lunes, 23 de enero de 2012

IV BEBIDAS PARA LA MESA DOS


A Paco
A los que hacen panchos sobre su Villa


Pude haberlo seguido, y no lo seguí.  En El Paso, Texas me topé de frente con el mexicano cuyas acciones empezaban a ser revolucionarias.  Era 1911. Desde entonces no dejó de hacerlas, y eran más revolucionarias entre más las hacía a su manera.  Y menos paró de hacerlas hasta que le llenaron el cuerpo de balazos en 1923.  Sólo así se apaciguó, como querían que se apaciguara.  
Supe que él no discriminaba a la gente por el color o el hedor de su piel.  Gracias a mi padre entiendo lo que está detrás del desprecio a los pobres y a los diferentes.  Aunque lo entiendo me afecta profundamente.     
Aún conservo la transcripción en ideogramas chinos que hizo de un artículo que en mayo del año cristiano de mil ochocientos setenta apareció en The Galaxy de San Francisco.  Habla sobre el odio hacia los inmigrantes asiáticos que de manera perversa los poderosos fomentaban en la población, no sólo de California sino de toda la Unión Americana.  Conocer pocos ideogramas aumentó mis dudas, lo que me hizo releer, y discutir mucho.  Ya dominaba la mayor parte del artículo y todavía se me escapaba la razón por la cual el autor Mark Twain lo había titulado Lamentable persecución de un niño.  El señor Twain reprocha al Commonwealth de California el encarcelamiento de un niño que arrojó piedras a Chinamen mientras paseaban.  La argumentación es impecable.  El muchacho de clase acomodada posee, sin duda, una muy buena educación enriquecida aún más con la asidua asistencia a la escuela dominical. Éste sólo siguió lo que las instituciones y los ciudadanos le habían estado enseñando cotidianamente. 
La enfermedad que orilla a que alguien odie lo extraño, lo diferente, lo supuestamente amenazante, es muy contagiosa.  El forastero que llega en harapos al pueblo ofende no sólo al hacendado sino a las familias comunes.  El contagiado revisará el color de la piel, la religión practicada, la lejanía del país de procedencia, el padecimiento de alguna otra enfermedad amenazante o insultante como la locura.  A veces basta, tan sólo, con percibir variaciones al pronunciar palabras, ya no digamos que el forastero no sepa leer o escribir el idioma lugareño.  El contagio salta no sólo de un individuo a otro de la misma condición sino como la pulga salta al mapache, y de éste a la rata.  Son racistas los ingleses, los alemanes, los polacos, los italianos, los cristianos, los católicos romanos, los mexicanos.  Lo son todos ellos contra los chinos.  Yo soy chino.  Gracias al odio y desprecio hacia mi amarillenta piel, mi voz, mirada, cultura y pobreza profundas hemos recorrido medio mundo. Lo he hecho sin dejar de alimentar el mío contra ellos.  Pensaba en un verdadero hogar para establecernos.  El Tao nos llevó al más arrinconado de los rincones de Texas. 
El Paso vivía el primer día del año mil novecientos seis.  Serían las tres o las cuatro de la tarde cuando me despierta la hermosa voz de mi hermana Tzin.  Vuelve a lanzarme, no palabras, sino vivas imágenes en la lengua de nuestra madre.  Supe que nos rodeaban varias pupilas y devotos de la casa de Mamá Grande, burdel cercano a la calle San Antonio. 
Tan sólo un día antes vagábamos en compañía de Sandalio, el mexicano, eterno aprendiz de ferrocarrilero, y de Rosalío, el indio kikapoo, los cuatro muertos de hambre y seguros de que no veríamos el año nuevo.  Sandalio al ver que íbamos junto a las vías férreas susurró una invitación a echarnos a dormir, «tal vez alguno sobreviva» dijo. 
Entre sueños vi que unos borrachos nos esculcaban, vi a Rosalío quebrarle el cuello a uno de ellos, mientras los demás lo apuñalaban decenas de veces.  No supe lo que sucedió con Sandalio.  En mi pavorosa visión sólo adiviné los movimientos para levantar y cargar a Tsing, lo mismo pasó conmigo. 
