Pataleó y
pataleó. Todavía con la mitad del aire en sus pulmones Bart emergió lo
suficiente para ver hundirse la mata de pelo entre los brazos crispados de
Federico. Éste se hundía más lentamente
de lo que avanzaba la corriente, Bart sintió, junto a la desesperación, que de
espectador se trocaba en observado, y las, un segundo antes, cristalinas aguas
del arroyo lo cegaron con una turbidez viscosa y pesada.
La
sensación de los lengüetazos de la Fanny sobre su cara lo despertó. Yacía, lo supo, sobre su catre de
hierro. Al abrir los ojos miró un cielo
raso, ajeno, desconocido para él. Los
cerró. Se tranquilizó al escuchar el
canto de los canarios muy cerca de sus oídos, adivinó la enredadera del porche de
la casa en Eagle Pass. Los volvió a
abrir sólo para sentir que aquellas vigas se precipitaban sobre él. Para escapar Bart los cerró de nuevo.
Los
peligros del mundo de los ojos abiertos desaparecían al cerrarlos. Probó abrirlos tapando la visión con las
cobijas. Penumbra verdosa, verdosa.
Manchas negruzcas. Fue alejando la
frazada para enfocar mejor las manchas. Leyó
U.S.A. ARMY.
Le
era insoportable estar sin combatir a las tropas del Kaiser. No recordaba haber sido herido, ni si habían
llegado ya a las trincheras enemigas cercanas a la ciudad de Nancy, ni si las
habían tomado o los habían derrotado. Él y todos sus compañeros de la Primera
División de Infantería, eran los mejor entrenados Doughboys de todas las
Fuerzas Expedicionarias Americanas desde que desembarcaron en Bordeaux. Pero no recordaba haber participado en alguna
de estas acciones. Lo que le carcomía el
alma era la muy tardía participación de los Estados Unidos en una guerra
desatada tres años antes. El sentimiento
de rechazo profundo lo extendió hacía la guerra misma, hacia las guerras
todas.
El
beso húmedo lleno de ternura y pasión duró una eternidad en la que nunca acabó
de abrir los ojos, aquella mujer al principio todo aroma y respiración vital,
le dejó ver sus bellísimos ojos verdes acompañados de mejillas sonrosadas,
frente amplia, y aquella nariz que completaba el beso aspirando ansiosa como
queriendo robarle el alma o librarlo del éter emponzoñado. La cabeza se retiró un poco, giró para gritar
« ¡Isabel! ¡Ven, Isabel!» A unos
metros, escuchó que la mujer llamada Isabel replicaba « ¿Ya te reconoció, Rosa? », «A mí, no estoy
segura, pero a la Fanny sí.» Contestó Rosa pensando que el beso aceptablemente
retribuido no garantizaba reconocimiento alguno.
«
¿Bart? ¡Bartolomé, soy tu madre! ¡Háblame!» Le susurró la mujer llamada Isabel,
y que decía ser su madre. Mientras su
mente aceptaba llamarse Bartolomé, sin dificultad sabía que Bartolomé Vanzetti,
y Nicola Sacco llevaban años en la cárcel del Commonwealth de Massachusetts
injustamente acusados de asesinato, chivos expiatorios ideales por su pobreza y
condición de inmigrantes repudiados por el sistema. Todo el mundo los apoya. Los clubes anarcosindicalistas, o los
obreros, sindicalizados o no, las agrupaciones religiosas, la gente de bien,
los estudiantes, los empleados, amas de casa.
Sandalio, su tío, narraba una y otra vez cómo los apresaron y fabricaron
el juicio más puerco e injusto de que se tuviese memoria en Massachusetts y en
la Unión Americana en todo el siglo XIX y en lo que va del XX. Que ya es un decir, si nos vamos a todas la
marrullerías que se vinieron realizando año con año desde principios de siglo
en contra de las huelgas obreras de los gremios que se nos ocurran, de las
diversas hermandades libertarias, y de sindicatos agrupados en la IWW. Estos pensamientos se le amontonaban en la
cabeza, por momentos creía ser el mismo Vanzetti, otros ser víctima directa de
aquellas criminales campañas pro-belicistas, y aún ya declarada la guerra los
primeros días de abril de 1917, en Tulsa, Oklahoma, chusma pagada por chusma
enriquecida desangró a latigazos a diecisiete o veinte trabajadores petroleros
usando los famosos látigos blacksnakes,
esas víboras negras de seis a doce pies de largo, los cuales pueden romper la
barrera del sonido cuando la punta flagela el aire en lugar de la piel
humana. En las primeras noches de
invierno a sus siete años Sandalio, el magonista, le explicó por qué cierto
tipo de gente de Arizona era lo peor de lo peor, haciendo referencia a lo que
cinco meses antes, en julio de 1917, había sucedido en la población de Bisbee,
Arizona. Vigilantes armados secuestraron a 2000 huelguistas de las minas de
cobre, los sacaron de sus camas y en camiones para ganado los transportaron al
desierto donde los abandonaron sin alimentos ni agua.
