lunes, 23 de enero de 2012

SEGUID A LOS ROMANOS

Te invito, lector, a leer las historias de acuerdo a la secuencia sugerida.   Mas prefiero que lo hagas según tu antojo. 

I MIS REYES MAGOS NO SON SANTOS


                                                                    «…Hemos venido de Nazaret de Galilea, a censarnos,
 en el momento de llegar le aumentaron los dolores
 y ahora está naciendo… »

El Evangelio según Jesucristo
José Saramago

No sé si anduvieron juntos parte del camino.  Se me fueron presentando así nomás, sin dar explicación alguna.  Como a los miles de niños que nacimos en el mismo nanosegundo se nos aparecieron años después del parto, igual que a los del nano segundo inmediato anterior y posterior.  Es cierto que venían del oriente, mas a ellos les gustaba decir que iban camino al poniente.  Tardé muchos años en descubrir la delicada manera de decir que nuestro encuentro anual era casual, y por individual casi trivial, que la causa profunda de su viaje era moverse hacia el oeste, junto con el sol, o – pensé – compitiendo contra él.
Cuando niño, en días como éste, aparecían en la sala camisas y pantalones, me decían que eran regalos de unos Santos que eran Reyes que no se dejaban  ver.  Llegó el día en que tuve los míos propios, no tenían ropa para regalarme, cada uno de ellos de manera mágica y magistral me relataba los ensueños de su largo caminar hacia el Oeste, y los ensueños no se entregan, se comparten.  Una vez que se producía el encuentro con alguno de ellos comenzaba de inmediato la historia que enriquecería mi vida en trozos de varios tamaños. 
Si las condiciones iniciales restringen a que los tres sean reyes conocedores de hechizos y encantamientos santos señores forasteros emigrantes de Oriente, los míos son Howard Fast, Norman Mailer, y Philip Roth. Pienso que, como yo, todos tenemos tríos como éste, ojalá los tengamos.  Dado que soy torpe en asuntos de promoción comercial desde tiempos de la XEW,  invito a los lectores y escuchas a consultar en la triple W de su preferencia los títulos de las obras de estos hombres sabios.  Los tres son tan forasteros como lo pueden ser los gringos, y en este caso yanquis del corazón de Nueva Inglaterra, y muy cerca de la costa Este, o sea medio al Oriente.  ¡Ah! Eso también lo cumplen a cabalidad: los tres son herederos de la cultura semita, judíos como el que más. 
    Por la regia manera como narran sus leyendas, consejas y desmentidos los llamo reyes; por sus “Érase una vez…”, sus desarrollos, y regios finales, los considero no sólo reyes sino magos.  Es mi capricho.  Todo capricho gasta energía, y de la peor calidad posible, entrópica, sin valor de cambio ni de uso.  Soy del club de los que piensan que el ser que, pudiéndolo todo, no juega a los dados pos como que no puede ser.  Ya siendo padre y la familia gozando de salita y comedor se me atravesó Howard Fast, momentos antes o momentos después de que los dados iban en el aire. 
     Sin más el neoyorkino nacido el año en que mataron al esposo de Sissy Emperatriz empezó a relatarme Spartacus, en un Español porteño de los años sesenta no tan bueno como su Inglés de 1951, puntualizando: El tiempo del inicio de esta historia es el año 71 a. C., tomó aire el tiempo que tarda uno en volver la página y prosiguió: De cómo Cayo Craso viajó a lo largo de la carretera de Roma a Capua, en el mes de mayo.  Pocas páginas más adelante Fast hace preguntar al rastrero payaso gordo en relación al cadáver crucificado de Fairtrax, el galo lugarteniente en el insurrecto ejército de esclavos de Espartaco: ¿Saben qué fue lo último que dijo? Y responder cuando Claudia le preguntó ¿Qué? : «Volveré y seré millones».
    También, a principios de los setenta, Los desnudos y los muertos cayó en mis manos no le presté atención a que lo hubiese escrito Norman Mailer, nombre que no me decía nada, bueno sí, Norman el cartero, sino a que era una novela antibelicista donde un pelotón de la infantería norteamericana se desvive por arrancar una isla del Pacífico en poder de japoneses igual de infantes.  Yanqui, nacido en Long Branch en el Nueva Jersey de 1923, cuya familia emigró unos pocos kilómetros para que el niño judío creciera en Brooklyn, Nueva York.  Como no me gravé el nombre del narrador de The nudes and the Death su primer libro, tuvieron que nacer y multiplicarse veintisiete de sus obras sin que yo las conociese hasta que un buen día narra para mí solito, también en Español, Retrato de Picasso cuando joven, después apenas acababa de secar la tinta de la primera edición me comparte sus reflexiones acerca de Why Are We at War?  refiriéndose al estado de guerra con Irak a partir de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, así como The Spooky Art sus exclusivas consejas literarias susurradas durante tardes enteras sin que yo supiera si lo hacía para desalentarme o sólo por placer.
        Sin detener su peregrinar, poquito después de la biografía del joven Pablo Picasso, su mente lo obligó, por necesidad, a hablar con una voz doblemente milenaria, extraña a la suya, la voz de aquel que nunca escribió de sí mismo.  A esta experiencia tan peculiar Mailer la llamó: The Gospel According to the Son.  Traduzco algo ad hoc al momento: «…conforme Herodes se hacía más viejo, enloqueció más. No había pasado un día desde que oyera sobre mi nacimiento, y ya había mandado tres hombres sabios a Belén.  Él dijo: “Encuentren al bebé santo y traigan noticias. Deseo ir y adorarlo.”  Ellos no le creyeron, pero sabían que tenían que partir al momento, y durante la noche.  En el corto viaje a Belén, una estrella viniendo del Este al pasar arriba de ellos, se movió hacia el sur, y ellos siguieron a la estrella hasta que llegaron a nuestro pesebre.  Allá, se hincaron ante María y José, y dieron adoración.  Así está dicho en el Evangelio de Mateo.  Mateo también clamaría que los hombres sabios nos trajeron regalos de oro e incienso y mirra – pero esto puede no ser cierto. Pues José y María nunca hablaron de tales presentes.  Es cierto, sin embargo, que los hombres sabios ofrecieron un regalo de valor considerable: Ellos advirtieron a José no vivir ni por un día más bajo el dominio de Herodes.  En efecto, estos hombres sabios se apresuraron también en dejar la tierra de Israel, y partieron pronto después de haber llegado al pesebre.  Y José salió a la hora siguiente.  Todos viajamos durante la noche hasta que llegamos a Egipto. Herodes demandó una venganza. Cuando los hombres sabios no regresaron, se enviaron verdugos a Belén con el mandato de destazar a todos los niños varones que hubiesen nacido en el momento de mi nacimiento.  Las palabras del profeta Jeremías se cumplieron: “Lamentación y lloros y luto.”  Herodes murió pronto, y José regresó a Nazareth, donde le dio dos hijos a mi madre, Santiago y Juan. Puede ser que nuestro amor entre nosotros fuese maldito, porque años más tarde no me sentí tan cerca de estos hermanos como con los niños que habían sido asesinados en Belén. …».
        Amazon.com se encargó de traerme The Castle In The Forest editado por Random House en 2007 y que Norman me empezó a relatar el 25 de febrero de ese mismo año.  Corrijo, su regia magia nos hace creer, aceptar, y saborear la filtración hecha en primera persona del singular por parte de Dieter, miembro de la Sección Especial IV-2a, sección que operaba bajo la supervisión directa de Heinrich Himmler, quien de cariño las llamaba SS.  La historia me había atrapado ya antes de que Dieter presumiera o filtrara que conocía el pasado de Adolfo Hitler, “Desde el culo hasta el apetito”, juro que así está escrito, y añade que la frase enfática la toma del Inglés coloquial norteamericano.  Termino, pues aun me falta el tercero de los magos, diciendo que 68 páginas más adelante el narrador rebela, en aras de la Verdad, el protagonismo del Maligno, el mismísimo Luzbel, exArcangel.  No digo más, tan sólo que al llegar a la página 467 el 28 de julio de 2007 escribo: ¡Qué manera de ceder la voz cantante! ¡Qué escatología endiablada! ¡Qué vejez irredenta!
        Entre más magia menos santidad.  No sé de santos irreverentes, sé que mis magos son reyes de la irreverencia.  En mi opinión Philip Roth es el más irreverente de los tres, aunque repleto de premios literarios.  La obra toda  de este escritor judío está empecinada en ironizar, hacer mofa,  satanizar, desacralizar, desvictimizar, humanizar a la sociedad judía, a la estadounidense,  a la europea, a la humanidad toda, y lo hace describiendo la cotidianidad más íntima. Un devorador de libros me recomendó en 1995 leer su novela más reciente, a la mañana siguiente encargué Sabbath’s Theater. Me impactó profundamente la vida y reflexiones de aquel paria titiritero callejero judío relatada por ese otro judío de pluma mordaz nacido (¿Dónde más?) en Newark, Nueva Jersey para que los goyim, y más especialmente, judíos gringos, príncipes y mendigos, se viesen así tal cual somos.  Esta autocrítica, autoburla, le da el premio novela del National Book.  Me envicié, por lo que lo obligué a relatarme, completa, la trilogía Americana: American Pastoral (1997); Me casé con un comunista (1998);  The Human Stain (2000); En septiembre de 2001 me acompaña en el vuelo de regreso a casa The Dying Animal con el que cierra la trilogía Kepech.  Que lo haya comprado en Georgetown es casual aunque si ayudó. Con Everyman (2006) me dedico a conseguir las muchas magníficas y perversas novelas, las más esperan mi atención en el librero in crecendo de los no leídos.  Si este rey mago me dice que sus regalos no son para mí sino para todos los nacidos en el mismo nanosegundo, yo le digo que le pongo atención privilegiada cuando la necesidad aleatoria lo marca.  Y hace tan sólo un mes (4 de noviembre de 2011) que acomodé en su lugar definitivo su primera novela Las Deudas y … la misma que él tituló Letting Go y que Random House publicaría en 1962.
       Una vez que he mostrado la falta de santidad de los tres en el sentido romano, y habiendo aclarado que de los otros dos escritores reyes magos he saboreado apenas algunas historias, regreso a Howard Fast para hacer patente un hecho que no es virtuoso ni vicioso. A partir de Espartaco, Fast no dejó de narrar a lo largo de mi vida las novelas cosidas con hilo del Mediterráneo antiguo( y las más con hilo del algodón norteamericano.  Narró mucho sobre el pueblo judío, me deleitó[1] con las luchas liberadoras de los Macabeos[2], con el príncipe de Egipto de medio nombre.  Me perdí la historia de la hija de Agripa, y otras más.  En cambio gocé los chismes novelados de nuestros vecinos: Su guerra de Independencia; George Washington en persona; sobre la Constitución; las verdades de pieles rojas y los cuellos colorados, Estados desunidos que se pelean, Negros esclavos y libres, obreros reprimidos, Líderes sindicales, Los juicios por acciones antinorteamericanas., una saga de Inmigrantes, ciencia ficción; Las de policía japonés en Los Ángeles.
      Estos son tres Reyes Magos que están para aquellos que los quieran escuchar.  Para los que no, habrá otros muchos.  Alejémonos, tan sólo, de los Herodes de todos los tiempos.  



