lunes, 23 de enero de 2012

XI LO DOCTOR NO QUITA LO...



-       Don Jocesito, por favor, ayúdeme a colocar una mesa extra en mi oficina para la reunión de las diez.  Póngala frente al pizarrón.  ¿Ya tiene mis copias a color?  Acuérdese que yo no le entiendo a esa máquina.

Oí, vagamente, y bien a lo lejos, la orden pero  mi principal pendiente era mi casita en el Ixtle que se estaba derrumbando por el peso del lodo acumulado por las lluvias.  Y para acabarla de amolar la amenaza de ser despedido en cualquier momento.  Yo había terminado de acomodar las sillas alrededor de las mesas cuando empezaron a llegar las personas que tendrían su reunión en estas oficinas que han visto pasar a tantos y tantos jefes, sólo yo sigo aquí, porque, ni los muebles. Esos también llegan y se van.  Las dichosas computadoras, esas que tan ufanas y depredadoras desplazaron inmisericordemente  a las máquinas de escribir, bueno no a todas, pero sí a las baratas y corrientitas como la de mi sobrina que tanto trabajo y tiempo le llevó pagar a mi hermano.  También al fax lo tienen arrinconado, a este aparatito que llegó asustándonos a todos, creo que van a desaparecerlo, pues casi ya no l’usan, ahora un montón de cosas se las mandan entre ellos por la red.  Las computadoras son como caníbales, se comen unas a otras, las train y se las llevan a tirar bien rápido, aparecen, las manosean y al final las desdeñan, pero siempre se cierra el circulito, pues aparecen las nuevas, como con la gente, siempre se está muriendo pero así mismo están nace que nace otros.  Pero así y con todo, me llama muncho la atención que las cambien casi nuevecitas, sería como si tiráramos los lápices nuevos cuando se les hace romita la punta en lugar de sacarles punta.  Pero lo que estaba contando era que yo ya tenía lista la oficina para la reunión, en particular la posición del proyector de acetatos, las hojas transparentes de plástico.  Había buscado como siempre la distancia y en el ángulo que mejor quedaba.  Le puse muncha atención a toda la operación con la malicia de ver cómo se enriquecerían mis investigaciones (como dicen ellos) o mejor dicho mi curiosidad sobre el comportamiento del ser humano, sus vicios y manías.  En las últimas siete veces que me ha tocado colocar el proyector a escondidas he probado una y otra vez hasta dar con la mejor posición.  En todas, los doctores, cualquiera de ellos, jóvenes y viejos, de un aria o d’otra, lo reacomodan y lo dejan, sino en la pior posición, sí en las regularcitas.  Esto no sería tan curioso si lo dejaran siempre ahí, uno podría creer que los asuntos a discutir son más importantes que lo borroso de la pantalla, pero lo cierto es que durante la reunión interrumpen una y otra vez a la persona qui esté hablando, para pedir que le muevan al foco (el foco, el foco.  El foco está perfecto alumbrando como se debe) o, se paran unos y otras a cambiar la posición para finalmente dejarla igual o pior qui antes.  Yo, esto, nomás lo llevo apuntado en mi cabeza ignorante, pos no me atrevería nunca a escribir mis investigaciones, pos como platican entre ellos, toda investigación si es realmente académica (¿Qué será eso?, no he podido entender loqués, aunque eso sí lo he oído mil veces), debe producir un peiper, ¿y esto? ¿Cómo es posible que siendo ellos tan finos y decentes se echen albures?  Como mi compadre que siempre que la riega dice, ni peiper mi buen.  ¿Quedrá esto decir que todos los errores y pendejadas que se cometen en sus laboratorios deben darse a conocer y que ni peiper?
