A Paco
A los que hacen panchos sobre su Villa
Pude haberlo seguido, y no lo seguí.
En El Paso, Texas me topé de frente con el mexicano cuyas acciones
empezaban a ser revolucionarias. Era
1911. Desde entonces no dejó de hacerlas, y eran más revolucionarias entre más
las hacía a su manera. Y menos paró de
hacerlas hasta que le llenaron el cuerpo de balazos en 1923. Sólo así se apaciguó, como querían que se
apaciguara.
Supe que él no discriminaba a la gente por el color
o el hedor de su piel. Gracias a mi
padre entiendo lo que está detrás del desprecio a los pobres y a los
diferentes. Aunque lo entiendo me afecta
profundamente.
Aún conservo la transcripción en ideogramas chinos
que hizo de un artículo que en mayo del año cristiano de mil ochocientos
setenta apareció en The Galaxy de San
Francisco. Habla sobre el odio hacia los
inmigrantes asiáticos que de manera perversa los poderosos fomentaban en la
población, no sólo de California sino de toda la Unión Americana. Conocer pocos ideogramas aumentó mis dudas,
lo que me hizo releer, y discutir mucho.
Ya dominaba la mayor parte del artículo y todavía se me escapaba la
razón por la cual el autor Mark Twain lo había titulado Lamentable persecución de un niño.
El señor Twain reprocha al Commonwealth
de California el encarcelamiento de un niño que arrojó piedras a Chinamen mientras paseaban. La argumentación es impecable. El muchacho de clase acomodada posee, sin
duda, una muy buena educación enriquecida aún más con la asidua asistencia a la
escuela dominical. Éste sólo siguió lo que las instituciones y los ciudadanos
le habían estado enseñando cotidianamente.
La enfermedad que orilla a que alguien odie lo
extraño, lo diferente, lo supuestamente amenazante, es muy contagiosa. El forastero que llega en harapos al pueblo
ofende no sólo al hacendado sino a las familias comunes. El contagiado revisará el color de la piel,
la religión practicada, la lejanía del país de procedencia, el padecimiento de
alguna otra enfermedad amenazante o insultante como la locura. A veces basta, tan sólo, con percibir
variaciones al pronunciar palabras, ya no digamos que el forastero no sepa leer
o escribir el idioma lugareño. El
contagio salta no sólo de un individuo a otro de la misma condición sino como
la pulga salta al mapache, y de éste a la rata.
Son racistas los ingleses, los alemanes, los polacos, los italianos, los
cristianos, los católicos romanos, los mexicanos. Lo son todos ellos contra los chinos. Yo soy chino.
Gracias al odio y desprecio hacia mi amarillenta piel, mi voz, mirada,
cultura y pobreza profundas hemos recorrido medio mundo. Lo he hecho sin dejar
de alimentar el mío contra ellos.
Pensaba en un verdadero hogar para establecernos. El Tao
nos llevó al más arrinconado de los rincones de Texas.
El Paso vivía el primer día del año mil novecientos
seis. Serían las tres o las cuatro de la
tarde cuando me despierta la hermosa voz de mi hermana Tzin. Vuelve a lanzarme, no palabras, sino vivas
imágenes en la lengua de nuestra madre.
Supe que nos rodeaban varias pupilas y devotos de la casa de Mamá
Grande, burdel cercano a la calle San Antonio.
Tan sólo un día antes vagábamos en compañía de
Sandalio, el mexicano, eterno aprendiz de ferrocarrilero, y de Rosalío, el
indio kikapoo, los cuatro muertos de hambre y seguros de que no veríamos el año
nuevo. Sandalio al ver que íbamos junto
a las vías férreas susurró una invitación a echarnos a dormir, «tal vez alguno
sobreviva» dijo.
Entre sueños vi que unos borrachos nos esculcaban,
vi a Rosalío quebrarle el cuello a uno de ellos, mientras los demás lo
apuñalaban decenas de veces. No supe lo
que sucedió con Sandalio. En mi pavorosa
visión sólo adiviné los movimientos para levantar y cargar a Tsing, lo mismo
pasó conmigo.
Si nos estaban rescatando de la muerte o
secuestrando no me quedó claro ni siquiera cuando ya dentro de la casa los
borrachos entregaron su botín a unas párvulas quienes nos bañaron, perfumaron,
y adornaron con sutiles velos lo que al parecer formaba parte de la compleja
orgía planeada para celebrar el advenimiento del año.
