se queda quietecita» No acababa Bart de abrir los ojos
cuando lo tomaron de los cabellos arrastrándolo fuera de los muslos de
Bety. Mister Williams se lo llevó más
allá de la isleta a base de golpes brutales en todo el cuerpo. Finalmente le soltó la cabellera y le gritó
«Eres un imbécil Bart, como todos los grasientos mexicanos, quiero que veas
cómo muere uno de los que te siguieron en tus estupideces, que lo veas antes de
que tú mismo te vayas al infierno. Nuestra patriótica acción la hacemos en
nombre de los verdaderos ciudadanos blancos anglosajones a quienes queremos
librar de ratas negras, amarillas, o prietas que infestan este hermoso
país.» Williams dando un giro soltó la
cabellera de Bartolomé quien fue a clavarse en el agua, no muy lejos del centro
de la corriente donde dos personas jalaban arrollo abajo, cada una, un talón de
Federico. «No sé nadar» fue lo último
que éste gritó dado que fue jalado hacia abajo, obligando al muchacho a tragar
y tragar más líquido. Con su propia
carga a cuestas Bart nadó lo más rápido que pudo, sintió que lo jalaban hacia
el fondo, tomaba aire y alcanzaba a salir un poco, veía el pelo de Federico
como una planta flotante y cuyos brazos danzaban grotescamente y él no lo alcanzaría
nunca, porque él mismo se estaba ahogando, se abandonó al jalón de su asesino,
tanto que el esbirro tuvo que soltarlo para salvarse a su vez. Cerrando los ojos vio su enredadera, cerrando
los ojos se aferró a ella nadando hacia el fondo, nadó y nadó hacia la
oscuridad.
VI DIÁLOGOS REFINADOS
-
Buen día.
-
¿Qué va ser?
-
De la de acá, hasta que se bote sola.
-
¿Checo los
niveles? ¿Aspiro?
-
Bueno. Ah y las cuatro a treinta
libras.
-
Ya estuvo. ¿En efectivo o con
plástico?
-
¿Tienes maquinita?
Entonces ténla.
-
Va ¿Factura?
-
No. Diez para ti.
¿Qué ficha tiene usted? La 53. ¡La 53! ¿Pus a qué horas llegó? Uy, desde las ocho y media. ¿Y cuántos han pasado? Desde que llegué, sólo
tres. ¡Ay, Dios! O sea que si tengo la 69 hoy ya no me tocó. Pos yo creo que no, yo ya es la segunda vez
que vengo. ¿Y qué asunto viene a arreglar?
Cambio de contrato…digo, de nombre de titular. Pues yo traigo una carta poder para joder a
nombre de mi patrón a su socio cancelando el contrato. ¡Pónganse buzos porque se están metiendo
muchos y sin ficha!
-¿Sube o baja?
-Sube.
-Gracias
-¿A cuál?
-Al siete, por favor.
-Al doce
-¡Qué calor!
-Me da dos, porfa
-¿Con todo?
-Con todo.
-¿Para llevar?
-Si es tan amable…
IX EMPINADO
Empinado. Empinado, sin husmear, esperando al borde del
hoyo. Hoyo que con inmensa fuerza
gravitacional se tragó un conejo. Y
ella, no hizo más que seguirlo. Y sigo
sin conocer a Dos Passos, sigo sin ver la negrura del hoyo.
VIII IRISH HOUSE
Finally, my dear Charles, I got here, not nearby the symbolic Chinatown entrance but as far as one block from the hotel
I’m staying. I had decided to have a
little stroll in the surroundings before going to ask for one of the books
about the historic details over how the Virginia
territories were bought from France . The stroll was pretty short for my taste, no
more than seventy steps towards Union
Square plaza, but the consolation prize was high
enough since for my surprise when I turned my head to my left, there it
was. At the end of that block there was
a large and glowing placard showing all in green Johnny Foley’s three floor
high as the name of that public house.
The Irish House was a sober and beautiful place. From the double entrance door, passing trough
the columns and tables, to the bar all were made out of dark oak. The large and traditional wooden bar placed
just at the centre gave the impression of a heavy and secure fortress. I could not avoid recalling some “Only
members club’s bars” where I should socialize in my obscure past.
Being alone as I was, didn’t hesitate a bit choosing a
place at the magnificent bar which were silently offering all kind of spirits
and beers. I should not single out at
you the obvious fact that the house specialties were Irish single malt whiskies,
ales and stouts, and I certainly will not.