[1] Me baso en mi ejemplar de Mis Gloriosos Hermanos [Editorial La Pleyade, 1969], en donde su autor sólo usa su propia voz en la dedicatoria y en estas frases: «Poco más de un siglo y medio antes del nacimiento de Cristo, un puñado de labradores judíos se levantó contra los conquistadores sirio-griegos que habían ocupado su país. Por espacio de tres décadas libraron una batalla que, como esfuerzo de resistencia y liberación, casi no tiene paralelo en la historia de la humanidad.  Fue, en cierto sentido, la primera lucha moderna por la libertad y estableció una pauta que siguieron muchos movimientos posteriores.  Esa historia, celebrada aún ahora por los judíos de todo el mundo con la festividad de Janucá, o Fiesta de las Luces, es la que he tratado de narrar aquí, considerando que en esta época trastornada y áspera es útil y necesario recordar la antigua entereza del género humano…» 
[2] Hablo del libro en que Howard Fast desde el prólogo le da la palabra a Simón: «Una tarde del mes de nisan que es la época más bella del año, tañeron las campanas y yo, Simón, el último, el más indigno de todos mis gloriosos hermanos, me senté a juzgar…Pero eso fue hace mucho tiempo…mi padre, el viejo adón, ha muerto, y todos mis gloriosos hermanos también murieron…- Yo no gobierno –dije-. Los judíos no tenemos gobernantes, ni reyes.  -¿Pero tú eres el Macabeo?  - En efecto. -¿Y tú guías a este pueblo?   - Yo lo juzgo; actualmente.  Cuando tenga que ser guiado, podré ser yo quien lo guíe, como podrá ser algún otro.  No tiene importancia.  Ellos sabrán hallar su conductor, como supieron hallarlo antes.  – Pero vosotros tuvisteis reyes, si mal no recuerdo – dijo el romano, pensativo.   – Los tuvimos, y fueron ponzoña para nosotros.  Nosotros los destruimos a ellos, o ellos nos destruyeron a nosotros.  Ya sea el rey judío, o griego, o… - O romano –dijo el legado, … -O romano. …- Nosotros no somos griegos ni egipcios –dije al romano-.  Somos judíos.  Si vienes en son de paz, te daré la mano pacíficamente.  Guarda tus amenazas para cuando vengas en son de guerra. –Tú eres el Macabeo –asintió el romano, y sonriendo aceptó mi mano.» <+o:p>



II GRACUS TARAREABA




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Gracus tarareaba la canción de un amigo. Tumbado sobre esa piedra casi única en el jardín, tarareaba: Tú nos creaste para ser iguales, Naturaleza. Y la tarareaba sin dejar de observar las tenues luces que alcanzaban a escaparse de uno de los ventanales del ala oeste del palacio de Luxemburgo.  Sabía que de los cinco idiotas que componían el Directorio, Carnot, el policía de la República, el actual sostén del orden, el jacobino extremista en tiempos de Robespierre, a quien Barras, su compinche desde entonces, llamaba el asesino de Dantón, era el único que usaba estas habitaciones que miraban a los jardines exteriores justo del lado donde se encuentra la estatua de Catherine de Médicis, Reina de Francia a quien admiraba.
Gracus, el más buscado de los líderes de los Iguales, prácticamente no salía de su pequeña habitación donde meditaba y escribía, discutía y convencía, escribía y escribía. Esto lo sabía todo París a través de todos los asiduos a los Baños Chinos. Salía cuando el infante Sansnom de nueve años vendedor del periódico Correo Republicano veía luz en aquel ventanal, signo de que Carnot se reunía con alguien a espaldas de los otros cuatro directores.  La mirada de Gracus captaba los sutiles cambios en los rayos de luz gracias al claro permitido por la negra arboleda, y aquilataba.
Eran épocas terribles.  Era el año cuarto de la Revolución. Millones de franceses vivían oprimidos, los mismos que habían vivido, esperanzados, el nacimiento de la República Francesa y sobrevivido el terror. Ahora en las mismas callejuelas donde los ciudadanos hacían largas colas desde la madrugada esperando un incierto trozo de pan se podía escuchar a oficinistas del gobierno afirmar “La Revolución es eterna”  con el apoyo tácito y explícito `e los policías.  Los señoritos trasnochados vociferaban retándolos: “La Revolución ha muerto”.   Los vecinos se miraban unos a otros recordando que tan sólo unas horas antes se habían retirado los cadáveres de una madre y sus dos hijos víctimas del frío y el hambre gracias a la criminal política gubernamental implantada por el Directorio en nombre de la República.  A la mayoría se les venía a la mente y al corazón lo que los patriotas, los conjurados repetían, gritaban, susurraban y cantaban por todo Paris.  Frente a las plegarias que añoran al rey recién salidas de sus madrigueras, y frente a los represores y ladrones del Luxemburgo, estaban los escritos esclarecedores en el Tribuno del Pueblo, periódico de Gracus Babeuf, quien está organizando la rebelión de los Iguales, el inicio de la verdadera revolución.
En las tabernas, en las callejuelas, en los puestos militares, en todos los lugares en donde hubiera un lector y muchos escuchas se leían los párrafos inflamados del Manifiesto de los Iguales.
-¡Vamos, vamos! Lee de nuevo.
- En eso estoy, pero límpiense las orejas y sacúdanse las viejas ideas.  … Basta, ha pasado demasiado tiempo en que menos de un millón de individuos disponen de lo que le pertenece a más de veinte millones de sus semejantes, de sus iguales.
- ¡Que te regreses al principio te digo!
- ¿Al principio? Al principio…Desde tiempos inmemoriales se nos repite con hipocresía, los hombres son iguales, y desde tiempos inmemoriales la más envilecida como la más monstruosa desigualdad pesa insolentemente sobre el género humano. Desde que hay sociedades civiles, la igualdad, sin contradicción reconocida, es el más bello privilegio del hombre, aunque todavía no ha podido realizarse una sola vez.  La igualdad no ha sido otra cosa sino una bella y estéril ficción de la ley. Hoy que es reclamada con voz más fuerte, se nos responde: ¡Cállense miserables! la igualdad de hecho no es más que una quimera ; confórmense con la igualdad condicional ; ustedes son todos iguales ante la ley. Canalla, ¿Qué más te falta? ¿Qué más nos falta ? Legisladores escuchen a vuestro alrededor, gobernantes escuchen a vuestro alrededor, ricos propietarios, escuchen a vuestro alrededor.  El egoísta, el ambicioso temblará de rabia.  Aquellos que poseen injustamente gritarán…los viles secuaces de la autoridad arbitraria verán doblegarse con pena a sus soberbios jefes ante la igualdad real.  … ¿qué pueden algunos millares de descontentos contra una masa de hombres felices y sorprendidos de haber buscado por tanto tiempo una felicidad que tenían en sus manos?   
  En las callejuelas de Paris quienes querían a Babeuf, y todos lo querían, coincidían en que no tenía que ser él quien fuera a tumbarse sobre esa punta de roca que usaba como observatorio. ¿Para qué exponerse?  Deseaban creer que la manía venía del tiempo en que Babeuf dejó de llamarse Camilo y empezó a darse a conocer como Gracus.  Ninguno prestaba atención a la indiscreción del infante Sansnom cuando afirmaba que Gracus y él habían encontrado el ángulo y la hipotenusa reveladores de cambios en la política interna.  Decía que se pudo haber evitado el desalojo de los Iguales que conjuraban en el Panteón. Aseguraba que la noche de la víspera observó cambio de luces que, si bien no hablaban del joven General desalojador pues nadie había escuchado mentar a Napolione Buonaparte, si indicaban que algo malo habría de pasar.  El corso, según su benefactor Barras, era un buen militar sin grandes ambiciones.  Sansnom al ver que nadie lo tomaba en cuenta remataba diciendo que ahora esperaban, Gracus y él, detectar indicios de variación importante en las rutinarias pesquisas de la gendarmería para detenerlo finalmente.    
Todo hacía sentido, se acomodaba a las hipótesis planteadas.  Todo, excepto la confianza que de manera precipitada e inocente el grupo de los iguales le dispensó al desconocido que les aseguraba ser poseedor de los más íntimos secretos del arte militar que ellos desconocían y necesitaban con urgencia.  El desconocido dejó de serlo. No era un Igual, nunca lo fue. Resultó ser un infiltrado de Carnot. 
Las cortinas translucían las grises penumbras danzarinas.  Gracus Babeuf infirió su muerte con tal fuerza que la creyó inminente, cuestión de instantes.  Los suficientes para verse en prisión escribiendo a su mujer e hijos,  inferir la llegada del tercer Buonaparte, ver en prospectiva el autogolpe de Estado lo hizo sudar.  Saber que las revoluciones de mediados de siglo serían, eran traicionadas lo estremeció.  Sin recuperarse, contempló la sangre de muchísimos descendiendo desde Montmatre al defender París y la Francia to`a de los Austriacos veintitantos años más tarde.  Crujió la roca observatorio y su cuerpo sintió el nacimiento del kiosco, ratificando las utopías que serían posibles, sintió al dodecágono acústico brotar de la tierra en los jardines del Luxemburgo. Las olas de la noche de Babeuf invadieron todo, a toda Europa, al mundo todo. Lo revolcó la turbulencia de un siglo, dos…tres…
El popurrí macabro Sobre-las-olas-del-jazz-tango-rockeó su cerebro interno.  Ciudadanos y súbditos de todos los países reunidos descansaban alrededor. Marcaba el compás aquella música mal ensayada que del kiosco decimonónico salía montada primero en el éter, transportada más luego en un mar de quarks y bosones.
El paria, que yacía entre los escalones a la luz del mediodía, fue despertado por los chasquidos de la orquesta:
- ¡Quiten de en medio al vietnamita bicicletero, al obrero, al organillero húngarochiapaneco, al exferrocarrilero conductor del metro, al panadero argelino, quítenlo pues estorba a la banda en turno! - Chillaban los señoritos desde los doce puntos cardinales.
-¡Escuchen! – les invitaba sonriendo la boca sangrante del paria.
Los señoritos no comprendieron nada, pues sólo escuchaban los ecos de sus propios berrinches, y mucho menos entendieron los encargados de arrastrar al paria fuera del paraíso, quienes eran simples gendarmes virtuales cumpliendo órdenes del nuevo Directorio, el grupito de los Siete. No escucharon el canto de siete mil millones de voces que a contrapelo viajaban desde el cercanísimo porvenir.  Los universos paralelos dejaron de serlo para finalmente encontrarse.