Ya despierto del todo percibí cómo afloraba, en
algunos de los presentes, el desprecio y repudio hacia nuestra raza maldita,
cuando Tsing mostrando gran arrogancia les aclaró que su ‘esposo’, Yeung Chung
Lee, era un cocinero imperial, con experiencia adquirida en las cocinas del
Imperio Británico, así como en las del Imperio de Francisco José. En un viaje especial ordenado por éste,
durante la travesía de San Francisco a Nueva York, en el Estado de Wisconsin el
tren fue asaltado. Con gran habilidad enriqueció
la anécdota sobre lo que les hicieron, y lo que dejaron de hacerles, a las
mujeres y jovencitos austriacos. Los
tenía tan deleitados que no repararon en la falta de detalles cuando relató que
los asaltantes eran tan ignorantes que a nosotros nos dejaron ir por no querer
tener nada que ver con gente de nuestra raza.
La enorme y apacible figura de Mamá Grande
refrendaba con su sonrisa todo lo que mi honorable hermanita decía, lo que
terminó por controlar los bajos instintos de aquellos personajes de lamentable
semblante gris verdoso, quienes buscaron la manera de no ser excluidos. La turbia mirada de uno de ellos se posó en
mi sombrero de fantasía y empezó a repetir mi nombre Lee, Lee, ¡General Lee! el apodo saltó de varios
puntos de la sala.
El asombro que la voluptuosa belleza de Tsing
causaba en todos se convertía en encantamiento.
La protección inicial que nos brindaban varias de las señoritas de la
casa se reforzó con la evidente aceptación de parte de la venerable Mamá
Grande. El aturdimiento causado por una
implacable cruda largamente pospuesta que sufrían unos. Todo esto amalgamado nos salvó de ser
arrojados a las calles de una ciudad que no aceptaba a los chinos.
Pasados los primeros minutos de la improvisada
reunión dieron paso a los negocios. En
efecto, Mamá grande manifestó su interés por que Tsing enriqueciera el parvulario. Esta orden, dado que no pidió la aceptación
de mi hermanita, fue fuertemente secundada por Iván, un ruso, que sin quitarle
los ojos de encima a Tsing se declaraba amante de los exóticos platillos
orientales. Manifestó ansioso su incontrolado
deseo de ser el protector, y por ende, ganador de los máximos derechos sobre el
cuerpo y espíritu de la niña, siempre y cuando no ofendiera los sentimientos de
la dueña de casa. Su arriesgado cálculo
se basaba en que yo fuese el nuevo manjar que se le antojaba a la Mamá. Lo de cocinero del burdel todos lo
aprobaban. Confirmé que esta era la
pareja que había probado, casi de manera exclusiva, una y otra vez, nuestros
jugos y juegos amorosos.
En realidad, mis conocimientos culinarios siempre
estuvieron profundamente influenciados por el Tao, pero como ya había aprendido
desde que cociné para los hermanos William y James Horlick, allá en Racine,
Wisconsin, mentir retribuía y no despertaba sospechas. La simpleza de los yanquis asociaba desequilibrio
con el florecimiento armonioso aunque de ímpetu siempre creciente del Ying y el
Yang. La no-verdad conlleva algo de
realidad, así como ésta siempre va impregnada de falsedad. Desde el primer momento de mostrar nuestras
habilidades amatorias entre Tsing y yo, se redujeron al mínimo las violaciones
sufridas antes de perder la conciencia. Mentimos a la Mamá Grande y a todos al
afirmar que Tsing y yo éramos marido y mujer por la religión católica romana,
mentimos sobre mis servicios culinarios prestados a dos imperios. La mentira retribuyó trabajo asalariado para
los dos. Tsing, de aprendiz de Puta, y
Yo de pinche de cocina. La verdad que
ocultamos como sólo los chinos la sabemos ocultar, nos llevó a ser
introductores a secretos prácticos y lucrativos en ambas profesiones.