But besides these specialties, I do not know why, and for this forgive
my ignorance, a Bloody Mary cocktail was advertised at the outside little
blackboard. Anyway, following my
inclination to traditional goods, I asked for a pint of draught Guinness to the
Irish bartender. While he was skillfully
preparing and serving the drinks asked by someone besides me, I tried to focus
on the details in order to render a full report to you when in a sudden all came
to my mind.
She had in front of her a pint of Murphy’s stout, at
least her fourth, she also had intense blue eyes, likewise intense black hair,
a careless but cute boyish short haircut,
-
Don’t seat there – she shouted at me.
-
Pardon me?
-
Seat besides me, you bloody fool.
-
I’m not a bloody fool.
-
Seat down here, then.
A Jameson for him.
-
But I want a Guinness.
-
And I want you to have an 18 years old Jameson.
-
Why?
-
For three simple reasons: I’m pretty sure you are a Jameson type. You are not a Guinness drinker, so you
certainly will loose your witty talk and power.
And third, I want you in my bed.
Later at a small loft serving as her homely flat I
spent more than forty five minutes in the fruitless effort to untie her red
tie, oh yes, Charles believe me, she wore a white Indian cotton blouse with a
very nutty tie.
At dawn she offered me curried potatoes wedges and a
little bit of 16 years old Bushmills pure malt.
When she woke me up murmuring at my ear - Potatoes wedges - I didn’t imagine how
tasty and how curried they were, neither when that mango chutney was first used
on my languid fellow, carefully spread and very, very carefully consumed till
she decided to give me a long but stingy kiss.
With this breakfast I did not mind at all to be thrown
away at 7.30 AM into the London mist with the simple words: This WAS
Vivian.
So Charles, I’m here in O’Farrell’s street at one
block from Powell’s avenue following your advice. By the way, advice came from additional vice?
Or it stands for Advertised
vice? Well, after three pints of Guinness and one of Stella Artois, I
can write no more in English, so forgive me using Johnny Foley’s own Gaelic
words: - Go raibh maith agat
IV BEBIDAS PARA LA MESA DOS
A Paco
A los que hacen panchos sobre su Villa
Pude haberlo seguido, y no lo seguí.
En El Paso, Texas me topé de frente con el mexicano cuyas acciones
empezaban a ser revolucionarias. Era
1911. Desde entonces no dejó de hacerlas, y eran más revolucionarias entre más
las hacía a su manera. Y menos paró de
hacerlas hasta que le llenaron el cuerpo de balazos en 1923. Sólo así se apaciguó, como querían que se
apaciguara.
Supe que él no discriminaba a la gente por el color
o el hedor de su piel. Gracias a mi
padre entiendo lo que está detrás del desprecio a los pobres y a los
diferentes. Aunque lo entiendo me afecta
profundamente.
Aún conservo la transcripción en ideogramas chinos
que hizo de un artículo que en mayo del año cristiano de mil ochocientos
setenta apareció en The Galaxy de San
Francisco. Habla sobre el odio hacia los
inmigrantes asiáticos que de manera perversa los poderosos fomentaban en la
población, no sólo de California sino de toda la Unión Americana. Conocer pocos ideogramas aumentó mis dudas,
lo que me hizo releer, y discutir mucho.
Ya dominaba la mayor parte del artículo y todavía se me escapaba la
razón por la cual el autor Mark Twain lo había titulado Lamentable persecución de un niño.
El señor Twain reprocha al Commonwealth
de California el encarcelamiento de un niño que arrojó piedras a Chinamen mientras paseaban. La argumentación es impecable. El muchacho de clase acomodada posee, sin
duda, una muy buena educación enriquecida aún más con la asidua asistencia a la
escuela dominical. Éste sólo siguió lo que las instituciones y los ciudadanos
le habían estado enseñando cotidianamente.
La enfermedad que orilla a que alguien odie lo
extraño, lo diferente, lo supuestamente amenazante, es muy contagiosa. El forastero que llega en harapos al pueblo
ofende no sólo al hacendado sino a las familias comunes. El contagiado revisará el color de la piel,
la religión practicada, la lejanía del país de procedencia, el padecimiento de
alguna otra enfermedad amenazante o insultante como la locura. A veces basta, tan sólo, con percibir
variaciones al pronunciar palabras, ya no digamos que el forastero no sepa leer
o escribir el idioma lugareño. El
contagio salta no sólo de un individuo a otro de la misma condición sino como
la pulga salta al mapache, y de éste a la rata.
Son racistas los ingleses, los alemanes, los polacos, los italianos, los
cristianos, los católicos romanos, los mexicanos. Lo son todos ellos contra los chinos. Yo soy chino.
Gracias al odio y desprecio hacia mi amarillenta piel, mi voz, mirada,
cultura y pobreza profundas hemos recorrido medio mundo. Lo he hecho sin dejar
de alimentar el mío contra ellos.