X DE LENGUA ME COMO UN TACO



Tengo miedo de que me operen, de que congelen mi lengua, aunque sea sólo una partecita de ella.  No, más que eso, tengo miedo de que algo salga mal, o de que sea inútil el pequeño despojo de que estoy siendo objeto ya en estos precisos momentos.  Quieren mutilarme la lengua.  Congelar, para extirpar el mal, aquellas células que se desviaron algún día, retorciéndose, doblando las corvas, encorvándose pues.  Mostrando sobre jorobas una mancha blanca en la parte derecha de la lengua ya no materna sino mi propia lengua.
La leucoqueratosis fue resuelta arrebatándole con violencia, no sólo tres mil pesos, sino el calor latente del agua estructural matando así cientos de células a las que no se les permitió ni una palabra en su defensa.  Lo hicieron entre tres aunque alcancé a sacarles la lengua en señal de reto y menosprecio.  No lo creerás pero acompañaron al pequeño fórceps gasas y almohadones de algodón para recostar la drogada lengua, para finalmente usar chisguetes de Nitrógeno líquido, sí, el mismo que mayoritariamente compone el aire, y que Pareto permite que casi todo el resto sea Oxígeno.  En su defensa, y tratando de justificar los tres mil pesos, explicaron que su lengua es tan ardiente que sus lamidos produjeron que hirviera el dichoso líquido, no sólo espontáneamente sino que transcurrieron dos nanocortísimos instantes entre el choque y la gasificación.  Ahora han quemado no toda la lengua sino aquella que fue parte grosera y gris, aunque la observación especular todavía muestra no sólo grises sino un negro lunar, sin dejar de agregar que el volumen de la lengua se ha incrementado.  Qué clase de fríos anglicismos y neologismos hinchan de tal suerte a una lengua que está lejos de morir por falta de uso.  El abuso de la grosería, hablar como verdulero, grocer, la lastimó por algún tiempo.  La receta del hombre nuevo fue la cancelación de su libre movimiento, congelar para matar lo casi muerto.  No sé si Umberto haría eco de este tratamiento o aconsejaría con la filología y la semioticoterapia que hubiese mayores y bellos encuentros con otras lenguas, que se prodiguen mutuas caricias sin pretender el dominio de una sobre otra, ni mucho menos la corrupción de la otra para extraño y estéril placer, o peor aún que aquella se corrompa porque sí, sólo porque sí.
En esencia, ¿qué significa que la dermis, no ya la mera superficie, de la lengua padezca queratosis? ¿Será acaso que ésta se vernaculizó tanto, que la lengua materna se desmadró a tal grado que empezó a descomponer el tejido lingüístico? ¿Será esto tan válido para la oral como para la lengua escrita?

XI LO DOCTOR NO QUITA LO...



-       Don Jocesito, por favor, ayúdeme a colocar una mesa extra en mi oficina para la reunión de las diez.  Póngala frente al pizarrón.  ¿Ya tiene mis copias a color?  Acuérdese que yo no le entiendo a esa máquina.

Oí, vagamente, y bien a lo lejos, la orden pero  mi principal pendiente era mi casita en el Ixtle que se estaba derrumbando por el peso del lodo acumulado por las lluvias.  Y para acabarla de amolar la amenaza de ser despedido en cualquier momento.  Yo había terminado de acomodar las sillas alrededor de las mesas cuando empezaron a llegar las personas que tendrían su reunión en estas oficinas que han visto pasar a tantos y tantos jefes, sólo yo sigo aquí, porque, ni los muebles. Esos también llegan y se van.  Las dichosas computadoras, esas que tan ufanas y depredadoras desplazaron inmisericordemente  a las máquinas de escribir, bueno no a todas, pero sí a las baratas y corrientitas como la de mi sobrina que tanto trabajo y tiempo le llevó pagar a mi hermano.  También al fax lo tienen arrinconado, a este aparatito que llegó asustándonos a todos, creo que van a desaparecerlo, pues casi ya no l’usan, ahora un montón de cosas se las mandan entre ellos por la red.  Las computadoras son como caníbales, se comen unas a otras, las train y se las llevan a tirar bien rápido, aparecen, las manosean y al final las desdeñan, pero siempre se cierra el circulito, pues aparecen las nuevas, como con la gente, siempre se está muriendo pero así mismo están nace que nace otros.  Pero así y con todo, me llama muncho la atención que las cambien casi nuevecitas, sería como si tiráramos los lápices nuevos cuando se les hace romita la punta en lugar de sacarles punta.  Pero lo que estaba contando era que yo ya tenía lista la oficina para la reunión, en particular la posición del proyector de acetatos, las hojas transparentes de plástico.  Había buscado como siempre la distancia y en el ángulo que mejor quedaba.  Le puse muncha atención a toda la operación con la malicia de ver cómo se enriquecerían mis investigaciones (como dicen ellos) o mejor dicho mi curiosidad sobre el comportamiento del ser humano, sus vicios y manías.  En las últimas siete veces que me ha tocado colocar el proyector a escondidas he probado una y otra vez hasta dar con la mejor posición.  En todas, los doctores, cualquiera de ellos, jóvenes y viejos, de un aria o d’otra, lo reacomodan y lo dejan, sino en la pior posición, sí en las regularcitas.  Esto no sería tan curioso si lo dejaran siempre ahí, uno podría creer que los asuntos a discutir son más importantes que lo borroso de la pantalla, pero lo cierto es que durante la reunión interrumpen una y otra vez a la persona qui esté hablando, para pedir que le muevan al foco (el foco, el foco.  El foco está perfecto alumbrando como se debe) o, se paran unos y otras a cambiar la posición para finalmente dejarla igual o pior qui antes.  Yo, esto, nomás lo llevo apuntado en mi cabeza ignorante, pos no me atrevería nunca a escribir mis investigaciones, pos como platican entre ellos, toda investigación si es realmente académica (¿Qué será eso?, no he podido entender loqués, aunque eso sí lo he oído mil veces), debe producir un peiper, ¿y esto? ¿Cómo es posible que siendo ellos tan finos y decentes se echen albures?  Como mi compadre que siempre que la riega dice, ni peiper mi buen.  ¿Quedrá esto decir que todos los errores y pendejadas que se cometen en sus laboratorios deben darse a conocer y que ni peiper?
Bueno, yo ya tenía hecho el café para quien lo quisiera, cuando me asaltó la comezón de calcular, más bien, adivinar cuántos de ellos dirían que sí, que sí querían café, con dos, con una, sin azúcar, cuántos que no, y dentro de estos, si me la quiero poner difícil, adivinar cuántos se niegan por salud o porque la clase de café autorizada por los de compras ofende sus educados paladares, bueno las razones y sinrazones son lo de menos, lo importante para mi curiosidad es saber cuántas tazas debo tener listas para café, cuántas para té, ésta es otra en que cómo se las gastan los doctorcitos, toman té cuando clarito se ve que no están malos de nada, los piores son los que me aclaran que no quieren té de manzanilla, que eso no es té, que eso es una efusión, que lo que quieren es té de adeveras y que sólo hay de dos, el negro y el verde.  Atinarle a cuántos vasos para refresco, en fin, estar listo para no andar con las carreras y cumplir con mi deber.  Pero lo que a mí me gusta es hacer estos cálculos míos que tanto me entretienen.  Siempre hay variaciones en los números, pero al mismo tiempo cada vez le atino más, no puedo nunca estar seguro, pero la esperanza de acertar es tan excitante que sólo se compara con lo que siento en aquellas reuniones en que los números de tazas son inesperados en extremo, cero tazas o todas las tazas del mundo y más, en fin, lo apasionante es que, a diferencia de los del sindicato, me refiero a los del comité, yo siento que lo que hago no es el trabajo más pinche y que ninguno lo es.  Que digan lo que quieran los que controlan al SNI, ah carajo pos si se parecen mucho nuestras letras a las del sindicato nacional de los doctores ¿o qué no?  Lo que creo es que mi trabajo o el de cualquiera  puede ser tan interesante como la cabeza de cada quien quiera, lo importante es usarla, no perder la capacidad de asombrarse cada vez que se repitan tantísimas veces los mismos números de tazas o de que ciertos números se tarden meses y meses en aparecer.  La clave está en siempre permanecer picado con lo que resultará en un momento dado.  Quezque soy bien metiche y que analizo todo lo que oigo aunque sean pedacitos de conversaciones, pos sí, no lo voy a negar.      Pior sería que ya no te interese nada, que no hagas caso de los demás, que te creas que lo sabes todo, que sabes desde endenantes lo que los demás van a decir, ¡qué pinche aburrido nada más escucharte a ti mismo!
Como hace unos días que me atravesé entre los doctores, quienes se amontonaban en el recibidor,  gordos y viejos, flacos y altos, bien diferentes unos de otros, pero todos saludándose cariñosamente, como si se conocieran de muchos años o como si fueran muy amigos, no sólo que trabajen en el mismo lugar, o sean del mismo clu deportivo, parecía como sí regentearan y controlaran el mismo sindicato.  Ante esta escenita mi mujer diría que Ay, qué lindos, cómo se quieren y respetan.  Ella no cambia en esto de pensar bien de la gente.  Aunque en muchas de las pachangas que ella organiza en nuestra probe casa y que algunos de los invitados terminan mentándose la madre o dándose de patadas, ella siempre se vuelve a enternecer en las saludaderas de las nueve o diez de la noche.  Yo, en cambio, me alegro con la posibilidad de que algo ocurra, me intrigo con el quién empezará, me entusiasma el horizonte de chismes, chingaderas, mezquindades y traiciones que en tan sólo dos horas se producirán entre unos y otros.  Dos horas, una hora, los doctores siempre preocupados porque las reuniones sean muy cortitas, que no les quite tiempo ¿para qué? para otras reuniones ¿o será que no pueden estar mucho tiempo sin trabajar duramente en sus laboratorios buscando resultados y más resultados, montando entusiasmados más y más experimentos?.  Siempre los veo muy serios y gestudos, cuando no están escribiendo en sus cuadernos algo muy importante o dibujando figuritas obscenas (los he visto muchas veces por encimas de sus hombros al servirles la coca lait, otros están viendo la mancha de mole en la camisa del de junto, o de plano se están durmiendo.  Me pregunto una vez más por mi maldito vicio de saber, ¿qué es lo que más les gusta hacer a estos grandes señores, qué les apasiona y deja sin comer?  En mi caso, ¿para qué vivo?  ¿Cuál de las tareas que realizo la haría aunque no me pagaran? ¿Servir las tazas de café o adivinar el número de los que sólo le darán tres sorbos antes de abandonar el negro brebaje?
Pero, déjame que te cuente cuando era su chafiréte del...