Mi hermanita pudo comprobar que, en efecto, Iván
Karsilov había degustado deliciosos y excitantes platillos pekineses en su
Petrogrado natal. Apoyaba con sinceridad
que yo me encargara de la cocina del burdel, y la ardiente pasión que ella le
provocaba era más que evidente. Daba
gracias al cielo por sus caricias que alejaban la nostalgia por la madre
Rusia. Había huido a mediados de 1905 de
la cascada de huelgas obreras sinfín, contaba que si bien al final del año el
zar las destruyó, no pensaba regresar puesto que rechazaba las políticas
egoístas del estado zarista para exprimir a los industriales de su propia clase
con impuestos que impedían el desarrollo del país. Y volvía a la cantaleta de que en Londres y
en Nueva York había probado toda suerte de platillos chinos, salvo el que
degustaba ahora a todas horas.
El hostigamiento que mi hermanita sufría impulsó
desde nuestro cautiverio voluntario la determinación para encontrar a
Sandalio. Veníamos de Wisconsin, y
ambos, sin conocerlo, lo buscábamos, y lo encontramos, en el corazón de
Texas. Ellos, Rosalío y Sandalio, apenas
llevaban dos días con el sol en la espalda desde que salieron de Eagle Pass,
algo les gustaba de las fronteras geográficas y raciales, cuando una madrugada a
lo lejos los divisamos a ellos, a los caballos, y a su recién encendida fogata.
Con profunda desconfianza los espiamos durante su
desayuno buscando en sus gestos la señal para huir o para acercarnos. Ésta resultó ser el aullido de dolor cuando
el café le quemó la mano, y para que no me quedara duda, acompañó el aullido
con un insulto a la madre del inventor porfirista de una cafetera para fogatas
antiderrames. Ya estaba su compañero
atendiéndole la quemadura cuando nos acercamos a la pareja mostrando Tsing el
ungüento que proponíamos aceptasen como parte del tratamiento inicial.
El que primero comprendió nuestro inglés y nuestros
nombres fue el indio kikapoo, quien dijo llamarse Rosalío, que era un nombre
español. La presencia y el contacto que
el mexicano tuvo con mi hermanita marcaron a Sandalio de por vida. Cuando quiso pagarnos, le aclaré que el pago
era muy alto, que ninguna cantidad de monedas podría cubrirlo. Tsing, sin dejar de sonreírle, dijo que algo
de comer cubriría la mitad del pago, pues la otra mitad era que nos aceptaran
como compañeros de viaje a donde fuese su destino.
Acordamos que Sandalio fingiría ser nuestro patrón,
esto último en caso de que algún ser humano se cruzase en nuestro camino. El trato se cerró cuando quedó establecido
que sería Tsing quien lo acompañaría en ancas.
Como mi hermanita se enamoró de Sandalio, yo no me
enamoré nunca; a Mamá Grande le agradecí me protegiese, más tarde mis
sentimientos hacia ella fueron más tiernos, pero nunca pasionales, y terminó en
buena amistad.
Una vez se me acercó traviesa, como una hermosa
ardilla madura, agitando su pelirroja y esponjada cola:
-¿Sabías, General Lee, que las putas leemos mucho?
Leyendo puedo viajar a maravillosos países, vivir otras vidas posibles, enterarme
de los crímenes más horrendos.
-¿De veras, Mamita? ¿Has leído al señor Twain?
-¿Twain, el escritor chino? ¡Claro que he leído a
Mark Twain! Por ahí de 1901 Marilou, la cascabel, nos mostró lo que escribió el
bigotón de Mark Twain sobre lo que pasaba en China con las escandalosas
indemnizaciones en dinero y en enormes extensiones de terreno que varios países
occidentales le cobraban al Imperio chino por los asesinatos cometidos por la
sociedad secreta de los Puños Armoniosos y Justos, o Boxers. Todo ese año estuvo lleno de noticias
espantosas en relación a la guerra en China.
El Sun de Nueva York sacó
varias noticias. Pero tú sabes de eso mejor que nosotras ¿No?
-Sí, pero dime ¿Guardas el artículo del señor Twain?
-Bromeas, ¿Quién guardaría no cinco años, un mes un
diario? - No me atreví a contestar. Preferí sumirme en pensamientos que oscilaban
entre alejarme del mundo, o hacer algo que justificara, de una vez por todas,
el odio que éste nos tenía.
