lunes, 23 de enero de 2012

V EN UN ABRIR Y CERRAR DE...


Pataleó y pataleó. Todavía con la mitad del aire en sus pulmones Bart emergió lo suficiente para ver hundirse la mata de pelo entre los brazos crispados de Federico.  Éste se hundía más lentamente de lo que avanzaba la corriente, Bart sintió, junto a la desesperación, que de espectador se trocaba en observado, y las, un segundo antes, cristalinas aguas del arroyo lo cegaron con una turbidez viscosa y pesada.
La sensación de los lengüetazos de la Fanny sobre su cara lo despertó.  Yacía, lo supo, sobre su catre de hierro.  Al abrir los ojos miró un cielo raso, ajeno, desconocido para él.  Los cerró.  Se tranquilizó al escuchar el canto de los canarios muy cerca de sus oídos, adivinó la enredadera del porche de la casa en Eagle Pass.  Los volvió a abrir sólo para sentir que aquellas vigas se precipitaban sobre él.  Para escapar Bart los cerró de nuevo. 
Los peligros del mundo de los ojos abiertos desaparecían al cerrarlos.  Probó abrirlos tapando la visión con las cobijas.  Penumbra verdosa, verdosa. Manchas negruzcas.  Fue alejando la frazada para enfocar mejor las manchas.  Leyó U.S.A. ARMY.
Le era insoportable estar sin combatir a las tropas del Kaiser.  No recordaba haber sido herido, ni si habían llegado ya a las trincheras enemigas cercanas a la ciudad de Nancy, ni si las habían tomado o los habían derrotado. Él y todos sus compañeros de la Primera División de Infantería, eran los mejor entrenados Doughboys de todas las Fuerzas Expedicionarias Americanas desde que desembarcaron en Bordeaux.  Pero no recordaba haber participado en alguna de estas acciones.  Lo que le carcomía el alma era la muy tardía participación de los Estados Unidos en una guerra desatada tres años antes.  El sentimiento de rechazo profundo lo extendió hacía la guerra misma, hacia las guerras todas. 
El beso húmedo lleno de ternura y pasión duró una eternidad en la que nunca acabó de abrir los ojos, aquella mujer al principio todo aroma y respiración vital, le dejó ver sus bellísimos ojos verdes acompañados de mejillas sonrosadas, frente amplia, y aquella nariz que completaba el beso aspirando ansiosa como queriendo robarle el alma o librarlo del éter emponzoñado.  La cabeza se retiró un poco, giró para gritar « ¡Isabel! ¡Ven, Isabel!»   A unos metros, escuchó que la mujer llamada Isabel replicaba  « ¿Ya te reconoció, Rosa? », «A mí, no estoy segura, pero a la Fanny sí.» Contestó Rosa pensando que el beso aceptablemente retribuido no garantizaba reconocimiento alguno.
« ¿Bart? ¡Bartolomé, soy tu madre! ¡Háblame!» Le susurró la mujer llamada Isabel, y que decía ser su madre.  Mientras su mente aceptaba llamarse Bartolomé, sin dificultad sabía que Bartolomé Vanzetti, y Nicola Sacco llevaban años en la cárcel del Commonwealth de Massachusetts injustamente acusados de asesinato, chivos expiatorios ideales por su pobreza y condición de inmigrantes repudiados por el sistema.  Todo el mundo los apoya.  Los clubes anarcosindicalistas, o los obreros, sindicalizados o no, las agrupaciones religiosas, la gente de bien, los estudiantes, los empleados, amas de casa.  Sandalio, su tío, narraba una y otra vez cómo los apresaron y fabricaron el juicio más puerco e injusto de que se tuviese memoria en Massachusetts y en la Unión Americana en todo el siglo XIX y en lo que va del XX.  Que ya es un decir, si nos vamos a todas la marrullerías que se vinieron realizando año con año desde principios de siglo en contra de las huelgas obreras de los gremios que se nos ocurran, de las diversas hermandades libertarias, y de sindicatos agrupados en la IWW.  Estos pensamientos se le amontonaban en la cabeza, por momentos creía ser el mismo Vanzetti, otros ser víctima directa de aquellas criminales campañas pro-belicistas, y aún ya declarada la guerra los primeros días de abril de 1917, en Tulsa, Oklahoma, chusma pagada por chusma enriquecida desangró a latigazos a diecisiete o veinte trabajadores petroleros usando los famosos látigos blacksnakes, esas víboras negras de seis a doce pies de largo, los cuales pueden romper la barrera del sonido cuando la punta flagela el aire en lugar de la piel humana.  En las primeras noches de invierno a sus siete años Sandalio, el magonista, le explicó por qué cierto tipo de gente de Arizona era lo peor de lo peor, haciendo referencia a lo que cinco meses antes, en julio de 1917, había sucedido en la población de Bisbee, Arizona.  Vigilantes armados secuestraron a 2000 huelguistas de las minas de cobre, los sacaron de sus camas y en camiones para ganado los transportaron al desierto donde los abandonaron sin alimentos ni agua.