Pensaba en un verdadero hogar para establecernos. El Tao
nos llevó al más arrinconado de los rincones de Texas.
El Paso vivía el primer día del año mil novecientos
seis. Serían las tres o las cuatro de la
tarde cuando me despierta la hermosa voz de mi hermana Tzin. Vuelve a lanzarme, no palabras, sino vivas
imágenes en la lengua de nuestra madre.
Supe que nos rodeaban varias pupilas y devotos de la casa de Mamá
Grande, burdel cercano a la calle San Antonio.
Tan sólo un día antes vagábamos en compañía de
Sandalio, el mexicano, eterno aprendiz de ferrocarrilero, y de Rosalío, el
indio kikapoo, los cuatro muertos de hambre y seguros de que no veríamos el año
nuevo. Sandalio al ver que íbamos junto
a las vías férreas susurró una invitación a echarnos a dormir, «tal vez alguno
sobreviva» dijo.
Entre sueños vi que unos borrachos nos esculcaban,
vi a Rosalío quebrarle el cuello a uno de ellos, mientras los demás lo
apuñalaban decenas de veces. No supe lo
que sucedió con Sandalio. En mi pavorosa
visión sólo adiviné los movimientos para levantar y cargar a Tsing, lo mismo
pasó conmigo.
Si nos estaban rescatando de la muerte o
secuestrando no me quedó claro ni siquiera cuando ya dentro de la casa los
borrachos entregaron su botín a unas párvulas quienes nos bañaron, perfumaron,
y adornaron con sutiles velos lo que al parecer formaba parte de la compleja
orgía planeada para celebrar el advenimiento del año.
Ya despierto del todo percibí cómo afloraba, en
algunos de los presentes, el desprecio y repudio hacia nuestra raza maldita,
cuando Tsing mostrando gran arrogancia les aclaró que su ‘esposo’, Yeung Chung
Lee, era un cocinero imperial, con experiencia adquirida en las cocinas del
Imperio Británico, así como en las del Imperio de Francisco José. En un viaje especial ordenado por éste,
durante la travesía de San Francisco a Nueva York, en el Estado de Wisconsin el
tren fue asaltado. Con gran habilidad enriqueció
la anécdota sobre lo que les hicieron, y lo que dejaron de hacerles, a las
mujeres y jovencitos austriacos. Los
tenía tan deleitados que no repararon en la falta de detalles cuando relató que
los asaltantes eran tan ignorantes que a nosotros nos dejaron ir por no querer
tener nada que ver con gente de nuestra raza.
La enorme y apacible figura de Mamá Grande
refrendaba con su sonrisa todo lo que mi honorable hermanita decía, lo que
terminó por controlar los bajos instintos de aquellos personajes de lamentable
semblante gris verdoso, quienes buscaron la manera de no ser excluidos. La turbia mirada de uno de ellos se posó en
mi sombrero de fantasía y empezó a repetir mi nombre Lee, Lee, ¡General Lee! el apodo saltó de varios
puntos de la sala.
El asombro que la voluptuosa belleza de Tsing
causaba en todos se convertía en encantamiento.
La protección inicial que nos brindaban varias de las señoritas de la
casa se reforzó con la evidente aceptación de parte de la venerable Mamá
Grande. El aturdimiento causado por una
implacable cruda largamente pospuesta que sufrían unos. Todo esto amalgamado nos salvó de ser
arrojados a las calles de una ciudad que no aceptaba a los chinos.
Pasados los primeros minutos de la improvisada
reunión dieron paso a los negocios. En
efecto, Mamá grande manifestó su interés por que Tsing enriqueciera el parvulario. Esta orden, dado que no pidió la aceptación
de mi hermanita, fue fuertemente secundada por Iván, un ruso, que sin quitarle
los ojos de encima a Tsing se declaraba amante de los exóticos platillos
orientales. Manifestó ansioso su incontrolado
deseo de ser el protector, y por ende, ganador de los máximos derechos sobre el
cuerpo y espíritu de la niña, siempre y cuando no ofendiera los sentimientos de
la dueña de casa. Su arriesgado cálculo
se basaba en que yo fuese el nuevo manjar que se le antojaba a la Mamá. Lo de cocinero del burdel todos lo
aprobaban. Confirmé que esta era la
pareja que había probado, casi de manera exclusiva, una y otra vez, nuestros
jugos y juegos amorosos.