Dada la simpleza de la dieta acostumbrada por la
gente de aquellos desiertos, bastaron las recetas de cinco o seis platillos de
Pekin y de Shangai para ser durante años un éxito en las alcobas. Cierto que el descontento que ya crecía lo
maté incorporando al menú dos de los platillos más picantes de la cocina
Guizhou. A los clientes de la Cascabel,
la Seisseguidos, y la Quickeslouly que lo podían pagar se incluían en sus
charolas tarjetitas con sugerencias de cómo incorporar los guisos a juegos
amorosos. Todo el mundo feliz, hasta que
un buen día un muchachito que lavaba platos me preguntó con lágrimas en los
ojos qué debía hacer con los vasos rotos que no eran nuestros. Siguiendo el hilito sedoso llegué al gusano. Eran meses que a las charolas para servicio a
las alcobas se les incorporaba batidos de leche que nos llegaban de los
establecimientos donde Iván era socio.
¡Había olvidado que el postre también debe variarse!
Empecé por estudiar los batidos de leche que el ruso
ofrecía buscando reproducirlos y mejorarlos de alguna manera. Me pasé tardes enteras profundizando en las
recetas, hasta que un buen día se me vino a la mente los polvos para enriquecer
el alimento infantil que habían patentado los Horlick. Al principio lo deseché por considerarla una
idea distractora. Pero, me dije ¿Y si
funciona? La interrogante me atormentaba.
Mataría al espíritu haciendo las pruebas de inmediato. Para no realizar experimentos en exceso
debería consultar tanto mis anotaciones como la transcripción de la patente
registrada por Willy Horlick. Hacía años
que no revisaba mis bolsas de viaje salvo para releer al señor Twain, lo demás
supuse que seguía igual de intocado.
Supuse mal. Resultó que mi
enamorada hermanita le había entregado a Sandalio las bolsitas de Wei C’hi para
que las tratara de vender en Arizona, y así hacerse de un poco de dinero.
Mientras Sandalio no apareciera yo no tendría la
patente, la cual es la receta… ¡Receta! ¡Vaya simpleza! Decidí no esperar hasta
que Sandalio apareciese, cuantimás si andaba jugándose la vida contra la
dictadura porfiriana, al tiempo que aprendía el oficio de maquinista. Me puse de inmediato a trabajar aplicando lo
aprendido con James; recordaba que a la indigesta leche de vaca se le agrega
cebada un poco podrida para que endulce, y… bueno también algo de harina de
trigo para dar cuerpo, y si quiere uno le evapora el agua. ¡Y se vende! Willy lo vendía para los
inválidos, y a los párvulos que están más inválidos que aquellos.
Jugué horas en la cocina sin abandonar la idea fija
de superar los batidos de leche que todos conocían. Fueron apareciendo en mi mente fragmentos de
lo que declaraba oficialmente la patente de 1883 que mi patrón William Horlick
posteriormente comercializó como enriquecedor alimenticio con el ridículo
nombre de Diastoid. Recordé la frase: …Este invento tiene por objeto, primero, proveer un
alimento altamente nutritivo no harinoso para infantes e inválidos mediante la
combinación de partes nutritivas de los cereales con leche; y, en segundo
lugar, librar a tal alimento de su tendencia a agriarse sin importar el clima o
estado de la atmósfera a la que pueda exponerse, y ser de tal naturaleza que se
disuelva fácilmente en agua.
Trabajé con esto durante días con resultados
excelentes. Pero dos cosas no acababan
de gustarme. Dado que me había robado la
patente debía olvidarme de que el invento estaba protegido como propiedad
privada. La otra era que si el único uso
era incorporar sabor peculiar a un batido de leche, la receta se encarecía
mucho dada la calidad de malta requerida por el invento. En definitiva, opté por usar cebada
fermentada de mucho menor valor nutritivo.
De lo que se trataba era de perjudicar al zarista renegado.
Dado que las intenciones y el uso final eran otros
lo que resultó fue otro invento. Sólo
que yo no perdí tiempo patentándolo, simplemente lo mantuve en secreto. Me moví en la frontera entre lo profundamente
oculto y lo universalmente conocido. Más
sutil que la seda, sólo El Tao.
A los que preguntaron primero les respondí que su
paladar había descubierto, no otro batido de leche, sino el batido de leche…
¡malteada! Pronto me iba a arrepentir de
andar inventando nombres, pero mientras tanto ¡Manos a la obra!