Si nos estaban rescatando de la muerte o secuestrando no me quedó claro ni siquiera cuando ya dentro de la casa los borrachos entregaron su botín a unas párvulas quienes nos bañaron, perfumaron, y adornaron con sutiles velos lo que al parecer formaba parte de la compleja orgía planeada para celebrar el advenimiento del año. 
Ya despierto del todo percibí cómo afloraba, en algunos de los presentes, el desprecio y repudio hacia nuestra raza maldita, cuando Tsing mostrando gran arrogancia les aclaró que su ‘esposo’, Yeung Chung Lee, era un cocinero imperial, con experiencia adquirida en las cocinas del Imperio Británico, así como en las del Imperio de Francisco José.  En un viaje especial ordenado por éste, durante la travesía de San Francisco a Nueva York, en el Estado de Wisconsin el tren fue asaltado.  Con gran habilidad enriqueció la anécdota sobre lo que les hicieron, y lo que dejaron de hacerles, a las mujeres y jovencitos austriacos.  Los tenía tan deleitados que no repararon en la falta de detalles cuando relató que los asaltantes eran tan ignorantes que a nosotros nos dejaron ir por no querer tener nada que ver con gente de nuestra raza. 
La enorme y apacible figura de Mamá Grande refrendaba con su sonrisa todo lo que mi honorable hermanita decía, lo que terminó por controlar los bajos instintos de aquellos personajes de lamentable semblante gris verdoso, quienes buscaron la manera de no ser excluidos.  La turbia mirada de uno de ellos se posó en mi sombrero de fantasía y empezó a repetir mi nombre Lee, Lee, ¡General Lee! el apodo saltó de varios puntos de la sala. 
El asombro que la voluptuosa belleza de Tsing causaba en todos se convertía en encantamiento.  La protección inicial que nos brindaban varias de las señoritas de la casa se reforzó con la evidente aceptación de parte de la venerable Mamá Grande.  El aturdimiento causado por una implacable cruda largamente pospuesta que sufrían unos.  Todo esto amalgamado nos salvó de ser arrojados a las calles de una ciudad que no aceptaba a los chinos. 
Pasados los primeros minutos de la improvisada reunión dieron paso a los negocios.  En efecto, Mamá grande manifestó su interés por que Tsing  enriqueciera el parvulario.  Esta orden, dado que no pidió la aceptación de mi hermanita, fue fuertemente secundada por Iván, un ruso, que sin quitarle los ojos de encima a Tsing se declaraba amante de los exóticos platillos orientales.  Manifestó ansioso su incontrolado deseo de ser el protector, y por ende, ganador de los máximos derechos sobre el cuerpo y espíritu de la niña, siempre y cuando no ofendiera los sentimientos de la dueña de casa.  Su arriesgado cálculo se basaba en que yo fuese el nuevo manjar que se le antojaba a la Mamá.  Lo de cocinero del burdel todos lo aprobaban.  Confirmé que esta era la pareja que había probado, casi de manera exclusiva, una y otra vez, nuestros jugos y juegos amorosos.  
En realidad, mis conocimientos culinarios siempre estuvieron profundamente influenciados por el Tao, pero como ya había aprendido desde que cociné para los hermanos William y James Horlick, allá en Racine, Wisconsin, mentir retribuía y no despertaba sospechas.  La simpleza de los yanquis asociaba desequilibrio con el florecimiento armonioso aunque de ímpetu siempre creciente del Ying y el Yang.  La no-verdad conlleva algo de realidad, así como ésta siempre va impregnada de falsedad.  Desde el primer momento de mostrar nuestras habilidades amatorias entre Tsing y yo, se redujeron al mínimo las violaciones sufridas antes de perder la conciencia. Mentimos a la Mamá Grande y a todos al afirmar que Tsing y yo éramos marido y mujer por la religión católica romana, mentimos sobre mis servicios culinarios prestados a dos imperios.  La mentira retribuyó trabajo asalariado para los dos.  Tsing, de aprendiz de Puta, y Yo de pinche de cocina.  La verdad que ocultamos como sólo los chinos la sabemos ocultar, nos llevó a ser introductores a secretos prácticos y lucrativos en ambas profesiones.