En realidad, mis conocimientos culinarios siempre
estuvieron profundamente influenciados por el Tao, pero como ya había aprendido
desde que cociné para los hermanos William y James Horlick, allá en Racine,
Wisconsin, mentir retribuía y no despertaba sospechas. La simpleza de los yanquis asociaba desequilibrio
con el florecimiento armonioso aunque de ímpetu siempre creciente del Ying y el
Yang. La no-verdad conlleva algo de
realidad, así como ésta siempre va impregnada de falsedad. Desde el primer momento de mostrar nuestras
habilidades amatorias entre Tsing y yo, se redujeron al mínimo las violaciones
sufridas antes de perder la conciencia. Mentimos a la Mamá Grande y a todos al
afirmar que Tsing y yo éramos marido y mujer por la religión católica romana,
mentimos sobre mis servicios culinarios prestados a dos imperios. La mentira retribuyó trabajo asalariado para
los dos. Tsing, de aprendiz de Puta, y
Yo de pinche de cocina. La verdad que
ocultamos como sólo los chinos la sabemos ocultar, nos llevó a ser
introductores a secretos prácticos y lucrativos en ambas profesiones.
Mi hermanita pudo comprobar que, en efecto, Iván
Karsilov había degustado deliciosos y excitantes platillos pekineses en su
Petrogrado natal. Apoyaba con sinceridad
que yo me encargara de la cocina del burdel, y la ardiente pasión que ella le
provocaba era más que evidente. Daba
gracias al cielo por sus caricias que alejaban la nostalgia por la madre
Rusia. Había huido a mediados de 1905 de
la cascada de huelgas obreras sinfín, contaba que si bien al final del año el
zar las destruyó, no pensaba regresar puesto que rechazaba las políticas
egoístas del estado zarista para exprimir a los industriales de su propia clase
con impuestos que impedían el desarrollo del país. Y volvía a la cantaleta de que en Londres y
en Nueva York había probado toda suerte de platillos chinos, salvo el que
degustaba ahora a todas horas.
El hostigamiento que mi hermanita sufría impulsó
desde nuestro cautiverio voluntario la determinación para encontrar a
Sandalio. Veníamos de Wisconsin, y
ambos, sin conocerlo, lo buscábamos, y lo encontramos, en el corazón de
Texas. Ellos, Rosalío y Sandalio, apenas
llevaban dos días con el sol en la espalda desde que salieron de Eagle Pass,
algo les gustaba de las fronteras geográficas y raciales, cuando una madrugada a
lo lejos los divisamos a ellos, a los caballos, y a su recién encendida fogata.
Con profunda desconfianza los espiamos durante su
desayuno buscando en sus gestos la señal para huir o para acercarnos. Ésta resultó ser el aullido de dolor cuando
el café le quemó la mano, y para que no me quedara duda, acompañó el aullido
con un insulto a la madre del inventor porfirista de una cafetera para fogatas
antiderrames. Ya estaba su compañero
atendiéndole la quemadura cuando nos acercamos a la pareja mostrando Tsing el
ungüento que proponíamos aceptasen como parte del tratamiento inicial.
El que primero comprendió nuestro inglés y nuestros
nombres fue el indio kikapoo, quien dijo llamarse Rosalío, que era un nombre
español. La presencia y el contacto que
el mexicano tuvo con mi hermanita marcaron a Sandalio de por vida. Cuando quiso pagarnos, le aclaré que el pago
era muy alto, que ninguna cantidad de monedas podría cubrirlo. Tsing, sin dejar de sonreírle, dijo que algo
de comer cubriría la mitad del pago, pues la otra mitad era que nos aceptaran
como compañeros de viaje a donde fuese su destino.
Acordamos que Sandalio fingiría ser nuestro patrón,
esto último en caso de que algún ser humano se cruzase en nuestro camino. El trato se cerró cuando quedó establecido
que sería Tsing quien lo acompañaría en ancas.
Como mi hermanita se enamoró de Sandalio, yo no me
enamoré nunca; a Mamá Grande le agradecí me protegiese, más tarde mis
sentimientos hacia ella fueron más tiernos, pero nunca pasionales, y terminó en
buena amistad.
Una vez se me acercó traviesa, como una hermosa
ardilla madura, agitando su pelirroja y esponjada cola:
-¿Sabías, General Lee, que las putas leemos mucho?
Leyendo puedo viajar a maravillosos países, vivir otras vidas posibles, enterarme
de los crímenes más horrendos.
-¿De veras, Mamita? ¿Has leído al señor Twain?