Primero obtuve la bebida básica; segundo un arcoíris
de sabores y presentaciones; tercero se les distribuyó a ciertos clientes de la
casa, sin variaciones, el tradicional batido de leche con huevos y whiskey que
todos bebían para tonificarse, sólo se sustituyó una tercera parte de las
bebidas rusas, o sea las que provenían de los negocios de Karsilov; cuarto
tomamos nota de todo tipo de comentarios y actitudes de nuestros involuntarios
colaboradores; quinto analizamos los resultados; sexto modificamos el plan
original para avanzar hacia la meta.
Las solicitudes de los helados y batidos de leche
provenientes de fuera de la casa disminuyeron lenta pero inexorablemente, lo
que resultó mejor que su cancelación abrupta.
Es más, coincidió con la aparición de pedidos externos, en particular
del guiso de tripa y de sopa de rabo de buey para la hora del almuerzo. Acabaría incluyendo los batidos de leche
malteada.
Un buen día encontré sobre mi cama un costal que
contenía las tres bolsas con todo lo necesario para jugar Wei Ch’i que Sandalio
se había llevado para vender. Con una
primera mirada todo me pareció estar en orden.
En el fondo del costal
encontré mis notas junto con la transcripción ahora ya innecesaria, aún así
tuve que releerla: United States Patent
Office / William Horlick, of Racine, Wisconsin/ Granulated food for infants and
process of preparing the same / Specification forming part of Letters Patent
No. 278,967, dated June 5, 1883 / Application filed March 9, 1882. (No specimens.) De la emoción no entendí nada y
recomencé saboreando cada línea Oficina de Patentes de los Estados Unidos/
William Horlick, de Racine, Wisconsin/ Alimento granulado para infantes y
proceso para prepararlo/ La especificación forma parte de los documentos
oficiales de la patente número 278,967, fechada el 5 de junio de 1883. /
Solicitud presentada el 9 de marzo de 1882. (No se presentaron muestras del
producto) Sentí un mareo delicioso. Para todo aquel que le pueda importar: /
Sépase que Yo, William Horlick, de Racine, en el condado de Racine, y en el
Estado de Wisconsin, he inventado ciertas, nuevas y útiles, Mejoras a la
Manufactura de Alimento Preparado para Infantes e Inválidos; y declaro aquí que
lo que sigue es una descripción completa, clara, exacta de ello. Y así, una y otra vez…hasta que me desperté.
Revisé las bolsas, cada una contenía el par de
saquitos de seda cruda, el blanco con piedrecillas color arena clara, el negro
con similar cantidad de ellas pero muy oscuras finamente moteadas de
blanco. Adicional a éstos el manto,
también de seda, doblado con delicadeza ocultaba el territorio mundial tan
apetecido durante el juego. En esos
momentos lo que había hecho antes de abandonar a los Horlick me pareció una
locura estúpida y desesperada. El fino
polvo de tierra que protegía la superficie de cada una de las piedrecillas la
sustituí con partículas de la formulación patentada tan finas como aquél, las
que obtuve moliendo las delgadas hojuelas cuatro y tres veces en el
mortero. ¡Qué locura!
Con sólo volverlo a ver mi hermanita olvidó que
Sandalio la había abandonado. Hicieron
el amor todo un día, el mexicano remató contándole mil vicisitudes enriquecidas
con el por qué de la larga lucha de los liberales contra la dictadura
porfirista, la que concibió como plan de desarrollo y realizó de manera
sistemática el exterminio de los indios yaquis, y respaldó la matanza de los
mayas allá en lo profundo del cuerno de la abundancia. La plática me la eché dos veces pues antes de
encontrarme con Tsing, ésta se lo había contado ya a la Quickeslouly, a la
Beyond, y a Mamá Grande, quien a su vez me lo contó en cuanto pudo.
-Lo que Sandalio no les ha contado es que su
entregado y visionario líder, Anakreón, escribió un artículo periodístico a
mediados de 1906, donde denunciaba la jugarreta de los capitalistas mexicanos
para bajar los salarios de los trabajadores y jornaleros a niveles inauditos de
explotación, jugarreta que incluyó el llamado a los paupérrimos del mundo a
sustituir a los mexicanos, a cambio de salarios muy por debajo de lo que éstos
podían aceptar. En particular los chinos
mostraron intención seria de inmigrar a México.
Anakreón denunció todo esto, aunque aderezándolo, ¡Escúchame bien! con
epítetos de gran desprecio y repudio contra los chinos, comentarios que son
ajenos a lo que se pudiera esperar de un luchador y pensador por el socialismo
libertario.