Una mañana en el Ixtle

16 septiembre 1999

VII NO LEJOS, SINO AFUERA


Agua.  Quiero agua.  En el viento hay agua que viene detrás de las grandes paredes. Dolor. Miedo. Agua. Agua.  Junto viene otra agua de viento. Agua que duele. Agua, agua feliz.  Caminar, caminar, feliz, caminar, miedo.
Se mueven, se mueven. Miedo, dolor, miedo.  Caminar agua.  Mi boca agua.  Feliz, feliz.
Tengo sed, Huelo agua. Agua cercana. Mucha agua escondida.  Agua detrás de paredes.  Tengo miedo de paredes. No quiero dolor.  Quiero agua.  Agua sin dolor, lejos, lejos.
Camino hacia el agua camino, camino. No quiero caminantes. Miedo, dolor.  Camino sin caminantes. Feliz sin caminantes. Agua aquí, agua huele, duele. Agua en mi boca, contento.
No sed. Hambre. Dolor.  Camino, noche. Hambre, no dolor, no miedo.
Estoy bien. Contento sin miedo. No me gusta la sed. Quiero agua. Hay mucha agua en el aire. Hay muchas aguas cerca de mí. Lejos de mí. Las personas tienen agua escondida en las paredes. No me gustan las paredes. Me dan miedo. Las personas me duelen, tengo miedo a las personas. No quiero agua de las personas. No quiero agua escondida en las paredes. Tengo sed, quiero el agua que está lejos, que está en la tierra, que está en la piedra. Mi agua está lejos. ¡Quiero mi agua! Camino para tomar agua. El agua no está escondida. Mi boca tiene el agua de la piedra. Mi agua tiene dolor. Tengo miedo. Tengo sed. Tomo agua con dolor. Estoy contento no hay personas.
Camino por las calles evitando a las personas, sé que me hicieron daño.
Camino por las calles. Estoy contento. Busco agua porque tengo sed. No hay personas en estas calles. Las calles son mías. Contento de que no hay personas. Si no las miro estoy contento. Encuentro agua que huele bien pero la esconden las personas. No quiero el agua de las personas. Las personas me hicieron daño cuando las veía. El agua que esconden las personas me hace daño, no me quitará la sed. En las calles está el agua no escondida, el agua con tierra en la piedra de las calles, me acuesto en la tierra con agua, trago el agua que me quita la sed, que no está escondida, que no tiene personas.  Me gusta el agua que sabe a cosas sin personas, agua que es de la piedra y que es mía, que no se esconde.
El silencio es mi mejor defensa. Si no les doy mi voz, me dejan en paz.  Ellos me ven a mí, por un momento, y después se van. ¡Qué bueno!  Algunos me ven, me hablan.  Yo no los veo, no les hablo, entonces también se van ¡Qué bueno!
Me quito las cosas de mi cuerpo que yo usaba, que ellos usan. Entonces encuentro que ellos tienen miedo, ellos se van.  Yo me quedo con cosas que dan calor. Si quiero el calor, como al agua que me quita el dolor de la sed.
Yo no quiero hacerles daño.  Sólo quiero estar solo.  Quiero que no me hablen, quiero que no me vean.  Me gustan las calles.  A ellos también les gustan las calles.  Si no los veo ellos no están.
A ellos les gusta esconder el agua.  A mí me gusta el agua que está en la calle, que quita la sed, y que no está escondida.
Lo que ahora son mis calles antes, aunque me doliera o me causara temor, debía llamarla, no calle con pocos árboles, sino Vallejo, Montevideo, Eje Central.  Yo, aunque me causara daño, tenía que estar encerrado, sin salir al sol, dañar a las otras personas con menos ropa que yo, que sufrían cuando yo les hablaba.  Cuando yo hablaba como ellos, hablaba así.  Tuve que huir.
Si alguien buscara la verdad de lo que soy o de lo que fui encontraría que escogí vivir, no en los márgenes de la sociedad, sino más allá, que escogí, no ser un mendigo o limosnero, sino vivir afuera de la sociedad, no lejos, sino afuera.   

Un vagamundo (¿Por qué todos decimos vagabundo?) más alienado que nosotros vaga por los alrededores de la zona industrial Vallejo, con taparrabos y esquelética figura que envidiarían algunos seguidores de Gandhi.  Me lo imagino como producto de un momento revelador epifánico en que tuvo que dejar de ser el dócil investigador burocratizado de aquella institución.

V EN UN ABRIR Y CERRAR DE...