-¿Twain, el escritor chino? ¡Claro que he leído a
Mark Twain! Por ahí de 1901 Marilou, la cascabel, nos mostró lo que escribió el
bigotón de Mark Twain sobre lo que pasaba en China con las escandalosas
indemnizaciones en dinero y en enormes extensiones de terreno que varios países
occidentales le cobraban al Imperio chino por los asesinatos cometidos por la
sociedad secreta de los Puños Armoniosos y Justos, o Boxers. Todo ese año estuvo lleno de noticias
espantosas en relación a la guerra en China.
El Sun de Nueva York sacó
varias noticias. Pero tú sabes de eso mejor que nosotras ¿No?
-Sí, pero dime ¿Guardas el artículo del señor Twain?
-Bromeas, ¿Quién guardaría no cinco años, un mes un
diario? - No me atreví a contestar. Preferí sumirme en pensamientos que oscilaban
entre alejarme del mundo, o hacer algo que justificara, de una vez por todas,
el odio que éste nos tenía.
Dada la simpleza de la dieta acostumbrada por la
gente de aquellos desiertos, bastaron las recetas de cinco o seis platillos de
Pekin y de Shangai para ser durante años un éxito en las alcobas. Cierto que el descontento que ya crecía lo
maté incorporando al menú dos de los platillos más picantes de la cocina
Guizhou. A los clientes de la Cascabel,
la Seisseguidos, y la Quickeslouly que lo podían pagar se incluían en sus
charolas tarjetitas con sugerencias de cómo incorporar los guisos a juegos
amorosos. Todo el mundo feliz, hasta que
un buen día un muchachito que lavaba platos me preguntó con lágrimas en los
ojos qué debía hacer con los vasos rotos que no eran nuestros. Siguiendo el hilito sedoso llegué al gusano. Eran meses que a las charolas para servicio a
las alcobas se les incorporaba batidos de leche que nos llegaban de los
establecimientos donde Iván era socio.
¡Había olvidado que el postre también debe variarse!
Empecé por estudiar los batidos de leche que el ruso
ofrecía buscando reproducirlos y mejorarlos de alguna manera. Me pasé tardes enteras profundizando en las
recetas, hasta que un buen día se me vino a la mente los polvos para enriquecer
el alimento infantil que habían patentado los Horlick. Al principio lo deseché por considerarla una
idea distractora. Pero, me dije ¿Y si
funciona? La interrogante me atormentaba.
Mataría al espíritu haciendo las pruebas de inmediato. Para no realizar experimentos en exceso
debería consultar tanto mis anotaciones como la transcripción de la patente
registrada por Willy Horlick. Hacía años
que no revisaba mis bolsas de viaje salvo para releer al señor Twain, lo demás
supuse que seguía igual de intocado.
Supuse mal. Resultó que mi
enamorada hermanita le había entregado a Sandalio las bolsitas de Wei C’hi para
que las tratara de vender en Arizona, y así hacerse de un poco de dinero.
Mientras Sandalio no apareciera yo no tendría la
patente, la cual es la receta… ¡Receta! ¡Vaya simpleza! Decidí no esperar hasta
que Sandalio apareciese, cuantimás si andaba jugándose la vida contra la
dictadura porfiriana, al tiempo que aprendía el oficio de maquinista. Me puse de inmediato a trabajar aplicando lo
aprendido con James; recordaba que a la indigesta leche de vaca se le agrega
cebada un poco podrida para que endulce, y… bueno también algo de harina de
trigo para dar cuerpo, y si quiere uno le evapora el agua. ¡Y se vende! Willy lo vendía para los
inválidos, y a los párvulos que están más inválidos que aquellos.
Jugué horas en la cocina sin abandonar la idea fija
de superar los batidos de leche que todos conocían. Fueron apareciendo en mi mente fragmentos de
lo que declaraba oficialmente la patente de 1883 que mi patrón William Horlick
posteriormente comercializó como enriquecedor alimenticio con el ridículo
nombre de Diastoid. Recordé la frase: …Este invento tiene por objeto, primero, proveer un
alimento altamente nutritivo no harinoso para infantes e inválidos mediante la
combinación de partes nutritivas de los cereales con leche; y, en segundo
lugar, librar a tal alimento de su tendencia a agriarse sin importar el clima o
estado de la atmósfera a la que pueda exponerse, y ser de tal naturaleza que se
disuelva fácilmente en agua.
Trabajé con esto durante días con resultados
excelentes. Pero dos cosas no acababan
de gustarme. Dado que me había robado la
patente debía olvidarme de que el invento estaba protegido como propiedad
privada. La otra era que si el único uso
era incorporar sabor peculiar a un batido de leche, la receta se encarecía
mucho dada la calidad de malta requerida por el invento. En definitiva, opté por usar cebada
fermentada de mucho menor valor nutritivo.
De lo que se trataba era de perjudicar al zarista renegado.