Me encerré
todavía más en mi cocina para protegerme de la amenaza mexicana tan cercana a
El Paso, y a mi corazón.
Poco después, a instancias de Tsing, Sandalio
comentó que todos estábamos en proceso de aprendizaje, sujetos a grandes
contradicciones, que nadie escapaba, ni siquiera los más revolucionarios entre
los que el ferrocarrilero consideraba pertenecía Anakreón. De ofendido me convirtió en ofensor al
juzgarme egoísta por sentir que, los grandes crímenes y saqueos cometidos
contra China por parte del mundo occidental, los cometieron contra mi persona,
y no contra millones de chinos, junto a los cuales debería estar luchando en
ese mismo momento. Le di la razón, pero
seguiría rumiando.
Aunque El Paso daba cobijo a toda clase de
personajes y permitía todo tipo de intercambios yo no me confiaba de nadie que
no hubiera pasado por la Casa de Mamá Grande y tuvieran la aceptación de las
párvulas, no se diga de mi venerable Tsing.
Algunos establecimientos empezaron a solicitarle a Mamá Grande porciones
de algunos de mis platillos, y después también el batido de leche General Lee
que salía de mi cocina. La Beyond me
comentó que un cliente suyo le pidió dos picheles lecheros llenos de batido de
leche malteada con jarabe de fresa, y trozos de hielo. Le confió que al jefe de la banda a la que
pertenecía le gustaba mucho, que venía del norte de Texas donde se escondían
desde hacía ocho meses de los rurales de Chihuahua que los buscaban por
cuatreros. La mayor porción de lo que
mercaban eran las hojuelas secas de cebada fermentada con harina de trigo y
leche. Pasaba el tiempo sin que se supiera de ellos, o de él, y de repente
volvía a llegarme la solicitud de tres fondas distintas. Quise saber un poco
más sobre el personaje, pero coincidió con su desaparición, según mis
informantes, no sólo de los encargados de hacer las compras en El paso sino del
grupito que visitaba Ciudad Juárez. Y
fue una desaparición definitiva, o por lo menos prolongada, lo suficiente como
para olvidarme de ellos. Con este tipo
de detalles, mi amor odio por los mexicanos giraba de nuevo.
Los dueños de los mejores hoteles y establecimientos
elegantes entre los que se encontraba el Elite Confectionary quienes liderados
por Iván me invitaron a ser socio en lo que concernía a bebidas de
fantasía. Acepté con la condición de
tener la libertad de supervisar la calidad de los productos en cualquiera de
las cocinas de la sociedad. La ‘receta’
base y sus variantes jamás las compartiría.
Pasaron más de tres años. La prosperidad de la casa iba en
aumento. Todos los personajes famosos
nos visitaban sin importar si venían de San Francisco, de Nueva York, o Ciudad Juárez,
y muchos de ellos sin hacer escalas en ningún hotel, restaurant o fonda.
Las insurrecciones, levantamientos, revoluciones
mexicanas en contra de Porfirio Díaz eran bien conocidas en todo Texas, no en
noviembre de 1910, sino desde hacía años, de las más recientes había sido la
balacera en una casa llena de armas y dinamita en el barrio mexicano en
1908. Lo que me hizo poner mayor
atención es que en abril la Beyond me avisó que un jefe maderista había
ordenado un pedido desde Ciudad Juárez para comprar dos de los tres batidos de
leche que a partir de febrero de 1911 eran mi especialidad, el Mamá Grande; el Tsing-Tsing; y aunque se les ofreció el General Lee rechazaron la oferta.
Inferí que no les gustaba el nombre.
Esto coincidía con las noticias de lo que sucedía del otro lado del río.
Hasta mí llegaban informaciones tan contradictorias
como la de que no había ninguna revolución, que la verdad era que los políticos
mexicanos estaban negociando quién controlaba qué; o la de que los jefes
militares rebeldes tomarían Ciudad Juárez le gustara o no a los políticos. En la tarde del 25 de abril Mamá Grande nos
leyó en El Paso Morning Times la
carta de Francisco Madero relatando al mundo la historia personal del recién
nombrado Coronel Villa. No entendí bien
lo que Sandalio explicó sobre que este nombramiento era a cambio de haber
controlado militarmente a los indisciplinados magonistas dentro del ejército
del gobierno provisional, y no lo entendí porque, mientras escuchaba a Mamá
Grande, me pareció reconocer a mi misterioso cliente en el personaje de la
carta de Madero. Yo coincidí con éste
acuñando mi propia frase: « Pancho Villa era un bandido que amaba la justicia
como amaba los batidos de leche malteada.»