Mi hermanita pudo comprobar que, en efecto, Iván Karsilov había degustado deliciosos y excitantes platillos pekineses en su Petrogrado natal.  Apoyaba con sinceridad que yo me encargara de la cocina del burdel, y la ardiente pasión que ella le provocaba era más que evidente.  Daba gracias al cielo por sus caricias que alejaban la nostalgia por la madre Rusia.  Había huido a mediados de 1905 de la cascada de huelgas obreras sinfín, contaba que si bien al final del año el zar las destruyó, no pensaba regresar puesto que rechazaba las políticas egoístas del estado zarista para exprimir a los industriales de su propia clase con impuestos que impedían el desarrollo del país.  Y volvía a la cantaleta de que en Londres y en Nueva York había probado toda suerte de platillos chinos, salvo el que degustaba ahora a todas horas. 
El hostigamiento que mi hermanita sufría impulsó desde nuestro cautiverio voluntario la determinación para encontrar a Sandalio.  Veníamos de Wisconsin, y ambos, sin conocerlo, lo buscábamos, y lo encontramos, en el corazón de Texas.  Ellos, Rosalío y Sandalio, apenas llevaban dos días con el sol en la espalda desde que salieron de Eagle Pass, algo les gustaba de las fronteras geográficas y raciales, cuando una madrugada a lo lejos los divisamos a ellos, a los caballos, y a su recién encendida fogata.
Con profunda desconfianza los espiamos durante su desayuno buscando en sus gestos la señal para huir o para acercarnos.  Ésta resultó ser el aullido de dolor cuando el café le quemó la mano, y para que no me quedara duda, acompañó el aullido con un insulto a la madre del inventor porfirista de una cafetera para fogatas antiderrames.  Ya estaba su compañero atendiéndole la quemadura cuando nos acercamos a la pareja mostrando Tsing el ungüento que proponíamos aceptasen como parte del tratamiento inicial. 
El que primero comprendió nuestro inglés y nuestros nombres fue el indio kikapoo, quien dijo llamarse Rosalío, que era un nombre español.  La presencia y el contacto que el mexicano tuvo con mi hermanita marcaron a Sandalio de por vida.  Cuando quiso pagarnos, le aclaré que el pago era muy alto, que ninguna cantidad de monedas podría cubrirlo.  Tsing, sin dejar de sonreírle, dijo que algo de comer cubriría la mitad del pago, pues la otra mitad era que nos aceptaran como compañeros de viaje a donde fuese su destino.
Acordamos que Sandalio fingiría ser nuestro patrón, esto último en caso de que algún ser humano se cruzase en nuestro camino.  El trato se cerró cuando quedó establecido que sería Tsing quien lo acompañaría en ancas.
Como mi hermanita se enamoró de Sandalio, yo no me enamoré nunca; a Mamá Grande le agradecí me protegiese, más tarde mis sentimientos hacia ella fueron más tiernos, pero nunca pasionales, y terminó en buena amistad.
Una vez se me acercó traviesa, como una hermosa ardilla madura, agitando su pelirroja y esponjada cola:                 
-¿Sabías, General Lee, que las putas leemos mucho? Leyendo puedo viajar a maravillosos países, vivir otras vidas posibles, enterarme de los crímenes más horrendos.
-¿De veras, Mamita? ¿Has leído al señor Twain?
-¿Twain, el escritor chino? ¡Claro que he leído a Mark Twain! Por ahí de 1901 Marilou, la cascabel, nos mostró lo que escribió el bigotón de Mark Twain sobre lo que pasaba en China con las escandalosas indemnizaciones en dinero y en enormes extensiones de terreno que varios países occidentales le cobraban al Imperio chino por los asesinatos cometidos por la sociedad secreta de los Puños Armoniosos y Justos, o Boxers.  Todo ese año estuvo lleno de noticias espantosas en relación a la guerra en China.  El Sun de Nueva York sacó varias noticias. Pero tú sabes de eso mejor que nosotras ¿No?
-Sí, pero dime ¿Guardas el artículo del señor Twain?
-Bromeas, ¿Quién guardaría no cinco años, un mes un diario? -  No me atreví a contestar.  Preferí sumirme en pensamientos que oscilaban entre alejarme del mundo, o hacer algo que justificara, de una vez por todas, el odio que éste nos tenía.     