Dado que las intenciones y el uso final eran otros
lo que resultó fue otro invento. Sólo
que yo no perdí tiempo patentándolo, simplemente lo mantuve en secreto. Me moví en la frontera entre lo profundamente
oculto y lo universalmente conocido. Más
sutil que la seda, sólo El Tao.
A los que preguntaron primero les respondí que su
paladar había descubierto, no otro batido de leche, sino el batido de leche…
¡malteada! Pronto me iba a arrepentir de
andar inventando nombres, pero mientras tanto ¡Manos a la obra!
Primero obtuve la bebida básica; segundo un arcoíris
de sabores y presentaciones; tercero se les distribuyó a ciertos clientes de la
casa, sin variaciones, el tradicional batido de leche con huevos y whiskey que
todos bebían para tonificarse, sólo se sustituyó una tercera parte de las
bebidas rusas, o sea las que provenían de los negocios de Karsilov; cuarto
tomamos nota de todo tipo de comentarios y actitudes de nuestros involuntarios
colaboradores; quinto analizamos los resultados; sexto modificamos el plan
original para avanzar hacia la meta.
Las solicitudes de los helados y batidos de leche
provenientes de fuera de la casa disminuyeron lenta pero inexorablemente, lo
que resultó mejor que su cancelación abrupta.
Es más, coincidió con la aparición de pedidos externos, en particular
del guiso de tripa y de sopa de rabo de buey para la hora del almuerzo. Acabaría incluyendo los batidos de leche
malteada.
Un buen día encontré sobre mi cama un costal que
contenía las tres bolsas con todo lo necesario para jugar Wei Ch’i que Sandalio
se había llevado para vender. Con una
primera mirada todo me pareció estar en orden.
En el fondo del costal
encontré mis notas junto con la transcripción ahora ya innecesaria, aún así
tuve que releerla: United States Patent
Office / William Horlick, of Racine, Wisconsin/ Granulated food for infants and
process of preparing the same / Specification forming part of Letters Patent
No. 278,967, dated June 5, 1883 / Application filed March 9, 1882. (No specimens.) De la emoción no entendí nada y
recomencé saboreando cada línea Oficina de Patentes de los Estados Unidos/
William Horlick, de Racine, Wisconsin/ Alimento granulado para infantes y
proceso para prepararlo/ La especificación forma parte de los documentos
oficiales de la patente número 278,967, fechada el 5 de junio de 1883. /
Solicitud presentada el 9 de marzo de 1882. (No se presentaron muestras del
producto) Sentí un mareo delicioso. Para todo aquel que le pueda importar: /
Sépase que Yo, William Horlick, de Racine, en el condado de Racine, y en el
Estado de Wisconsin, he inventado ciertas, nuevas y útiles, Mejoras a la
Manufactura de Alimento Preparado para Infantes e Inválidos; y declaro aquí que
lo que sigue es una descripción completa, clara, exacta de ello. Y así, una y otra vez…hasta que me desperté.
Revisé las bolsas, cada una contenía el par de
saquitos de seda cruda, el blanco con piedrecillas color arena clara, el negro
con similar cantidad de ellas pero muy oscuras finamente moteadas de
blanco. Adicional a éstos el manto,
también de seda, doblado con delicadeza ocultaba el territorio mundial tan
apetecido durante el juego. En esos
momentos lo que había hecho antes de abandonar a los Horlick me pareció una
locura estúpida y desesperada. El fino
polvo de tierra que protegía la superficie de cada una de las piedrecillas la
sustituí con partículas de la formulación patentada tan finas como aquél, las
que obtuve moliendo las delgadas hojuelas cuatro y tres veces en el
mortero. ¡Qué locura!
Con sólo volverlo a ver mi hermanita olvidó que
Sandalio la había abandonado. Hicieron
el amor todo un día, el mexicano remató contándole mil vicisitudes enriquecidas
con el por qué de la larga lucha de los liberales contra la dictadura
porfirista, la que concibió como plan de desarrollo y realizó de manera
sistemática el exterminio de los indios yaquis, y respaldó la matanza de los
mayas allá en lo profundo del cuerno de la abundancia. La plática me la eché dos veces pues antes de
encontrarme con Tsing, ésta se lo había contado ya a la Quickeslouly, a la
Beyond, y a Mamá Grande, quien a su vez me lo contó en cuanto pudo.