Ya fuese que en mayo Ciudad Juárez sería tomada
pacíficamente, o a balazo limpio, se desataron los preparativos para observar
desde las terrazas, azoteas, techos de vagones de ferrocarril lo que fuese
observable. Los preparativos, que se
aceleraron desde el 5 de mayo, debían no sólo satisfacer la curiosidad morbosa
sino la comodidad de saborearla sentados, y por qué no, tomándose un helado, o
lo que el cuerpo les pidiese a los espectadores. Todos coincidían en que el día 8 era el mero,
mero, a pesar del revoltijo de opiniones.
Los jefes militares revolucionarios planearon algo para tener pruebas
contundentes de no ser responsables ni de haber participado en lo que
sucedió. Un día antes, me tocó de cerca,
llegaron a El Paso distintos grupitos de revolucionarios que se comportaron de
manera distinta a lo esperado. En vez de
pasearse desordenadamente por aquí o por allá, dieron la clara impresión de
obedecer órdenes; unos se acomodaron en hoteles desde el mediodía, y no
salieron en dos días; varios cayeron con nosotros sin importarles que unos eran
asiduos y otros casi célibes. El mero
día, desde muy temprano, dos calvos, y uno con la melena tan larga que podría
hacerse una trenza como la mía, se instalaron en la peluquería; Tsing me
comentó que dos fotógrafos andaban muy apurados para capturar una escena muy importante,
cuya localización, instante de ocurrencia, o si ésta sería real o fingida,
desconocían.
Medio El Paso especulaba. Yo le aposté a mi
intuición. Me encontraba ya en la cocina del Elite Confectionary cuando me
avisaron que los jefes revolucionarios estaban escogiendo mesa. Si mi decisión no hubiera dado frutos, si
dichos jefes hubieran preferido una cantina para realizar su reunión, me tenía
sin cuidado, pues de todos ellos el que me interesaba era un mexicano muy
especial, escurridizo y temible como los nacidos en el año del Tigre, no lo
había visto nunca, y sin embargo lo reconocí de espaldas en el momento en que
le ordenaba al mesero «un beisbol elite, o mejor tráigame dos» El otro jefe revolucionario estaba un poco
inquieto, parecía esperar algo o a alguien, sin ordenarle al mesero volteaba
para un lado y para otro, así nuestros ojos se encontraron, y su cara no llegó
a gustarme. Esto no pasó desapercibido
para El tigre quien, con mucha tranquilidad, dijo «A él tráigale otro igual, y
si por ahí ve a algún fotógrafo que venga a sacarnos la foto.»
Ya en la cocina, me apresuré a preparar yo mismo la
orden. Sobre la charola el desconcertado
mesero cargaba dos grandes vasos que rebosaban jarabe de chocolate sobre helado
de vainilla, y un tercero con la hermosa bebida color fresa. Antes de que saliera de la cocina opté por
llevar la charola yo mismo. Me acerqué a
la mesa, coloqué un Elite base ball enfrente de cada jefe revolucionario, acto
seguido puse el batido de leche malteada con fresas al alcance del Coronel
Pancho Villa. Su mirada buscó la mía
para interrogarme en silencio. «Obsequio
de la casa para un conocedor» « ¡Ah qué
bárbaro, éste!» Y se llevó el vaso a los labios. Se relamió el bigote mientras crecía la
sonrisa. «Mejor que el chin chin,
ese, ¿Cómo se llama?» preguntó gritando
entusiasmado. Me acerqué a él lo más que
pude, y susurré «General Lee» «General
Lee ni que la fregada ¡No me gusta el nombre! ¡Váyase para que nos tomen la
foto!» ordenó al tiempo que me hacía la seña de que me retirara. El orgullo inicial fue opacado por lo que me
pareció desprecio racial. Esperé refundido en la cocina, medité «Me iré, pero a
China», pero esperé. Se abrió la puerta
de la cocina, y Sandalio, sonriendo, gritó «Mismas bebidas para la mesa dos». A lo lejos, en mi país, me esperaban. A lo lejos, en otro país, por el rumbo de
Ciudad Juárez, se oían los balazos.
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