El muchacho caviló sobre la lejanía de su infancia que coincidía con la guerra que pudo evitarse.  Guerra que fue fomentada y declarada por unos para que la pelearan los más.  Muchachos como él…¿Qué edad tenía en ese preciso instante? ¿Quién era? Definitivamente no era Gabino Sotero, quien murió en los campos de batalla franceses en 1918, se lo había asegurado Isabel, la que decía ser su madre, y la propia viuda de Sotero, cuya casita se encontraba en la cima de la loma que está en el camino a… en la que vivía junto con su hija con la pensión del gobierno federal desde hacía diez años.  Era 1928, vivía en Eagle Pass pueblo texano con sus padres en esa modesta casa rentada, un…porche, vagas y múltiples imágenes, un gallinero, un cuartito con tina de lámina galvanizada, una caseta con fosa séptica, un taller mecánico.  Intentó varias veces detectar detalles, pero en vano, las imágenes se le movían y desaparecían sin que pudiera evitarlo.    Le gustó el cielo raso ahora sosegado, y saber que su catre era uno de los tres que se compraron al ejército al finalizar la Primera Guerra Mundial. Conforme fue cotejando, corroborando, sonriendo, se fue…durmiendo.  La pregunta fundamental que venía evitando fuese quien fuese, viviese donde viviese era qué hacía tirado en ese catre y por qué no se movía, y recorría la casa a su antojo.  ¿Estaba herido? ¿Enfermo? ¿Desde cuándo?
Dio de manotazos, más que brazadas, contra el agua tratando de alcanzar a Federico que…¡No sabía nadar! Lo veía desaparecer en la corriente y él no podía acercársele…quería pero no podía, algo se lo impedía, algo…, lo abrazó la oscuridad toda.
Esa madrugada Beatrice Slaughter despertó a Bart quien dormía en el porche metiéndosele entre las cobijas «Bart, te tengo dos sorpresas para hoy, la primera es que conseguí cinco muchachos de los pozos petroleros que firmarán las cartas contra la ejecución de Sacco y Vanzetti; la segunda te la entrego sólo si me llevas al día de campo que organizaron tus hermanas para hoy» Estaba a punto de adelantarle algo de la sorpresa, y Bart de responderle, cuando Rosa la sacó a la fuerza «Yo sólo trataba de despertarlo.» dijo haciéndose la mustia.
« ¿Cuál día de campo? ¿Quiénes van? Yo tengo que seguir convenciendo gente para que contribuya con las estampillas postales para Massachusetts y Washington» «Tus hermanas y primas lo organizaron, invitaron a los hermanos González Rosas, Federico y Celso, convencieron a tu mamá al decirle que también iban Miss Hester, la maestra de quinto año a quien la acompañaban Mr. Williams, su novio, y la pareja de amigos Miss Lovelace con Mr. Simmons »  Cuando Bart le expresó su asombro puesto que Federico y Celso, así como Ernestina y Cecilia estaban comprometidas con él para solicitar apoyo, sólo recibió un guiño malicioso de parte de Bety.
La cita era, justo, en la esquina sur-poniente formada por la calle Sheridan y la Calle Ceylan, a la sombra del enorme mezquite.  Llegaron a la desvencijada puerta de la cerca que trunca la calle James Madison, y de aquí se desviaron al poniente hasta la Thomas Jefferson, también truncada por las barracas de los ilegales y siguieron; pasaron la tupida mezquitosa que se extendía por el lado del jardín derecho del diamante de béisbol. La comitiva continuó por la orilla de los riachuelos de aguas broncas afluentes del profundo arroyo El Callao.