Pataleó y pataleó. Todavía con la mitad del aire en sus pulmones Bart emergió lo suficiente para ver hundirse la mata de pelo entre los brazos crispados de Federico.  Éste se hundía más lentamente de lo que avanzaba la corriente, Bart sintió, junto a la desesperación, que de espectador se trocaba en observado, y las, un segundo antes, cristalinas aguas del arroyo lo cegaron con una turbidez viscosa y pesada.
La sensación de los lengüetazos de la Fanny sobre su cara lo despertó.  Yacía, lo supo, sobre su catre de hierro.  Al abrir los ojos miró un cielo raso, ajeno, desconocido para él.  Los cerró.  Se tranquilizó al escuchar el canto de los canarios muy cerca de sus oídos, adivinó la enredadera del porche de la casa en Eagle Pass.  Los volvió a abrir sólo para sentir que aquellas vigas se precipitaban sobre él.  Para escapar Bart los cerró de nuevo. 
Los peligros del mundo de los ojos abiertos desaparecían al cerrarlos.  Probó abrirlos tapando la visión con las cobijas.  Penumbra verdosa, verdosa. Manchas negruzcas.  Fue alejando la frazada para enfocar mejor las manchas.  Leyó U.S.A. ARMY.
Le era insoportable estar sin combatir a las tropas del Kaiser.  No recordaba haber sido herido, ni si habían llegado ya a las trincheras enemigas cercanas a la ciudad de Nancy, ni si las habían tomado o los habían derrotado. Él y todos sus compañeros de la Primera División de Infantería, eran los mejor entrenados Doughboys de todas las Fuerzas Expedicionarias Americanas desde que desembarcaron en Bordeaux.  Pero no recordaba haber participado en alguna de estas acciones.  Lo que le carcomía el alma era la muy tardía participación de los Estados Unidos en una guerra desatada tres años antes.  El sentimiento de rechazo profundo lo extendió hacía la guerra misma, hacia las guerras todas. 
El beso húmedo lleno de ternura y pasión duró una eternidad en la que nunca acabó de abrir los ojos, aquella mujer al principio todo aroma y respiración vital, le dejó ver sus bellísimos ojos verdes acompañados de mejillas sonrosadas, frente amplia, y aquella nariz que completaba el beso aspirando ansiosa como queriendo robarle el alma o librarlo del éter emponzoñado.  La cabeza se retiró un poco, giró para gritar « ¡Isabel! ¡Ven, Isabel!»   A unos metros, escuchó que la mujer llamada Isabel replicaba  « ¿Ya te reconoció, Rosa? », «A mí, no estoy segura, pero a la Fanny sí.» Contestó Rosa pensando que el beso aceptablemente retribuido no garantizaba reconocimiento alguno.
« ¿Bart? ¡Bartolomé, soy tu madre! ¡Háblame!» Le susurró la mujer llamada Isabel, y que decía ser su madre.  Mientras su mente aceptaba llamarse Bartolomé, sin dificultad sabía que Bartolomé Vanzetti, y Nicola Sacco llevaban años en la cárcel del Commonwealth de Massachusetts injustamente acusados de asesinato, chivos expiatorios ideales por su pobreza y condición de inmigrantes repudiados por el sistema.  Todo el mundo los apoya.  Los clubes anarcosindicalistas, o los obreros, sindicalizados o no, las agrupaciones religiosas, la gente de bien, los estudiantes, los empleados, amas de casa.  Sandalio, su tío, narraba una y otra vez cómo los apresaron y fabricaron el juicio más puerco e injusto de que se tuviese memoria en Massachusetts y en la Unión Americana en todo el siglo XIX y en lo que va del XX.  Que ya es un decir, si nos vamos a todas la marrullerías que se vinieron realizando año con año desde principios de siglo en contra de las huelgas obreras de los gremios que se nos ocurran, de las diversas hermandades libertarias, y de sindicatos agrupados en la IWW.  Estos pensamientos se le amontonaban en la cabeza, por momentos creía ser el mismo Vanzetti, otros ser víctima directa de aquellas criminales campañas pro-belicistas, y aún ya declarada la guerra los primeros días de abril de 1917, en Tulsa, Oklahoma, chusma pagada por chusma enriquecida desangró a latigazos a diecisiete o veinte trabajadores petroleros usando los famosos látigos blacksnakes, esas víboras negras de seis a doce pies de largo, los cuales pueden romper la barrera del sonido cuando la punta flagela el aire en lugar de la piel humana.  En las primeras noches de invierno a sus siete años Sandalio, el magonista, le explicó por qué cierto tipo de gente de Arizona era lo peor de lo peor, haciendo referencia a lo que cinco meses antes, en julio de 1917, había sucedido en la población de Bisbee, Arizona.  Vigilantes armados secuestraron a 2000 huelguistas de las minas de cobre, los sacaron de sus camas y en camiones para ganado los transportaron al desierto donde los abandonaron sin alimentos ni agua.
El muchacho caviló sobre la lejanía de su infancia que coincidía con la guerra que pudo evitarse.  Guerra que fue fomentada y declarada por unos para que la pelearan los más.  Muchachos como él…¿Qué edad tenía en ese preciso instante? ¿Quién era? Definitivamente no era Gabino Sotero, quien murió en los campos de batalla franceses en 1918, se lo había asegurado Isabel, la que decía ser su madre, y la propia viuda de Sotero, cuya casita se encontraba en la cima de la loma que está en el camino a… en la que vivía junto con su hija con la pensión del gobierno federal desde hacía diez años.  Era 1928, vivía en Eagle Pass pueblo texano con sus padres en esa modesta casa rentada, un…porche, vagas y múltiples imágenes, un gallinero, un cuartito con tina de lámina galvanizada, una caseta con fosa séptica, un taller mecánico.  Intentó varias veces detectar detalles, pero en vano, las imágenes se le movían y desaparecían sin que pudiera evitarlo.    Le gustó el cielo raso ahora sosegado, y saber que su catre era uno de los tres que se compraron al ejército al finalizar la Primera Guerra Mundial. Conforme fue cotejando, corroborando, sonriendo, se fue…durmiendo.  La pregunta fundamental que venía evitando fuese quien fuese, viviese donde viviese era qué hacía tirado en ese catre y por qué no se movía, y recorría la casa a su antojo.  ¿Estaba herido? ¿Enfermo? ¿Desde cuándo?
Dio de manotazos, más que brazadas, contra el agua tratando de alcanzar a Federico que…¡No sabía nadar! Lo veía desaparecer en la corriente y él no podía acercársele…quería pero no podía, algo se lo impedía, algo…, lo abrazó la oscuridad toda.
Esa madrugada Beatrice Slaughter despertó a Bart quien dormía en el porche metiéndosele entre las cobijas «Bart, te tengo dos sorpresas para hoy, la primera es que conseguí cinco muchachos de los pozos petroleros que firmarán las cartas contra la ejecución de Sacco y Vanzetti; la segunda te la entrego sólo si me llevas al día de campo que organizaron tus hermanas para hoy» Estaba a punto de adelantarle algo de la sorpresa, y Bart de responderle, cuando Rosa la sacó a la fuerza «Yo sólo trataba de despertarlo.» dijo haciéndose la mustia.
« ¿Cuál día de campo? ¿Quiénes van? Yo tengo que seguir convenciendo gente para que contribuya con las estampillas postales para Massachusetts y Washington» «Tus hermanas y primas lo organizaron, invitaron a los hermanos González Rosas, Federico y Celso, convencieron a tu mamá al decirle que también iban Miss Hester, la maestra de quinto año a quien la acompañaban Mr. Williams, su novio, y la pareja de amigos Miss Lovelace con Mr. Simmons »  Cuando Bart le expresó su asombro puesto que Federico y Celso, así como Ernestina y Cecilia estaban comprometidas con él para solicitar apoyo, sólo recibió un guiño malicioso de parte de Bety.
La cita era, justo, en la esquina sur-poniente formada por la calle Sheridan y la Calle Ceylan, a la sombra del enorme mezquite.  Llegaron a la desvencijada puerta de la cerca que trunca la calle James Madison, y de aquí se desviaron al poniente hasta la Thomas Jefferson, también truncada por las barracas de los ilegales y siguieron; pasaron la tupida mezquitosa que se extendía por el lado del jardín derecho del diamante de béisbol. La comitiva continuó por la orilla de los riachuelos de aguas broncas afluentes del profundo arroyo El Callao.
Llegaron a la vereda que zigzagueaba entre carrizales y jarales  compuesta de tres enormes escalones por donde las vacas lecheras del viejo Rosendo gustaban cruzar el arroyo, tomando posesión de terrenos del viejo Robert Browning del Condado Maverick.  Este par discutía por todo, terminando siempre medio borrachos contándose sus respectivas desgracias. Hacía muy poco que los encontraron a punto de morir con quemaduras horrendas causadas por tequila y whiskey, se sabía que este acto criminal fue causado por cobardes del KKK, quienes odiaban además de los negros a los grasientos mexican, y a los que cofraternizaban con ellos los White thrash, la porquería blanca.  Al pie del último ‘escalón’ se encontraba una laguna mucho más larga que ancha cuya agua presentaba una suave corriente. Más adelante aparecía una extensión de tierra, especie de isleta larguísima de unos cuarenta metros de ancho que daba paso a la corriente principal.
Bety se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y colocar sobre éste el mantel.  Una vez instalados Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchó «¡Se está ahogando! ¡Auxilio!» corrió hacia abajo donde empezaba la corriente, sacaban el cuerpo de un muchacho cuya parte de la cara y la cabeza habían sido destrozadas por las rocas.  Dejó de ir al río por mucho tiempo.
  Rosa se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y colocar sobre éste el mantel.  Una vez instalados Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchó junto a él, el saludo de Miss Hester dirigido a todos, e inmediatamente después «Bart, Mister Williams desea platicar contigo, si tú estuvieses de acuerdo» No acababa Bart de girar para quedar boca arriba y ser deslumbrado por los rayos solares que rodeaban las sombras de su exmaestra y Mister Williams a quien seguiría sin conocerle la cara, cuando la voz de éste se escuchó «Bart, te sugiero que abandones la tarea inútil de enviar cartas ridículas al Gobierno de Massachusetts, como habías abandonado la costumbre de venir al arrollo»
 Bety se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y la gruesa cobija de lana, y hacer el amor sin testigos dominicales.  Bart se dejaba llevar por el deseo sexual disminuido tan sólo por el recuerdo de la sugerencia de Mister Williams dos días antes.  Una vez instalados y encuerados Bety y Bart retozaban al sol, cuando escucharon junto a ellos la voz de Miss Hester «Bart, Mister Williams desea lo acompañes a la orilla del arroyo, mientras que yo le garantizo a tu White thrash Little whore que no le rebanaré el cuello si se queda quietecita» No acababa Bart de abrir los ojos cuando lo tomaron de los cabellos arrastrándolo fuera de los muslos de Bety.  Mister Williams se lo llevó más allá de la isleta a base de golpes brutales en todo el cuerpo.  Finalmente le soltó la cabellera y le gritó «Eres un imbécil Bart, como todos los grasientos mexicanos, quiero que veas cómo muere uno de los que te siguieron en tus estupideces, que lo veas antes de que tú mismo te vayas al infierno. Nuestra patriótica acción la hacemos en nombre de los verdaderos ciudadanos blancos anglosajones a quienes queremos librar de ratas negras, amarillas, o prietas que infestan este hermoso país.»  Williams dando un giro soltó la cabellera de Bartolomé quien fue a clavarse en el agua, no muy lejos del centro de la corriente donde dos personas jalaban arrollo abajo, cada una, un talón de Federico.  «No sé nadar» fue lo último que éste gritó dado que fue jalado hacia abajo, obligando al muchacho a tragar y tragar más líquido.  Con su propia carga a cuestas Bart nadó lo más rápido que pudo, sintió que lo jalaban hacia el fondo, tomaba aire y alcanzaba a salir un poco, veía el pelo de Federico como una planta flotante y cuyos brazos danzaban grotescamente y él no lo alcanzaría nunca, porque él mismo se estaba ahogando, se abandonó al jalón de su asesino, tanto que el esbirro tuvo que soltarlo para salvarse a su vez.  Cerrando los ojos vio su enredadera, cerrando los ojos se aferró a ella nadando hacia el fondo, nadó y nadó hacia la oscuridad.    

VI DIÁLOGOS REFINADOS




-          Buen día.
-          ¿Qué va ser?
-          De la de acá, hasta que se bote sola.
-          ¿Checo los niveles? ¿Aspiro?
-          Bueno.  Ah y las cuatro a treinta libras.
-          Ya estuvo.  ¿En efectivo o con plástico?
-          ¿Tienes maquinita? Entonces ténla.
-          Va  ¿Factura?
-          No.  Diez para ti.

¿Qué ficha tiene usted? La 53. ¡La 53! ¿Pus a qué horas llegó?   Uy, desde las ocho y media.  ¿Y cuántos han pasado? Desde que llegué, sólo tres. ¡Ay, Dios! O sea que si tengo la 69 hoy ya no me tocó.  Pos yo creo que no, yo ya es la segunda vez que vengo. ¿Y qué asunto viene a arreglar?  Cambio de contrato…digo, de nombre de titular.  Pues yo traigo una carta poder para joder a nombre de mi patrón a su socio cancelando el contrato.  ¡Pónganse buzos porque se están metiendo muchos y sin ficha!


-¿Sube o baja?
-Sube.
-Gracias
-¿A cuál?
-Al siete, por favor.
-Al doce
-¡Qué calor!


-Me da dos, porfa
-¿Con todo?
-Con todo.
-¿Para llevar?
-Si es tan amable…


IX EMPINADO


Empinado.  Empinado, sin husmear, esperando al borde del hoyo.  Hoyo que con inmensa fuerza gravitacional se tragó un conejo.  Y ella, no hizo más que seguirlo.  Y sigo sin conocer a Dos Passos, sigo sin ver la negrura del hoyo.

VIII IRISH HOUSE


Finally, my dear Charles, I got here, not nearby the symbolic Chinatown entrance but as far as one block from the hotel I’m staying.  I had decided to have a little stroll in the surroundings before going to ask for one of the books about the historic details over how the Virginia territories were bought from France.  The stroll was pretty short for my taste, no more than seventy steps towards Union Square plaza, but the consolation prize was high enough since for my surprise when I turned my head to my left, there it was.  At the end of that block there was a large and glowing placard showing all in green Johnny Foley’s three floor high as the name of that public house. 
The Irish House was a sober and beautiful place.  From the double entrance door, passing trough the columns and tables, to the bar all were made out of dark oak.  The large and traditional wooden bar placed just at the centre gave the impression of a heavy and secure fortress.  I could not avoid recalling some “Only members club’s bars” where I should socialize in my obscure past. 
Being alone as I was, didn’t hesitate a bit choosing a place at the magnificent bar which were silently offering all kind of spirits and beers.  I should not single out at you the obvious fact that the house specialties were Irish single malt whiskies, ales and stouts, and I certainly will not.  But besides these specialties, I do not know why, and for this forgive my ignorance, a Bloody Mary cocktail was advertised at the outside little blackboard.  Anyway, following my inclination to traditional goods, I asked for a pint of draught Guinness to the Irish bartender.  While he was skillfully preparing and serving the drinks asked by someone besides me, I tried to focus on the details in order to render a full report to you when in a sudden all came to my mind. 
She had in front of her a pint of Murphy’s stout, at least her fourth, she also had intense blue eyes, likewise intense black hair, a careless but cute boyish short haircut,
-      Don’t seat there – she shouted at me.
-      Pardon me?
-      Seat besides me, you bloody fool.
-      I’m not a bloody fool.
-      Seat down here, then.  A Jameson for him.
-      But I want a Guinness.
-      And I want you to have an 18 years old Jameson.
-      Why?
-      For three simple reasons:  I’m pretty sure you are a Jameson type.  You are not a Guinness drinker, so you certainly will loose your witty talk and power.  And third, I want you in my bed.