-Lo que Sandalio no les ha contado es que su
entregado y visionario líder, Anakreón, escribió un artículo periodístico a
mediados de 1906, donde denunciaba la jugarreta de los capitalistas mexicanos
para bajar los salarios de los trabajadores y jornaleros a niveles inauditos de
explotación, jugarreta que incluyó el llamado a los paupérrimos del mundo a
sustituir a los mexicanos, a cambio de salarios muy por debajo de lo que éstos
podían aceptar. En particular los chinos
mostraron intención seria de inmigrar a México.
Anakreón denunció todo esto, aunque aderezándolo, ¡Escúchame bien! con
epítetos de gran desprecio y repudio contra los chinos, comentarios que son
ajenos a lo que se pudiera esperar de un luchador y pensador por el socialismo
libertario.
Me encerré
todavía más en mi cocina para protegerme de la amenaza mexicana tan cercana a
El Paso, y a mi corazón.
Poco después, a instancias de Tsing, Sandalio
comentó que todos estábamos en proceso de aprendizaje, sujetos a grandes
contradicciones, que nadie escapaba, ni siquiera los más revolucionarios entre
los que el ferrocarrilero consideraba pertenecía Anakreón. De ofendido me convirtió en ofensor al
juzgarme egoísta por sentir que, los grandes crímenes y saqueos cometidos
contra China por parte del mundo occidental, los cometieron contra mi persona,
y no contra millones de chinos, junto a los cuales debería estar luchando en
ese mismo momento. Le di la razón, pero
seguiría rumiando.
Aunque El Paso daba cobijo a toda clase de
personajes y permitía todo tipo de intercambios yo no me confiaba de nadie que
no hubiera pasado por la Casa de Mamá Grande y tuvieran la aceptación de las
párvulas, no se diga de mi venerable Tsing.
Algunos establecimientos empezaron a solicitarle a Mamá Grande porciones
de algunos de mis platillos, y después también el batido de leche General Lee
que salía de mi cocina. La Beyond me
comentó que un cliente suyo le pidió dos picheles lecheros llenos de batido de
leche malteada con jarabe de fresa, y trozos de hielo. Le confió que al jefe de la banda a la que
pertenecía le gustaba mucho, que venía del norte de Texas donde se escondían
desde hacía ocho meses de los rurales de Chihuahua que los buscaban por
cuatreros. La mayor porción de lo que
mercaban eran las hojuelas secas de cebada fermentada con harina de trigo y
leche. Pasaba el tiempo sin que se supiera de ellos, o de él, y de repente
volvía a llegarme la solicitud de tres fondas distintas. Quise saber un poco
más sobre el personaje, pero coincidió con su desaparición, según mis
informantes, no sólo de los encargados de hacer las compras en El paso sino del
grupito que visitaba Ciudad Juárez. Y
fue una desaparición definitiva, o por lo menos prolongada, lo suficiente como
para olvidarme de ellos. Con este tipo
de detalles, mi amor odio por los mexicanos giraba de nuevo.
Los dueños de los mejores hoteles y establecimientos
elegantes entre los que se encontraba el Elite Confectionary quienes liderados
por Iván me invitaron a ser socio en lo que concernía a bebidas de
fantasía. Acepté con la condición de
tener la libertad de supervisar la calidad de los productos en cualquiera de
las cocinas de la sociedad. La ‘receta’
base y sus variantes jamás las compartiría.
Pasaron más de tres años. La prosperidad de la casa iba en
aumento. Todos los personajes famosos
nos visitaban sin importar si venían de San Francisco, de Nueva York, o Ciudad Juárez,
y muchos de ellos sin hacer escalas en ningún hotel, restaurant o fonda.
Las insurrecciones, levantamientos, revoluciones
mexicanas en contra de Porfirio Díaz eran bien conocidas en todo Texas, no en
noviembre de 1910, sino desde hacía años, de las más recientes había sido la
balacera en una casa llena de armas y dinamita en el barrio mexicano en
1908. Lo que me hizo poner mayor
atención es que en abril la Beyond me avisó que un jefe maderista había
ordenado un pedido desde Ciudad Juárez para comprar dos de los tres batidos de
leche que a partir de febrero de 1911 eran mi especialidad, el Mamá Grande; el Tsing-Tsing; y aunque se les ofreció el General Lee rechazaron la oferta.
Inferí que no les gustaba el nombre.
Esto coincidía con las noticias de lo que sucedía del otro lado del río.