Dada la simpleza de la dieta acostumbrada por la gente de aquellos desiertos, bastaron las recetas de cinco o seis platillos de Pekin y de Shangai para ser durante años un éxito en las alcobas.  Cierto que el descontento que ya crecía lo maté incorporando al menú dos de los platillos más picantes de la cocina Guizhou.  A los clientes de la Cascabel, la Seisseguidos, y la Quickeslouly que lo podían pagar se incluían en sus charolas tarjetitas con sugerencias de cómo incorporar los guisos a juegos amorosos.  Todo el mundo feliz, hasta que un buen día un muchachito que lavaba platos me preguntó con lágrimas en los ojos qué debía hacer con los vasos rotos que no eran nuestros.  Siguiendo el hilito sedoso llegué al gusano.  Eran meses que a las charolas para servicio a las alcobas se les incorporaba batidos de leche que nos llegaban de los establecimientos donde Iván era socio.  ¡Había olvidado que el postre también debe variarse!
Empecé por estudiar los batidos de leche que el ruso ofrecía buscando reproducirlos y mejorarlos de alguna manera.  Me pasé tardes enteras profundizando en las recetas, hasta que un buen día se me vino a la mente los polvos para enriquecer el alimento infantil que habían patentado los Horlick.  Al principio lo deseché por considerarla una idea distractora.  Pero, me dije ¿Y si funciona? La interrogante me atormentaba.  Mataría al espíritu haciendo las pruebas de inmediato.  Para no realizar experimentos en exceso debería consultar tanto mis anotaciones como la transcripción de la patente registrada por Willy Horlick.  Hacía años que no revisaba mis bolsas de viaje salvo para releer al señor Twain, lo demás supuse que seguía igual de intocado.  Supuse mal.  Resultó que mi enamorada hermanita le había entregado a Sandalio las bolsitas de Wei C’hi para que las tratara de vender en Arizona, y así hacerse de un poco de dinero.           
Mientras Sandalio no apareciera yo no tendría la patente, la cual es la receta… ¡Receta! ¡Vaya simpleza! Decidí no esperar hasta que Sandalio apareciese, cuantimás si andaba jugándose la vida contra la dictadura porfiriana, al tiempo que aprendía el oficio de maquinista.  Me puse de inmediato a trabajar aplicando lo aprendido con James; recordaba que a la indigesta leche de vaca se le agrega cebada un poco podrida para que endulce, y… bueno también algo de harina de trigo para dar cuerpo, y si quiere uno le evapora el agua.  ¡Y se vende! Willy lo vendía para los inválidos, y a los párvulos que están más inválidos que aquellos.
Jugué horas en la cocina sin abandonar la idea fija de superar los batidos de leche que todos conocían.  Fueron apareciendo en mi mente fragmentos de lo que declaraba oficialmente la patente de 1883 que mi patrón William Horlick posteriormente comercializó como enriquecedor alimenticio con el ridículo nombre de Diastoid.  Recordé la frase: …Este invento tiene por objeto, primero, proveer un alimento altamente nutritivo no harinoso para infantes e inválidos mediante la combinación de partes nutritivas de los cereales con leche; y, en segundo lugar, librar a tal alimento de su tendencia a agriarse sin importar el clima o estado de la atmósfera a la que pueda exponerse, y ser de tal naturaleza que se disuelva fácilmente en agua.
Trabajé con esto durante días con resultados excelentes.  Pero dos cosas no acababan de gustarme.  Dado que me había robado la patente debía olvidarme de que el invento estaba protegido como propiedad privada.  La otra era que si el único uso era incorporar sabor peculiar a un batido de leche, la receta se encarecía mucho dada la calidad de malta requerida por el invento.  En definitiva, opté por usar cebada fermentada de mucho menor valor nutritivo.  De lo que se trataba era de perjudicar al zarista renegado.
Dado que las intenciones y el uso final eran otros lo que resultó fue otro invento.  Sólo que yo no perdí tiempo patentándolo, simplemente lo mantuve en secreto.  Me moví en la frontera entre lo profundamente oculto y lo universalmente conocido.  Más sutil que la seda, sólo El Tao.
A los que preguntaron primero les respondí que su paladar había descubierto, no otro batido de leche, sino el batido de leche… ¡malteada!  Pronto me iba a arrepentir de andar inventando nombres, pero mientras tanto ¡Manos a la obra! 