Later at a small loft serving as her homely flat I spent more than forty five minutes in the fruitless effort to untie her red tie, oh yes, Charles believe me, she wore a white Indian cotton blouse with a very nutty tie. 
At dawn she offered me curried potatoes wedges and a little bit of 16 years old Bushmills pure malt. 
When she woke me up murmuring at my ear  - Potatoes wedges - I didn’t imagine how tasty and how curried they were, neither when that mango chutney was first used on my languid fellow, carefully spread and very, very carefully consumed till she decided to give me a long but stingy kiss.
With this breakfast I did not mind at all to be thrown away at 7.30 AM into the London mist with the simple words: This WAS Vivian. 
So Charles, I’m here in O’Farrell’s street at one block from Powell’s avenue following your advice.  By the way, advice came from additional vice? Or it stands for Advertised vice? Well, after three pints of Guinness and one of Stella Artois, I can write no more in English, so forgive me using Johnny Foley’s own Gaelic words: - Go raibh maith agat     

IV BEBIDAS PARA LA MESA DOS


A Paco
A los que hacen panchos sobre su Villa


Pude haberlo seguido, y no lo seguí.  En El Paso, Texas me topé de frente con el mexicano cuyas acciones empezaban a ser revolucionarias.  Era 1911. Desde entonces no dejó de hacerlas, y eran más revolucionarias entre más las hacía a su manera.  Y menos paró de hacerlas hasta que le llenaron el cuerpo de balazos en 1923.  Sólo así se apaciguó, como querían que se apaciguara.  
Supe que él no discriminaba a la gente por el color o el hedor de su piel.  Gracias a mi padre entiendo lo que está detrás del desprecio a los pobres y a los diferentes.  Aunque lo entiendo me afecta profundamente.     
Aún conservo la transcripción en ideogramas chinos que hizo de un artículo que en mayo del año cristiano de mil ochocientos setenta apareció en The Galaxy de San Francisco.  Habla sobre el odio hacia los inmigrantes asiáticos que de manera perversa los poderosos fomentaban en la población, no sólo de California sino de toda la Unión Americana.  Conocer pocos ideogramas aumentó mis dudas, lo que me hizo releer, y discutir mucho.  Ya dominaba la mayor parte del artículo y todavía se me escapaba la razón por la cual el autor Mark Twain lo había titulado Lamentable persecución de un niño.  El señor Twain reprocha al Commonwealth de California el encarcelamiento de un niño que arrojó piedras a Chinamen mientras paseaban.  La argumentación es impecable.  El muchacho de clase acomodada posee, sin duda, una muy buena educación enriquecida aún más con la asidua asistencia a la escuela dominical. Éste sólo siguió lo que las instituciones y los ciudadanos le habían estado enseñando cotidianamente. 
La enfermedad que orilla a que alguien odie lo extraño, lo diferente, lo supuestamente amenazante, es muy contagiosa.  El forastero que llega en harapos al pueblo ofende no sólo al hacendado sino a las familias comunes.  El contagiado revisará el color de la piel, la religión practicada, la lejanía del país de procedencia, el padecimiento de alguna otra enfermedad amenazante o insultante como la locura.  A veces basta, tan sólo, con percibir variaciones al pronunciar palabras, ya no digamos que el forastero no sepa leer o escribir el idioma lugareño.  El contagio salta no sólo de un individuo a otro de la misma condición sino como la pulga salta al mapache, y de éste a la rata.  Son racistas los ingleses, los alemanes, los polacos, los italianos, los cristianos, los católicos romanos, los mexicanos.  Lo son todos ellos contra los chinos.  Yo soy chino.  Gracias al odio y desprecio hacia mi amarillenta piel, mi voz, mirada, cultura y pobreza profundas hemos recorrido medio mundo. Lo he hecho sin dejar de alimentar el mío contra ellos.  Pensaba en un verdadero hogar para establecernos.  El Tao nos llevó al más arrinconado de los rincones de Texas. 
El Paso vivía el primer día del año mil novecientos seis.  Serían las tres o las cuatro de la tarde cuando me despierta la hermosa voz de mi hermana Tzin.  Vuelve a lanzarme, no palabras, sino vivas imágenes en la lengua de nuestra madre.  Supe que nos rodeaban varias pupilas y devotos de la casa de Mamá Grande, burdel cercano a la calle San Antonio. 
Tan sólo un día antes vagábamos en compañía de Sandalio, el mexicano, eterno aprendiz de ferrocarrilero, y de Rosalío, el indio kikapoo, los cuatro muertos de hambre y seguros de que no veríamos el año nuevo.  Sandalio al ver que íbamos junto a las vías férreas susurró una invitación a echarnos a dormir, «tal vez alguno sobreviva» dijo. 
Entre sueños vi que unos borrachos nos esculcaban, vi a Rosalío quebrarle el cuello a uno de ellos, mientras los demás lo apuñalaban decenas de veces.  No supe lo que sucedió con Sandalio.  En mi pavorosa visión sólo adiviné los movimientos para levantar y cargar a Tsing, lo mismo pasó conmigo. 
Si nos estaban rescatando de la muerte o secuestrando no me quedó claro ni siquiera cuando ya dentro de la casa los borrachos entregaron su botín a unas párvulas quienes nos bañaron, perfumaron, y adornaron con sutiles velos lo que al parecer formaba parte de la compleja orgía planeada para celebrar el advenimiento del año. 
Ya despierto del todo percibí cómo afloraba, en algunos de los presentes, el desprecio y repudio hacia nuestra raza maldita, cuando Tsing mostrando gran arrogancia les aclaró que su ‘esposo’, Yeung Chung Lee, era un cocinero imperial, con experiencia adquirida en las cocinas del Imperio Británico, así como en las del Imperio de Francisco José.  En un viaje especial ordenado por éste, durante la travesía de San Francisco a Nueva York, en el Estado de Wisconsin el tren fue asaltado.  Con gran habilidad enriqueció la anécdota sobre lo que les hicieron, y lo que dejaron de hacerles, a las mujeres y jovencitos austriacos.  Los tenía tan deleitados que no repararon en la falta de detalles cuando relató que los asaltantes eran tan ignorantes que a nosotros nos dejaron ir por no querer tener nada que ver con gente de nuestra raza. 
La enorme y apacible figura de Mamá Grande refrendaba con su sonrisa todo lo que mi honorable hermanita decía, lo que terminó por controlar los bajos instintos de aquellos personajes de lamentable semblante gris verdoso, quienes buscaron la manera de no ser excluidos.  La turbia mirada de uno de ellos se posó en mi sombrero de fantasía y empezó a repetir mi nombre Lee, Lee, ¡General Lee! el apodo saltó de varios puntos de la sala. 
El asombro que la voluptuosa belleza de Tsing causaba en todos se convertía en encantamiento.  La protección inicial que nos brindaban varias de las señoritas de la casa se reforzó con la evidente aceptación de parte de la venerable Mamá Grande.  El aturdimiento causado por una implacable cruda largamente pospuesta que sufrían unos.  Todo esto amalgamado nos salvó de ser arrojados a las calles de una ciudad que no aceptaba a los chinos. 
Pasados los primeros minutos de la improvisada reunión dieron paso a los negocios.  En efecto, Mamá grande manifestó su interés por que Tsing  enriqueciera el parvulario.  Esta orden, dado que no pidió la aceptación de mi hermanita, fue fuertemente secundada por Iván, un ruso, que sin quitarle los ojos de encima a Tsing se declaraba amante de los exóticos platillos orientales.  Manifestó ansioso su incontrolado deseo de ser el protector, y por ende, ganador de los máximos derechos sobre el cuerpo y espíritu de la niña, siempre y cuando no ofendiera los sentimientos de la dueña de casa.  Su arriesgado cálculo se basaba en que yo fuese el nuevo manjar que se le antojaba a la Mamá.  Lo de cocinero del burdel todos lo aprobaban.  Confirmé que esta era la pareja que había probado, casi de manera exclusiva, una y otra vez, nuestros jugos y juegos amorosos.  
En realidad, mis conocimientos culinarios siempre estuvieron profundamente influenciados por el Tao, pero como ya había aprendido desde que cociné para los hermanos William y James Horlick, allá en Racine, Wisconsin, mentir retribuía y no despertaba sospechas.  La simpleza de los yanquis asociaba desequilibrio con el florecimiento armonioso aunque de ímpetu siempre creciente del Ying y el Yang.  La no-verdad conlleva algo de realidad, así como ésta siempre va impregnada de falsedad.  Desde el primer momento de mostrar nuestras habilidades amatorias entre Tsing y yo, se redujeron al mínimo las violaciones sufridas antes de perder la conciencia. Mentimos a la Mamá Grande y a todos al afirmar que Tsing y yo éramos marido y mujer por la religión católica romana, mentimos sobre mis servicios culinarios prestados a dos imperios.  La mentira retribuyó trabajo asalariado para los dos.  Tsing, de aprendiz de Puta, y Yo de pinche de cocina.  La verdad que ocultamos como sólo los chinos la sabemos ocultar, nos llevó a ser introductores a secretos prácticos y lucrativos en ambas profesiones.
Mi hermanita pudo comprobar que, en efecto, Iván Karsilov había degustado deliciosos y excitantes platillos pekineses en su Petrogrado natal.  Apoyaba con sinceridad que yo me encargara de la cocina del burdel, y la ardiente pasión que ella le provocaba era más que evidente.  Daba gracias al cielo por sus caricias que alejaban la nostalgia por la madre Rusia.  Había huido a mediados de 1905 de la cascada de huelgas obreras sinfín, contaba que si bien al final del año el zar las destruyó, no pensaba regresar puesto que rechazaba las políticas egoístas del estado zarista para exprimir a los industriales de su propia clase con impuestos que impedían el desarrollo del país.  Y volvía a la cantaleta de que en Londres y en Nueva York había probado toda suerte de platillos chinos, salvo el que degustaba ahora a todas horas. 