Bueno, yo ya tenía hecho el café para quien lo quisiera, cuando me asaltó la comezón de calcular, más bien, adivinar cuántos de ellos dirían que sí, que sí querían café, con dos, con una, sin azúcar, cuántos que no, y dentro de estos, si me la quiero poner difícil, adivinar cuántos se niegan por salud o porque la clase de café autorizada por los de compras ofende sus educados paladares, bueno las razones y sinrazones son lo de menos, lo importante para mi curiosidad es saber cuántas tazas debo tener listas para café, cuántas para té, ésta es otra en que cómo se las gastan los doctorcitos, toman té cuando clarito se ve que no están malos de nada, los piores son los que me aclaran que no quieren té de manzanilla, que eso no es té, que eso es una efusión, que lo que quieren es té de adeveras y que sólo hay de dos, el negro y el verde.  Atinarle a cuántos vasos para refresco, en fin, estar listo para no andar con las carreras y cumplir con mi deber.  Pero lo que a mí me gusta es hacer estos cálculos míos que tanto me entretienen.  Siempre hay variaciones en los números, pero al mismo tiempo cada vez le atino más, no puedo nunca estar seguro, pero la esperanza de acertar es tan excitante que sólo se compara con lo que siento en aquellas reuniones en que los números de tazas son inesperados en extremo, cero tazas o todas las tazas del mundo y más, en fin, lo apasionante es que, a diferencia de los del sindicato, me refiero a los del comité, yo siento que lo que hago no es el trabajo más pinche y que ninguno lo es.  Que digan lo que quieran los que controlan al SNI, ah carajo pos si se parecen mucho nuestras letras a las del sindicato nacional de los doctores ¿o qué no?  Lo que creo es que mi trabajo o el de cualquiera  puede ser tan interesante como la cabeza de cada quien quiera, lo importante es usarla, no perder la capacidad de asombrarse cada vez que se repitan tantísimas veces los mismos números de tazas o de que ciertos números se tarden meses y meses en aparecer.  La clave está en siempre permanecer picado con lo que resultará en un momento dado.  Quezque soy bien metiche y que analizo todo lo que oigo aunque sean pedacitos de conversaciones, pos sí, no lo voy a negar.      Pior sería que ya no te interese nada, que no hagas caso de los demás, que te creas que lo sabes todo, que sabes desde endenantes lo que los demás van a decir, ¡qué pinche aburrido nada más escucharte a ti mismo!
Como hace unos días que me atravesé entre los doctores, quienes se amontonaban en el recibidor,  gordos y viejos, flacos y altos, bien diferentes unos de otros, pero todos saludándose cariñosamente, como si se conocieran de muchos años o como si fueran muy amigos, no sólo que trabajen en el mismo lugar, o sean del mismo clu deportivo, parecía como sí regentearan y controlaran el mismo sindicato.  Ante esta escenita mi mujer diría que Ay, qué lindos, cómo se quieren y respetan.  Ella no cambia en esto de pensar bien de la gente.  Aunque en muchas de las pachangas que ella organiza en nuestra probe casa y que algunos de los invitados terminan mentándose la madre o dándose de patadas, ella siempre se vuelve a enternecer en las saludaderas de las nueve o diez de la noche.  Yo, en cambio, me alegro con la posibilidad de que algo ocurra, me intrigo con el quién empezará, me entusiasma el horizonte de chismes, chingaderas, mezquindades y traiciones que en tan sólo dos horas se producirán entre unos y otros.  Dos horas, una hora, los doctores siempre preocupados porque las reuniones sean muy cortitas, que no les quite tiempo ¿para qué? para otras reuniones ¿o será que no pueden estar mucho tiempo sin trabajar duramente en sus laboratorios buscando resultados y más resultados, montando entusiasmados más y más experimentos?.  Siempre los veo muy serios y gestudos, cuando no están escribiendo en sus cuadernos algo muy importante o dibujando figuritas obscenas (los he visto muchas veces por encimas de sus hombros al servirles la coca lait, otros están viendo la mancha de mole en la camisa del de junto, o de plano se están durmiendo.  Me pregunto una vez más por mi maldito vicio de saber, ¿qué es lo que más les gusta hacer a estos grandes señores, qué les apasiona y deja sin comer?  En mi caso, ¿para qué vivo?  ¿Cuál de las tareas que realizo la haría aunque no me pagaran? ¿Servir las tazas de café o adivinar el número de los que sólo le darán tres sorbos antes de abandonar el negro brebaje?
Pero, déjame que te cuente cuando era su chafiréte del...


Una mañana en el Ixtle

16 septiembre 1999

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