Primero obtuve la bebida básica; segundo un arcoíris de sabores y presentaciones; tercero se les distribuyó a ciertos clientes de la casa, sin variaciones, el tradicional batido de leche con huevos y whiskey que todos bebían para tonificarse, sólo se sustituyó una tercera parte de las bebidas rusas, o sea las que provenían de los negocios de Karsilov; cuarto tomamos nota de todo tipo de comentarios y actitudes de nuestros involuntarios colaboradores; quinto analizamos los resultados; sexto modificamos el plan original para avanzar hacia la meta.  
Las solicitudes de los helados y batidos de leche provenientes de fuera de la casa disminuyeron lenta pero inexorablemente, lo que resultó mejor que su cancelación abrupta.  Es más, coincidió con la aparición de pedidos externos, en particular del guiso de tripa y de sopa de rabo de buey para la hora del almuerzo.  Acabaría incluyendo los batidos de leche malteada.
Un buen día encontré sobre mi cama un costal que contenía las tres bolsas con todo lo necesario para jugar Wei Ch’i que Sandalio se había llevado para vender.  Con una primera mirada todo me pareció estar en orden.  En el fondo del costal encontré mis notas junto con la transcripción ahora ya innecesaria, aún así tuve que releerla: United States Patent Office / William Horlick, of Racine, Wisconsin/ Granulated food for infants and process of preparing the same / Specification forming part of Letters Patent No. 278,967, dated June 5, 1883 / Application filed March 9, 1882. (No specimens.)   De la emoción no entendí nada y recomencé saboreando cada línea  Oficina de Patentes de los Estados Unidos/ William Horlick, de Racine, Wisconsin/ Alimento granulado para infantes y proceso para prepararlo/ La especificación forma parte de los documentos oficiales de la patente número 278,967, fechada el 5 de junio de 1883. / Solicitud presentada el 9 de marzo de 1882. (No se presentaron muestras del producto)  Sentí un mareo delicioso. Para todo aquel que le pueda importar: / Sépase que Yo, William Horlick, de Racine, en el condado de Racine, y en el Estado de Wisconsin, he inventado ciertas, nuevas y útiles, Mejoras a la Manufactura de Alimento Preparado para Infantes e Inválidos; y declaro aquí que lo que sigue es una descripción completa, clara, exacta de ello.   Y así, una y otra vez…hasta que me desperté.
Revisé las bolsas, cada una contenía el par de saquitos de seda cruda, el blanco con piedrecillas color arena clara, el negro con similar cantidad de ellas pero muy oscuras finamente moteadas de blanco.  Adicional a éstos el manto, también de seda, doblado con delicadeza ocultaba el territorio mundial tan apetecido durante el juego.  En esos momentos lo que había hecho antes de abandonar a los Horlick me pareció una locura estúpida y desesperada.  El fino polvo de tierra que protegía la superficie de cada una de las piedrecillas la sustituí con partículas de la formulación patentada tan finas como aquél, las que obtuve moliendo las delgadas hojuelas cuatro y tres veces en el mortero.  ¡Qué locura! 
Con sólo volverlo a ver mi hermanita olvidó que Sandalio la había abandonado.  Hicieron el amor todo un día, el mexicano remató contándole mil vicisitudes enriquecidas con el por qué de la larga lucha de los liberales contra la dictadura porfirista, la que concibió como plan de desarrollo y realizó de manera sistemática el exterminio de los indios yaquis, y respaldó la matanza de los mayas allá en lo profundo del cuerno de la abundancia.  La plática me la eché dos veces pues antes de encontrarme con Tsing, ésta se lo había contado ya a la Quickeslouly, a la Beyond, y a Mamá Grande, quien a su vez me lo contó en cuanto pudo.  
-Lo que Sandalio no les ha contado es que su entregado y visionario líder, Anakreón, escribió un artículo periodístico a mediados de 1906, donde denunciaba la jugarreta de los capitalistas mexicanos para bajar los salarios de los trabajadores y jornaleros a niveles inauditos de explotación, jugarreta que incluyó el llamado a los paupérrimos del mundo a sustituir a los mexicanos, a cambio de salarios muy por debajo de lo que éstos podían aceptar.  En particular los chinos mostraron intención seria de inmigrar a México.  Anakreón denunció todo esto, aunque aderezándolo, ¡Escúchame bien! con epítetos de gran desprecio y repudio contra los chinos, comentarios que son ajenos a lo que se pudiera esperar de un luchador y pensador por el socialismo libertario.