El
muchacho caviló sobre la lejanía de su infancia que coincidía con la guerra que
pudo evitarse. Guerra que fue fomentada
y declarada por unos para que la pelearan los más. Muchachos como él…¿Qué edad tenía en ese
preciso instante? ¿Quién era? Definitivamente no era Gabino Sotero, quien murió
en los campos de batalla franceses en 1918, se lo había asegurado Isabel, la
que decía ser su madre, y la propia viuda de Sotero, cuya casita se encontraba
en la cima de la loma que está en el camino a… en la que vivía junto con su
hija con la pensión del gobierno federal desde hacía diez años. Era 1928, vivía en Eagle Pass pueblo texano
con sus padres en esa modesta casa rentada, un…porche, vagas y múltiples
imágenes, un gallinero, un cuartito con tina de lámina galvanizada, una caseta con
fosa séptica, un taller mecánico. Intentó
varias veces detectar detalles, pero en vano, las imágenes se le movían y
desaparecían sin que pudiera evitarlo.
Le gustó el cielo raso ahora sosegado, y saber que su catre era uno de
los tres que se compraron al ejército al finalizar la Primera Guerra Mundial. Conforme
fue cotejando, corroborando, sonriendo, se fue…durmiendo. La pregunta fundamental que venía evitando
fuese quien fuese, viviese donde viviese era qué hacía tirado en ese catre y
por qué no se movía, y recorría la casa a su antojo. ¿Estaba herido? ¿Enfermo? ¿Desde cuándo?
Dio
de manotazos, más que brazadas, contra el agua tratando de alcanzar a Federico
que…¡No sabía nadar! Lo veía desaparecer en la corriente y él no podía
acercársele…quería pero no podía, algo se lo impedía, algo…, lo abrazó la
oscuridad toda.
Esa
madrugada Beatrice Slaughter despertó a Bart quien dormía en el porche
metiéndosele entre las cobijas «Bart, te tengo dos sorpresas para hoy, la
primera es que conseguí cinco muchachos de los pozos petroleros que firmarán
las cartas contra la ejecución de Sacco y Vanzetti; la segunda te la entrego
sólo si me llevas al día de campo que organizaron tus hermanas para hoy» Estaba
a punto de adelantarle algo de la sorpresa, y Bart de responderle, cuando Rosa
la sacó a la fuerza «Yo sólo trataba de despertarlo.» dijo haciéndose la
mustia.
«
¿Cuál día de campo? ¿Quiénes van? Yo tengo que seguir convenciendo gente para
que contribuya con las estampillas postales para Massachusetts y Washington»
«Tus hermanas y primas lo organizaron, invitaron a los hermanos González Rosas,
Federico y Celso, convencieron a tu mamá al decirle que también iban Miss
Hester, la maestra de quinto año a quien la acompañaban Mr. Williams, su novio,
y la pareja de amigos Miss Lovelace con Mr. Simmons » Cuando Bart le expresó su asombro puesto que
Federico y Celso, así como Ernestina y Cecilia estaban comprometidas con él
para solicitar apoyo, sólo recibió un guiño malicioso de parte de Bety.
La
cita era, justo, en la esquina sur-poniente formada por la calle Sheridan y la
Calle Ceylan, a la sombra del enorme mezquite.
Llegaron a la desvencijada puerta de la cerca que trunca la calle James
Madison, y de aquí se desviaron al poniente hasta la Thomas Jefferson, también
truncada por las barracas de los ilegales y siguieron; pasaron la tupida
mezquitosa que se extendía por el lado del jardín derecho del diamante de
béisbol. La comitiva continuó por la orilla de los riachuelos de aguas broncas
afluentes del profundo arroyo El Callao.
Llegaron
a la vereda que zigzagueaba entre carrizales y jarales compuesta de tres enormes escalones por donde
las vacas lecheras del viejo Rosendo gustaban cruzar el arroyo, tomando
posesión de terrenos del viejo Robert Browning del Condado Maverick. Este par discutía por todo, terminando
siempre medio borrachos contándose sus respectivas desgracias. Hacía muy poco
que los encontraron a punto de morir con quemaduras horrendas causadas por
tequila y whiskey, se sabía que este acto criminal fue causado por cobardes del
KKK, quienes odiaban además de los negros a los grasientos mexican, y a los que
cofraternizaban con ellos los White thrash, la porquería blanca. Al pie del último ‘escalón’ se encontraba una
laguna mucho más larga que ancha cuya agua presentaba una suave corriente. Más
adelante aparecía una extensión de tierra, especie de isleta larguísima de unos
cuarenta metros de ancho que daba paso a la corriente principal.
Bety
se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones
donde extender el petate y colocar sobre éste el mantel. Una vez instalados Bart se dispuso a tenderse
al sol, cuando escuchó «¡Se está ahogando! ¡Auxilio!» corrió hacia abajo donde
empezaba la corriente, sacaban el cuerpo de un muchacho cuya parte de la cara y
la cabeza habían sido destrozadas por las rocas. Dejó de ir al río por mucho tiempo.
Rosa se adelantó corriendo para apartar un
buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y colocar
sobre éste el mantel. Una vez instalados
Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchó junto a él, el saludo de Miss
Hester dirigido a todos, e inmediatamente después «Bart, Mister Williams desea
platicar contigo, si tú estuvieses de acuerdo» No acababa Bart de girar para
quedar boca arriba y ser deslumbrado por los rayos solares que rodeaban las
sombras de su exmaestra y Mister Williams a quien seguiría sin conocerle la
cara, cuando la voz de éste se escuchó «Bart, te sugiero que abandones la tarea
inútil de enviar cartas ridículas al Gobierno de Massachusetts, como habías
abandonado la costumbre de venir al arrollo»
Bety se adelantó corriendo para apartar un
buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y la gruesa
cobija de lana, y hacer el amor sin testigos dominicales. Bart se dejaba llevar por el deseo sexual
disminuido tan sólo por el recuerdo de la sugerencia de Mister Williams dos
días antes. Una vez instalados y
encuerados Bety y Bart retozaban al sol, cuando escucharon junto a ellos la voz
de Miss Hester «Bart, Mister Williams desea lo acompañes a la orilla del
arroyo, mientras que yo le garantizo a tu White thrash Little whore que no le
rebanaré el cuello si se queda quietecita» No acababa Bart de abrir los ojos
cuando lo tomaron de los cabellos arrastrándolo fuera de los muslos de
Bety. Mister Williams se lo llevó más
allá de la isleta a base de golpes brutales en todo el cuerpo. Finalmente le soltó la cabellera y le gritó
«Eres un imbécil Bart, como todos los grasientos mexicanos, quiero que veas
cómo muere uno de los que te siguieron en tus estupideces, que lo veas antes de
que tú mismo te vayas al infierno. Nuestra patriótica acción la hacemos en
nombre de los verdaderos ciudadanos blancos anglosajones a quienes queremos
librar de ratas negras, amarillas, o prietas que infestan este hermoso
país.» Williams dando un giro soltó la
cabellera de Bartolomé quien fue a clavarse en el agua, no muy lejos del centro
de la corriente donde dos personas jalaban arrollo abajo, cada una, un talón de
Federico. «No sé nadar» fue lo último
que éste gritó dado que fue jalado hacia abajo, obligando al muchacho a tragar
y tragar más líquido. Con su propia
carga a cuestas Bart nadó lo más rápido que pudo, sintió que lo jalaban hacia
el fondo, tomaba aire y alcanzaba a salir un poco, veía el pelo de Federico
como una planta flotante y cuyos brazos danzaban grotescamente y él no lo alcanzaría
nunca, porque él mismo se estaba ahogando, se abandonó al jalón de su asesino,
tanto que el esbirro tuvo que soltarlo para salvarse a su vez. Cerrando los ojos vio su enredadera, cerrando
los ojos se aferró a ella nadando hacia el fondo, nadó y nadó hacia la
oscuridad.
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