El hostigamiento que mi hermanita sufría impulsó desde nuestro cautiverio voluntario la determinación para encontrar a Sandalio.  Veníamos de Wisconsin, y ambos, sin conocerlo, lo buscábamos, y lo encontramos, en el corazón de Texas.  Ellos, Rosalío y Sandalio, apenas llevaban dos días con el sol en la espalda desde que salieron de Eagle Pass, algo les gustaba de las fronteras geográficas y raciales, cuando una madrugada a lo lejos los divisamos a ellos, a los caballos, y a su recién encendida fogata.
Con profunda desconfianza los espiamos durante su desayuno buscando en sus gestos la señal para huir o para acercarnos.  Ésta resultó ser el aullido de dolor cuando el café le quemó la mano, y para que no me quedara duda, acompañó el aullido con un insulto a la madre del inventor porfirista de una cafetera para fogatas antiderrames.  Ya estaba su compañero atendiéndole la quemadura cuando nos acercamos a la pareja mostrando Tsing el ungüento que proponíamos aceptasen como parte del tratamiento inicial. 
El que primero comprendió nuestro inglés y nuestros nombres fue el indio kikapoo, quien dijo llamarse Rosalío, que era un nombre español.  La presencia y el contacto que el mexicano tuvo con mi hermanita marcaron a Sandalio de por vida.  Cuando quiso pagarnos, le aclaré que el pago era muy alto, que ninguna cantidad de monedas podría cubrirlo.  Tsing, sin dejar de sonreírle, dijo que algo de comer cubriría la mitad del pago, pues la otra mitad era que nos aceptaran como compañeros de viaje a donde fuese su destino.
Acordamos que Sandalio fingiría ser nuestro patrón, esto último en caso de que algún ser humano se cruzase en nuestro camino.  El trato se cerró cuando quedó establecido que sería Tsing quien lo acompañaría en ancas.
Como mi hermanita se enamoró de Sandalio, yo no me enamoré nunca; a Mamá Grande le agradecí me protegiese, más tarde mis sentimientos hacia ella fueron más tiernos, pero nunca pasionales, y terminó en buena amistad.
Una vez se me acercó traviesa, como una hermosa ardilla madura, agitando su pelirroja y esponjada cola:                 
-¿Sabías, General Lee, que las putas leemos mucho? Leyendo puedo viajar a maravillosos países, vivir otras vidas posibles, enterarme de los crímenes más horrendos.
-¿De veras, Mamita? ¿Has leído al señor Twain?
-¿Twain, el escritor chino? ¡Claro que he leído a Mark Twain! Por ahí de 1901 Marilou, la cascabel, nos mostró lo que escribió el bigotón de Mark Twain sobre lo que pasaba en China con las escandalosas indemnizaciones en dinero y en enormes extensiones de terreno que varios países occidentales le cobraban al Imperio chino por los asesinatos cometidos por la sociedad secreta de los Puños Armoniosos y Justos, o Boxers.  Todo ese año estuvo lleno de noticias espantosas en relación a la guerra en China.  El Sun de Nueva York sacó varias noticias. Pero tú sabes de eso mejor que nosotras ¿No?
-Sí, pero dime ¿Guardas el artículo del señor Twain?
-Bromeas, ¿Quién guardaría no cinco años, un mes un diario? -  No me atreví a contestar.  Preferí sumirme en pensamientos que oscilaban entre alejarme del mundo, o hacer algo que justificara, de una vez por todas, el odio que éste nos tenía.     
Dada la simpleza de la dieta acostumbrada por la gente de aquellos desiertos, bastaron las recetas de cinco o seis platillos de Pekin y de Shangai para ser durante años un éxito en las alcobas.  Cierto que el descontento que ya crecía lo maté incorporando al menú dos de los platillos más picantes de la cocina Guizhou.  A los clientes de la Cascabel, la Seisseguidos, y la Quickeslouly que lo podían pagar se incluían en sus charolas tarjetitas con sugerencias de cómo incorporar los guisos a juegos amorosos.  Todo el mundo feliz, hasta que un buen día un muchachito que lavaba platos me preguntó con lágrimas en los ojos qué debía hacer con los vasos rotos que no eran nuestros.  Siguiendo el hilito sedoso llegué al gusano.  Eran meses que a las charolas para servicio a las alcobas se les incorporaba batidos de leche que nos llegaban de los establecimientos donde Iván era socio.  ¡Había olvidado que el postre también debe variarse!
Empecé por estudiar los batidos de leche que el ruso ofrecía buscando reproducirlos y mejorarlos de alguna manera.  Me pasé tardes enteras profundizando en las recetas, hasta que un buen día se me vino a la mente los polvos para enriquecer el alimento infantil que habían patentado los Horlick.  Al principio lo deseché por considerarla una idea distractora.  Pero, me dije ¿Y si funciona? La interrogante me atormentaba.  Mataría al espíritu haciendo las pruebas de inmediato.  Para no realizar experimentos en exceso debería consultar tanto mis anotaciones como la transcripción de la patente registrada por Willy Horlick.  Hacía años que no revisaba mis bolsas de viaje salvo para releer al señor Twain, lo demás supuse que seguía igual de intocado.  Supuse mal.  Resultó que mi enamorada hermanita le había entregado a Sandalio las bolsitas de Wei C’hi para que las tratara de vender en Arizona, y así hacerse de un poco de dinero.           
Mientras Sandalio no apareciera yo no tendría la patente, la cual es la receta… ¡Receta! ¡Vaya simpleza! Decidí no esperar hasta que Sandalio apareciese, cuantimás si andaba jugándose la vida contra la dictadura porfiriana, al tiempo que aprendía el oficio de maquinista.  Me puse de inmediato a trabajar aplicando lo aprendido con James; recordaba que a la indigesta leche de vaca se le agrega cebada un poco podrida para que endulce, y… bueno también algo de harina de trigo para dar cuerpo, y si quiere uno le evapora el agua.  ¡Y se vende! Willy lo vendía para los inválidos, y a los párvulos que están más inválidos que aquellos.
Jugué horas en la cocina sin abandonar la idea fija de superar los batidos de leche que todos conocían.  Fueron apareciendo en mi mente fragmentos de lo que declaraba oficialmente la patente de 1883 que mi patrón William Horlick posteriormente comercializó como enriquecedor alimenticio con el ridículo nombre de Diastoid.  Recordé la frase: …Este invento tiene por objeto, primero, proveer un alimento altamente nutritivo no harinoso para infantes e inválidos mediante la combinación de partes nutritivas de los cereales con leche; y, en segundo lugar, librar a tal alimento de su tendencia a agriarse sin importar el clima o estado de la atmósfera a la que pueda exponerse, y ser de tal naturaleza que se disuelva fácilmente en agua.
Trabajé con esto durante días con resultados excelentes.  Pero dos cosas no acababan de gustarme.  Dado que me había robado la patente debía olvidarme de que el invento estaba protegido como propiedad privada.  La otra era que si el único uso era incorporar sabor peculiar a un batido de leche, la receta se encarecía mucho dada la calidad de malta requerida por el invento.  En definitiva, opté por usar cebada fermentada de mucho menor valor nutritivo.  De lo que se trataba era de perjudicar al zarista renegado.
Dado que las intenciones y el uso final eran otros lo que resultó fue otro invento.  Sólo que yo no perdí tiempo patentándolo, simplemente lo mantuve en secreto.  Me moví en la frontera entre lo profundamente oculto y lo universalmente conocido.  Más sutil que la seda, sólo El Tao.
A los que preguntaron primero les respondí que su paladar había descubierto, no otro batido de leche, sino el batido de leche… ¡malteada!  Pronto me iba a arrepentir de andar inventando nombres, pero mientras tanto ¡Manos a la obra! 
Primero obtuve la bebida básica; segundo un arcoíris de sabores y presentaciones; tercero se les distribuyó a ciertos clientes de la casa, sin variaciones, el tradicional batido de leche con huevos y whiskey que todos bebían para tonificarse, sólo se sustituyó una tercera parte de las bebidas rusas, o sea las que provenían de los negocios de Karsilov; cuarto tomamos nota de todo tipo de comentarios y actitudes de nuestros involuntarios colaboradores; quinto analizamos los resultados; sexto modificamos el plan original para avanzar hacia la meta.  
Las solicitudes de los helados y batidos de leche provenientes de fuera de la casa disminuyeron lenta pero inexorablemente, lo que resultó mejor que su cancelación abrupta.  Es más, coincidió con la aparición de pedidos externos, en particular del guiso de tripa y de sopa de rabo de buey para la hora del almuerzo.  Acabaría incluyendo los batidos de leche malteada.
Un buen día encontré sobre mi cama un costal que contenía las tres bolsas con todo lo necesario para jugar Wei Ch’i que Sandalio se había llevado para vender.  Con una primera mirada todo me pareció estar en orden.  En el fondo del costal encontré mis notas junto con la transcripción ahora ya innecesaria, aún así tuve que releerla: United States Patent Office / William Horlick, of Racine, Wisconsin/ Granulated food for infants and process of preparing the same / Specification forming part of Letters Patent No. 278,967, dated June 5, 1883 / Application filed March 9, 1882. (No specimens.)   De la emoción no entendí nada y recomencé saboreando cada línea  Oficina de Patentes de los Estados Unidos/ William Horlick, de Racine, Wisconsin/ Alimento granulado para infantes y proceso para prepararlo/ La especificación forma parte de los documentos oficiales de la patente número 278,967, fechada el 5 de junio de 1883. / Solicitud presentada el 9 de marzo de 1882. (No se presentaron muestras del producto)  Sentí un mareo delicioso. Para todo aquel que le pueda importar: / Sépase que Yo, William Horlick, de Racine, en el condado de Racine, y en el Estado de Wisconsin, he inventado ciertas, nuevas y útiles, Mejoras a la Manufactura de Alimento Preparado para Infantes e Inválidos; y declaro aquí que lo que sigue es una descripción completa, clara, exacta de ello.   Y así, una y otra vez…hasta que me desperté.
Revisé las bolsas, cada una contenía el par de saquitos de seda cruda, el blanco con piedrecillas color arena clara, el negro con similar cantidad de ellas pero muy oscuras finamente moteadas de blanco.  Adicional a éstos el manto, también de seda, doblado con delicadeza ocultaba el territorio mundial tan apetecido durante el juego.  En esos momentos lo que había hecho antes de abandonar a los Horlick me pareció una locura estúpida y desesperada.  El fino polvo de tierra que protegía la superficie de cada una de las piedrecillas la sustituí con partículas de la formulación patentada tan finas como aquél, las que obtuve moliendo las delgadas hojuelas cuatro y tres veces en el mortero.  ¡Qué locura! 
Con sólo volverlo a ver mi hermanita olvidó que Sandalio la había abandonado.  Hicieron el amor todo un día, el mexicano remató contándole mil vicisitudes enriquecidas con el por qué de la larga lucha de los liberales contra la dictadura porfirista, la que concibió como plan de desarrollo y realizó de manera sistemática el exterminio de los indios yaquis, y respaldó la matanza de los mayas allá en lo profundo del cuerno de la abundancia.  La plática me la eché dos veces pues antes de encontrarme con Tsing, ésta se lo había contado ya a la Quickeslouly, a la Beyond, y a Mamá Grande, quien a su vez me lo contó en cuanto pudo.  
-Lo que Sandalio no les ha contado es que su entregado y visionario líder, Anakreón, escribió un artículo periodístico a mediados de 1906, donde denunciaba la jugarreta de los capitalistas mexicanos para bajar los salarios de los trabajadores y jornaleros a niveles inauditos de explotación, jugarreta que incluyó el llamado a los paupérrimos del mundo a sustituir a los mexicanos, a cambio de salarios muy por debajo de lo que éstos podían aceptar.  En particular los chinos mostraron intención seria de inmigrar a México.  Anakreón denunció todo esto, aunque aderezándolo, ¡Escúchame bien! con epítetos de gran desprecio y repudio contra los chinos, comentarios que son ajenos a lo que se pudiera esperar de un luchador y pensador por el socialismo libertario.
  Me encerré todavía más en mi cocina para protegerme de la amenaza mexicana tan cercana a El Paso, y a mi corazón.
Poco después, a instancias de Tsing, Sandalio comentó que todos estábamos en proceso de aprendizaje, sujetos a grandes contradicciones, que nadie escapaba, ni siquiera los más revolucionarios entre los que el ferrocarrilero consideraba pertenecía Anakreón.  De ofendido me convirtió en ofensor al juzgarme egoísta por sentir que, los grandes crímenes y saqueos cometidos contra China por parte del mundo occidental, los cometieron contra mi persona, y no contra millones de chinos, junto a los cuales debería estar luchando en ese mismo momento.  Le di la razón, pero seguiría rumiando.        
Aunque El Paso daba cobijo a toda clase de personajes y permitía todo tipo de intercambios yo no me confiaba de nadie que no hubiera pasado por la Casa de Mamá Grande y tuvieran la aceptación de las párvulas, no se diga de mi venerable Tsing.  Algunos establecimientos empezaron a solicitarle a Mamá Grande porciones de algunos de mis platillos, y después también el batido de leche General Lee que salía de mi cocina.  La Beyond me comentó que un cliente suyo le pidió dos picheles lecheros llenos de batido de leche malteada con jarabe de fresa, y trozos de hielo.  Le confió que al jefe de la banda a la que pertenecía le gustaba mucho, que venía del norte de Texas donde se escondían desde hacía ocho meses de los rurales de Chihuahua que los buscaban por cuatreros.  La mayor porción de lo que mercaban eran las hojuelas secas de cebada fermentada con harina de trigo y leche. Pasaba el tiempo sin que se supiera de ellos, o de él, y de repente volvía a llegarme la solicitud de tres fondas distintas. Quise saber un poco más sobre el personaje, pero coincidió con su desaparición, según mis informantes, no sólo de los encargados de hacer las compras en El paso sino del grupito que visitaba Ciudad Juárez.  Y fue una desaparición definitiva, o por lo menos prolongada, lo suficiente como para olvidarme de ellos.  Con este tipo de detalles, mi amor odio por los mexicanos giraba de nuevo.          
Los dueños de los mejores hoteles y establecimientos elegantes entre los que se encontraba el Elite Confectionary quienes liderados por Iván me invitaron a ser socio en lo que concernía a bebidas de fantasía.  Acepté con la condición de tener la libertad de supervisar la calidad de los productos en cualquiera de las cocinas de la sociedad.  La ‘receta’ base y sus variantes jamás las compartiría.  
Pasaron más de tres años.  La prosperidad de la casa iba en aumento.  Todos los personajes famosos nos visitaban sin importar si venían de San Francisco, de Nueva York, o Ciudad Juárez, y muchos de ellos sin hacer escalas en ningún hotel, restaurant o fonda. 
Las insurrecciones, levantamientos, revoluciones mexicanas en contra de Porfirio Díaz eran bien conocidas en todo Texas, no en noviembre de 1910, sino desde hacía años, de las más recientes había sido la balacera en una casa llena de armas y dinamita en el barrio mexicano en 1908.  Lo que me hizo poner mayor atención es que en abril la Beyond me avisó que un jefe maderista había ordenado un pedido desde Ciudad Juárez para comprar dos de los tres batidos de leche que a partir de febrero de 1911 eran mi especialidad, el Mamá Grande; el Tsing-Tsing; y aunque se les ofreció el General Lee rechazaron la oferta.  Inferí que no les gustaba el nombre.  Esto coincidía con las noticias de lo que sucedía del otro lado del río.
Hasta mí llegaban informaciones tan contradictorias como la de que no había ninguna revolución, que la verdad era que los políticos mexicanos estaban negociando quién controlaba qué; o la de que los jefes militares rebeldes tomarían Ciudad Juárez le gustara o no a los políticos.  En la tarde del 25 de abril Mamá Grande nos leyó en El Paso Morning Times la carta de Francisco Madero relatando al mundo la historia personal del recién nombrado Coronel Villa.  No entendí bien lo que Sandalio explicó sobre que este nombramiento era a cambio de haber controlado militarmente a los indisciplinados magonistas dentro del ejército del gobierno provisional, y no lo entendí porque, mientras escuchaba a Mamá Grande, me pareció reconocer a mi misterioso cliente en el personaje de la carta de Madero.  Yo coincidí con éste acuñando mi propia frase: « Pancho Villa era un bandido que amaba la justicia como amaba los batidos de leche malteada.»
Ya fuese que en mayo Ciudad Juárez sería tomada pacíficamente, o a balazo limpio, se desataron los preparativos para observar desde las terrazas, azoteas, techos de vagones de ferrocarril lo que fuese observable.  Los preparativos, que se aceleraron desde el 5 de mayo, debían no sólo satisfacer la curiosidad morbosa sino la comodidad de saborearla sentados, y por qué no, tomándose un helado, o lo que el cuerpo les pidiese a los espectadores.  Todos coincidían en que el día 8 era el mero, mero, a pesar del revoltijo de opiniones.  Los jefes militares revolucionarios planearon algo para tener pruebas contundentes de no ser responsables ni de haber participado en lo que sucedió.  Un día antes, me tocó de cerca, llegaron a El Paso distintos grupitos de revolucionarios que se comportaron de manera distinta a lo esperado.  En vez de pasearse desordenadamente por aquí o por allá, dieron la clara impresión de obedecer órdenes; unos se acomodaron en hoteles desde el mediodía, y no salieron en dos días; varios cayeron con nosotros sin importarles que unos eran asiduos y otros casi célibes.  El mero día, desde muy temprano, dos calvos, y uno con la melena tan larga que podría hacerse una trenza como la mía, se instalaron en la peluquería; Tsing me comentó que dos fotógrafos andaban muy apurados para capturar una escena muy importante, cuya localización, instante de ocurrencia, o si ésta sería real o fingida, desconocían.
Medio El Paso especulaba. Yo le aposté a mi intuición. Me encontraba ya en la cocina del Elite Confectionary cuando me avisaron que los jefes revolucionarios estaban escogiendo mesa.  Si mi decisión no hubiera dado frutos, si dichos jefes hubieran preferido una cantina para realizar su reunión, me tenía sin cuidado, pues de todos ellos el que me interesaba era un mexicano muy especial, escurridizo y temible como los nacidos en el año del Tigre, no lo había visto nunca, y sin embargo lo reconocí de espaldas en el momento en que le ordenaba al mesero «un beisbol elite, o mejor tráigame dos»  El otro jefe revolucionario estaba un poco inquieto, parecía esperar algo o a alguien, sin ordenarle al mesero volteaba para un lado y para otro, así nuestros ojos se encontraron, y su cara no llegó a gustarme.  Esto no pasó desapercibido para El tigre quien, con mucha tranquilidad, dijo «A él tráigale otro igual, y si por ahí ve a algún fotógrafo que venga a sacarnos la foto.»
Ya en la cocina, me apresuré a preparar yo mismo la orden.  Sobre la charola el desconcertado mesero cargaba dos grandes vasos que rebosaban jarabe de chocolate sobre helado de vainilla, y un tercero con la hermosa bebida color fresa.  Antes de que saliera de la cocina opté por llevar la charola yo mismo.  Me acerqué a la mesa, coloqué un Elite base ball enfrente de cada jefe revolucionario, acto seguido puse el batido de leche malteada con fresas al alcance del Coronel Pancho Villa.  Su mirada buscó la mía para interrogarme en silencio.  «Obsequio de la casa para un conocedor»  « ¡Ah qué bárbaro, éste!» Y se llevó el vaso a los labios.  Se relamió el bigote mientras crecía la sonrisa.  «Mejor que el chin chin, ese,  ¿Cómo se llama?» preguntó gritando entusiasmado.  Me acerqué a él lo más que pude, y susurré «General Lee»  «General Lee ni que la fregada ¡No me gusta el nombre! ¡Váyase para que nos tomen la foto!» ordenó al tiempo que me hacía la seña de que me retirara.  El orgullo inicial fue opacado por lo que me pareció desprecio racial. Esperé refundido en la cocina, medité «Me iré, pero a China», pero esperé.  Se abrió la puerta de la cocina, y Sandalio, sonriendo, gritó «Mismas bebidas para la mesa dos».  A lo lejos, en mi país, me esperaban.  A lo lejos, en otro país, por el rumbo de Ciudad Juárez, se oían los balazos.