  Me encerré todavía más en mi cocina para protegerme de la amenaza mexicana tan cercana a El Paso, y a mi corazón.
Poco después, a instancias de Tsing, Sandalio comentó que todos estábamos en proceso de aprendizaje, sujetos a grandes contradicciones, que nadie escapaba, ni siquiera los más revolucionarios entre los que el ferrocarrilero consideraba pertenecía Anakreón.  De ofendido me convirtió en ofensor al juzgarme egoísta por sentir que, los grandes crímenes y saqueos cometidos contra China por parte del mundo occidental, los cometieron contra mi persona, y no contra millones de chinos, junto a los cuales debería estar luchando en ese mismo momento.  Le di la razón, pero seguiría rumiando.        
Aunque El Paso daba cobijo a toda clase de personajes y permitía todo tipo de intercambios yo no me confiaba de nadie que no hubiera pasado por la Casa de Mamá Grande y tuvieran la aceptación de las párvulas, no se diga de mi venerable Tsing.  Algunos establecimientos empezaron a solicitarle a Mamá Grande porciones de algunos de mis platillos, y después también el batido de leche General Lee que salía de mi cocina.  La Beyond me comentó que un cliente suyo le pidió dos picheles lecheros llenos de batido de leche malteada con jarabe de fresa, y trozos de hielo.  Le confió que al jefe de la banda a la que pertenecía le gustaba mucho, que venía del norte de Texas donde se escondían desde hacía ocho meses de los rurales de Chihuahua que los buscaban por cuatreros.  La mayor porción de lo que mercaban eran las hojuelas secas de cebada fermentada con harina de trigo y leche. Pasaba el tiempo sin que se supiera de ellos, o de él, y de repente volvía a llegarme la solicitud de tres fondas distintas. Quise saber un poco más sobre el personaje, pero coincidió con su desaparición, según mis informantes, no sólo de los encargados de hacer las compras en El paso sino del grupito que visitaba Ciudad Juárez.  Y fue una desaparición definitiva, o por lo menos prolongada, lo suficiente como para olvidarme de ellos.  Con este tipo de detalles, mi amor odio por los mexicanos giraba de nuevo.          
Los dueños de los mejores hoteles y establecimientos elegantes entre los que se encontraba el Elite Confectionary quienes liderados por Iván me invitaron a ser socio en lo que concernía a bebidas de fantasía.  Acepté con la condición de tener la libertad de supervisar la calidad de los productos en cualquiera de las cocinas de la sociedad.  La ‘receta’ base y sus variantes jamás las compartiría.  
Pasaron más de tres años.  La prosperidad de la casa iba en aumento.  Todos los personajes famosos nos visitaban sin importar si venían de San Francisco, de Nueva York, o Ciudad Juárez, y muchos de ellos sin hacer escalas en ningún hotel, restaurant o fonda. 
Las insurrecciones, levantamientos, revoluciones mexicanas en contra de Porfirio Díaz eran bien conocidas en todo Texas, no en noviembre de 1910, sino desde hacía años, de las más recientes había sido la balacera en una casa llena de armas y dinamita en el barrio mexicano en 1908.  Lo que me hizo poner mayor atención es que en abril la Beyond me avisó que un jefe maderista había ordenado un pedido desde Ciudad Juárez para comprar dos de los tres batidos de leche que a partir de febrero de 1911 eran mi especialidad, el Mamá Grande; el Tsing-Tsing; y aunque se les ofreció el General Lee rechazaron la oferta.  Inferí que no les gustaba el nombre.  Esto coincidía con las noticias de lo que sucedía del otro lado del río.
Hasta mí llegaban informaciones tan contradictorias como la de que no había ninguna revolución, que la verdad era que los políticos mexicanos estaban negociando quién controlaba qué; o la de que los jefes militares rebeldes tomarían Ciudad Juárez le gustara o no a los políticos.  En la tarde del 25 de abril Mamá Grande nos leyó en El Paso Morning Times la carta de Francisco Madero relatando al mundo la historia personal del recién nombrado Coronel Villa.  No entendí bien lo que Sandalio explicó sobre que este nombramiento era a cambio de haber controlado militarmente a los indisciplinados magonistas dentro del ejército del gobierno provisional, y no lo entendí porque, mientras escuchaba a Mamá Grande, me pareció reconocer a mi misterioso cliente en el personaje de la carta de Madero.  Yo coincidí con éste acuñando mi propia frase: « Pancho Villa era un bandido que amaba la justicia como amaba los batidos de leche malteada.»