Llegaron a la vereda que zigzagueaba entre carrizales y jarales  compuesta de tres enormes escalones por donde las vacas lecheras del viejo Rosendo gustaban cruzar el arroyo, tomando posesión de terrenos del viejo Robert Browning del Condado Maverick.  Este par discutía por todo, terminando siempre medio borrachos contándose sus respectivas desgracias. Hacía muy poco que los encontraron a punto de morir con quemaduras horrendas causadas por tequila y whiskey, se sabía que este acto criminal fue causado por cobardes del KKK, quienes odiaban además de los negros a los grasientos mexican, y a los que cofraternizaban con ellos los White thrash, la porquería blanca.  Al pie del último ‘escalón’ se encontraba una laguna mucho más larga que ancha cuya agua presentaba una suave corriente. Más adelante aparecía una extensión de tierra, especie de isleta larguísima de unos cuarenta metros de ancho que daba paso a la corriente principal.
Bety se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y colocar sobre éste el mantel.  Una vez instalados Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchó «¡Se está ahogando! ¡Auxilio!» corrió hacia abajo donde empezaba la corriente, sacaban el cuerpo de un muchacho cuya parte de la cara y la cabeza habían sido destrozadas por las rocas.  Dejó de ir al río por mucho tiempo.
  Rosa se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y colocar sobre éste el mantel.  Una vez instalados Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchó junto a él, el saludo de Miss Hester dirigido a todos, e inmediatamente después «Bart, Mister Williams desea platicar contigo, si tú estuvieses de acuerdo» No acababa Bart de girar para quedar boca arriba y ser deslumbrado por los rayos solares que rodeaban las sombras de su exmaestra y Mister Williams a quien seguiría sin conocerle la cara, cuando la voz de éste se escuchó «Bart, te sugiero que abandones la tarea inútil de enviar cartas ridículas al Gobierno de Massachusetts, como habías abandonado la costumbre de venir al arrollo»
 Bety se adelantó corriendo para apartar un buen lugar entre varios sauces llorones donde extender el petate y la gruesa cobija de lana, y hacer el amor sin testigos dominicales.  Bart se dejaba llevar por el deseo sexual disminuido tan sólo por el recuerdo de la sugerencia de Mister Williams dos días antes.  Una vez instalados y encuerados Bety y Bart retozaban al sol, cuando escucharon junto a ellos la voz de Miss Hester «Bart, Mister Williams desea lo acompañes a la orilla del arroyo, mientras que yo le garantizo a tu White thrash Little whore que no le rebanaré el cuello si se queda quietecita» No acababa Bart de abrir los ojos cuando lo tomaron de los cabellos arrastrándolo fuera de los muslos de Bety.  Mister Williams se lo llevó más allá de la isleta a base de golpes brutales en todo el cuerpo.  Finalmente le soltó la cabellera y le gritó «Eres un imbécil Bart, como todos los grasientos mexicanos, quiero que veas cómo muere uno de los que te siguieron en tus estupideces, que lo veas antes de que tú mismo te vayas al infierno. Nuestra patriótica acción la hacemos en nombre de los verdaderos ciudadanos blancos anglosajones a quienes queremos librar de ratas negras, amarillas, o prietas que infestan este hermoso país.»  Williams dando un giro soltó la cabellera de Bartolomé quien fue a clavarse en el agua, no muy lejos del centro de la corriente donde dos personas jalaban arrollo abajo, cada una, un talón de Federico.  «No sé nadar» fue lo último que éste gritó dado que fue jalado hacia abajo, obligando al muchacho a tragar y tragar más líquido.  Con su propia carga a cuestas Bart nadó lo más rápido que pudo, sintió que lo jalaban hacia el fondo, tomaba aire y alcanzaba a salir un poco, veía el pelo de Federico como una planta flotante y cuyos brazos danzaban grotescamente y él no lo alcanzaría nunca, porque él mismo se estaba ahogando, se abandonó al jalón de su asesino, tanto que el esbirro tuvo que soltarlo para salvarse a su vez.  Cerrando los ojos vio su enredadera, cerrando los ojos se aferró a ella nadando hacia el fondo, nadó y nadó hacia la oscuridad.    

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