Hasta mí llegaban informaciones tan contradictorias
como la de que no había ninguna revolución, que la verdad era que los políticos
mexicanos estaban negociando quién controlaba qué; o la de que los jefes
militares rebeldes tomarían Ciudad Juárez le gustara o no a los políticos. En la tarde del 25 de abril Mamá Grande nos
leyó en El Paso Morning Times la
carta de Francisco Madero relatando al mundo la historia personal del recién
nombrado Coronel Villa. No entendí bien
lo que Sandalio explicó sobre que este nombramiento era a cambio de haber
controlado militarmente a los indisciplinados magonistas dentro del ejército
del gobierno provisional, y no lo entendí porque, mientras escuchaba a Mamá
Grande, me pareció reconocer a mi misterioso cliente en el personaje de la
carta de Madero. Yo coincidí con éste
acuñando mi propia frase: « Pancho Villa era un bandido que amaba la justicia
como amaba los batidos de leche malteada.»
Ya fuese que en mayo Ciudad Juárez sería tomada
pacíficamente, o a balazo limpio, se desataron los preparativos para observar
desde las terrazas, azoteas, techos de vagones de ferrocarril lo que fuese
observable. Los preparativos, que se
aceleraron desde el 5 de mayo, debían no sólo satisfacer la curiosidad morbosa
sino la comodidad de saborearla sentados, y por qué no, tomándose un helado, o
lo que el cuerpo les pidiese a los espectadores. Todos coincidían en que el día 8 era el mero,
mero, a pesar del revoltijo de opiniones.
Los jefes militares revolucionarios planearon algo para tener pruebas
contundentes de no ser responsables ni de haber participado en lo que
sucedió. Un día antes, me tocó de cerca,
llegaron a El Paso distintos grupitos de revolucionarios que se comportaron de
manera distinta a lo esperado. En vez de
pasearse desordenadamente por aquí o por allá, dieron la clara impresión de
obedecer órdenes; unos se acomodaron en hoteles desde el mediodía, y no
salieron en dos días; varios cayeron con nosotros sin importarles que unos eran
asiduos y otros casi célibes. El mero
día, desde muy temprano, dos calvos, y uno con la melena tan larga que podría
hacerse una trenza como la mía, se instalaron en la peluquería; Tsing me
comentó que dos fotógrafos andaban muy apurados para capturar una escena muy importante,
cuya localización, instante de ocurrencia, o si ésta sería real o fingida,
desconocían.
Medio El Paso especulaba. Yo le aposté a mi
intuición. Me encontraba ya en la cocina del Elite Confectionary cuando me
avisaron que los jefes revolucionarios estaban escogiendo mesa. Si mi decisión no hubiera dado frutos, si
dichos jefes hubieran preferido una cantina para realizar su reunión, me tenía
sin cuidado, pues de todos ellos el que me interesaba era un mexicano muy
especial, escurridizo y temible como los nacidos en el año del Tigre, no lo
había visto nunca, y sin embargo lo reconocí de espaldas en el momento en que
le ordenaba al mesero «un beisbol elite, o mejor tráigame dos» El otro jefe revolucionario estaba un poco
inquieto, parecía esperar algo o a alguien, sin ordenarle al mesero volteaba
para un lado y para otro, así nuestros ojos se encontraron, y su cara no llegó
a gustarme. Esto no pasó desapercibido
para El tigre quien, con mucha tranquilidad, dijo «A él tráigale otro igual, y
si por ahí ve a algún fotógrafo que venga a sacarnos la foto.»
Ya en la cocina, me apresuré a preparar yo mismo la
orden. Sobre la charola el desconcertado
mesero cargaba dos grandes vasos que rebosaban jarabe de chocolate sobre helado
de vainilla, y un tercero con la hermosa bebida color fresa. Antes de que saliera de la cocina opté por
llevar la charola yo mismo. Me acerqué a
la mesa, coloqué un Elite base ball enfrente de cada jefe revolucionario, acto
seguido puse el batido de leche malteada con fresas al alcance del Coronel
Pancho Villa. Su mirada buscó la mía
para interrogarme en silencio. «Obsequio
de la casa para un conocedor» « ¡Ah qué
bárbaro, éste!» Y se llevó el vaso a los labios. Se relamió el bigote mientras crecía la
sonrisa. «Mejor que el chin chin,
ese, ¿Cómo se llama?» preguntó gritando
entusiasmado. Me acerqué a él lo más que
pude, y susurré «General Lee» «General
Lee ni que la fregada ¡No me gusta el nombre! ¡Váyase para que nos tomen la
foto!» ordenó al tiempo que me hacía la seña de que me retirara. El orgullo inicial fue opacado por lo que me
pareció desprecio racial. Esperé refundido en la cocina, medité «Me iré, pero a
China», pero esperé. Se abrió la puerta
de la cocina, y Sandalio, sonriendo, gritó «Mismas bebidas para la mesa dos». A lo lejos, en mi país, me esperaban. A lo lejos, en otro país, por el rumbo de
Ciudad Juárez, se oían los balazos.
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