Ya fuese que en mayo Ciudad Juárez sería tomada pacíficamente, o a balazo limpio, se desataron los preparativos para observar desde las terrazas, azoteas, techos de vagones de ferrocarril lo que fuese observable.  Los preparativos, que se aceleraron desde el 5 de mayo, debían no sólo satisfacer la curiosidad morbosa sino la comodidad de saborearla sentados, y por qué no, tomándose un helado, o lo que el cuerpo les pidiese a los espectadores.  Todos coincidían en que el día 8 era el mero, mero, a pesar del revoltijo de opiniones.  Los jefes militares revolucionarios planearon algo para tener pruebas contundentes de no ser responsables ni de haber participado en lo que sucedió.  Un día antes, me tocó de cerca, llegaron a El Paso distintos grupitos de revolucionarios que se comportaron de manera distinta a lo esperado.  En vez de pasearse desordenadamente por aquí o por allá, dieron la clara impresión de obedecer órdenes; unos se acomodaron en hoteles desde el mediodía, y no salieron en dos días; varios cayeron con nosotros sin importarles que unos eran asiduos y otros casi célibes.  El mero día, desde muy temprano, dos calvos, y uno con la melena tan larga que podría hacerse una trenza como la mía, se instalaron en la peluquería; Tsing me comentó que dos fotógrafos andaban muy apurados para capturar una escena muy importante, cuya localización, instante de ocurrencia, o si ésta sería real o fingida, desconocían.
Medio El Paso especulaba. Yo le aposté a mi intuición. Me encontraba ya en la cocina del Elite Confectionary cuando me avisaron que los jefes revolucionarios estaban escogiendo mesa.  Si mi decisión no hubiera dado frutos, si dichos jefes hubieran preferido una cantina para realizar su reunión, me tenía sin cuidado, pues de todos ellos el que me interesaba era un mexicano muy especial, escurridizo y temible como los nacidos en el año del Tigre, no lo había visto nunca, y sin embargo lo reconocí de espaldas en el momento en que le ordenaba al mesero «un beisbol elite, o mejor tráigame dos»  El otro jefe revolucionario estaba un poco inquieto, parecía esperar algo o a alguien, sin ordenarle al mesero volteaba para un lado y para otro, así nuestros ojos se encontraron, y su cara no llegó a gustarme.  Esto no pasó desapercibido para El tigre quien, con mucha tranquilidad, dijo «A él tráigale otro igual, y si por ahí ve a algún fotógrafo que venga a sacarnos la foto.»
Ya en la cocina, me apresuré a preparar yo mismo la orden.  Sobre la charola el desconcertado mesero cargaba dos grandes vasos que rebosaban jarabe de chocolate sobre helado de vainilla, y un tercero con la hermosa bebida color fresa.  Antes de que saliera de la cocina opté por llevar la charola yo mismo.  Me acerqué a la mesa, coloqué un Elite base ball enfrente de cada jefe revolucionario, acto seguido puse el batido de leche malteada con fresas al alcance del Coronel Pancho Villa.  Su mirada buscó la mía para interrogarme en silencio.  «Obsequio de la casa para un conocedor»  « ¡Ah qué bárbaro, éste!» Y se llevó el vaso a los labios.  Se relamió el bigote mientras crecía la sonrisa.  «Mejor que el chin chin, ese,  ¿Cómo se llama?» preguntó gritando entusiasmado.  Me acerqué a él lo más que pude, y susurré «General Lee»  «General Lee ni que la fregada ¡No me gusta el nombre! ¡Váyase para que nos tomen la foto!» ordenó al tiempo que me hacía la seña de que me retirara.  El orgullo inicial fue opacado por lo que me pareció desprecio racial. Esperé refundido en la cocina, medité «Me iré, pero a China», pero esperé.  Se abrió la puerta de la cocina, y Sandalio, sonriendo, gritó «Mismas bebidas para la mesa dos».  A lo lejos, en mi país, me esperaban.  A lo lejos, en otro país, por el rumbo de Ciudad Juárez, se oían los balazos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario