- Don Jocesito,
por favor, ayúdeme a colocar una mesa extra en mi oficina para la reunión de
las diez. Póngala frente al pizarrón. ¿Ya tiene mis copias a color? Acuérdese que yo no le entiendo a esa
máquina.
Oí,
vagamente, y bien a lo lejos, la orden pero
mi principal pendiente era mi casita en el Ixtle que se estaba
derrumbando por el peso del lodo acumulado por las lluvias. Y para acabarla de amolar la amenaza de ser
despedido en cualquier momento. Yo había
terminado de acomodar las sillas alrededor de las mesas cuando empezaron a
llegar las personas que tendrían su reunión en estas oficinas que han visto
pasar a tantos y tantos jefes, sólo yo sigo aquí, porque, ni los muebles. Esos
también llegan y se van. Las dichosas
computadoras, esas que tan ufanas y depredadoras desplazaron
inmisericordemente a las máquinas de
escribir, bueno no a todas, pero sí a las baratas y corrientitas como la de mi
sobrina que tanto trabajo y tiempo le llevó pagar a mi hermano. También al fax lo tienen arrinconado, a este
aparatito que llegó asustándonos a todos, creo que van a desaparecerlo, pues
casi ya no l’usan, ahora un montón de cosas se las mandan entre ellos por la
red. Las computadoras son como
caníbales, se comen unas a otras, las train y se las llevan a tirar bien
rápido, aparecen, las manosean y al final las desdeñan, pero siempre se cierra
el circulito, pues aparecen las nuevas, como con la gente, siempre se está
muriendo pero así mismo están nace que nace otros. Pero así y con todo, me llama muncho la
atención que las cambien casi nuevecitas, sería como si tiráramos los lápices
nuevos cuando se les hace romita la punta en lugar de sacarles punta. Pero lo que estaba contando era que yo ya
tenía lista la oficina para la reunión, en particular la posición del proyector
de acetatos, las hojas transparentes de plástico. Había buscado como siempre la distancia y en
el ángulo que mejor quedaba. Le puse
muncha atención a toda la operación con la malicia de ver cómo se enriquecerían
mis investigaciones (como dicen ellos) o mejor dicho mi curiosidad sobre el
comportamiento del ser humano, sus vicios y manías. En las últimas siete veces que me ha tocado
colocar el proyector a escondidas he probado una y otra vez hasta dar con la mejor
posición. En todas, los doctores, cualquiera
de ellos, jóvenes y viejos, de un aria o d’otra, lo reacomodan y lo dejan, sino
en la pior posición, sí en las regularcitas.
Esto no sería tan curioso si lo dejaran siempre ahí, uno podría creer
que los asuntos a discutir son más importantes que lo borroso de la pantalla,
pero lo cierto es que durante la reunión interrumpen una y otra vez a la
persona qui esté hablando, para pedir que le muevan al foco (el foco, el
foco. El foco está perfecto alumbrando
como se debe) o, se paran unos y otras a cambiar la posición para finalmente
dejarla igual o pior qui antes. Yo,
esto, nomás lo llevo apuntado en mi cabeza ignorante, pos no me atrevería nunca
a escribir mis investigaciones, pos como platican entre ellos, toda
investigación si es realmente académica (¿Qué será eso?, no he podido entender
loqués, aunque eso sí lo he oído mil veces), debe producir un peiper, ¿y esto?
¿Cómo es posible que siendo ellos tan finos y decentes se echen albures? Como mi compadre que siempre que la riega
dice, ni peiper mi buen. ¿Quedrá esto
decir que todos los errores y pendejadas que se cometen en sus laboratorios
deben darse a conocer y que ni peiper?
Bueno,
yo ya tenía hecho el café para quien lo quisiera, cuando me asaltó la comezón
de calcular, más bien, adivinar cuántos de ellos dirían que sí, que sí querían
café, con dos, con una, sin azúcar, cuántos que no, y dentro de estos, si me la
quiero poner difícil, adivinar cuántos se niegan por salud o porque la clase de
café autorizada por los de compras ofende sus educados paladares, bueno las
razones y sinrazones son lo de menos, lo importante para mi curiosidad es saber
cuántas tazas debo tener listas para café, cuántas para té, ésta es otra en que
cómo se las gastan los doctorcitos, toman té cuando clarito se ve que no están
malos de nada, los piores son los que me aclaran que no quieren té de
manzanilla, que eso no es té, que eso es una efusión, que lo que quieren
es té de adeveras y que sólo hay de dos, el negro y el verde. Atinarle a cuántos vasos para refresco, en fin,
estar listo para no andar con las carreras y cumplir con mi deber. Pero lo que a mí me gusta es hacer estos
cálculos míos que tanto me entretienen.
Siempre hay variaciones en los números, pero al mismo tiempo cada vez le
atino más, no puedo nunca estar seguro, pero la esperanza de acertar es tan
excitante que sólo se compara con lo que siento en aquellas reuniones en que
los números de tazas son inesperados en extremo, cero tazas o todas las tazas
del mundo y más, en fin, lo apasionante es que, a diferencia de los del
sindicato, me refiero a los del comité, yo siento que lo que hago no es el
trabajo más pinche y que ninguno lo es.
Que digan lo que quieran los que controlan al SNI, ah carajo pos si se
parecen mucho nuestras letras a las del sindicato nacional de los doctores ¿o
qué no? Lo que creo es que mi trabajo o
el de cualquiera puede ser tan
interesante como la cabeza de cada quien quiera, lo importante es usarla, no perder
la capacidad de asombrarse cada vez que se repitan tantísimas veces los mismos
números de tazas o de que ciertos números se tarden meses y meses en
aparecer. La clave está en siempre
permanecer picado con lo que resultará en un momento dado. Quezque soy bien metiche y que analizo todo
lo que oigo aunque sean pedacitos de conversaciones, pos sí, no lo voy a
negar. Pior sería que ya no te
interese nada, que no hagas caso de los demás, que te creas que lo sabes todo,
que sabes desde endenantes lo que los demás van a decir, ¡qué pinche aburrido
nada más escucharte a ti mismo!
Como
hace unos días que me atravesé entre los doctores, quienes se amontonaban en el
recibidor, gordos y viejos, flacos y
altos, bien diferentes unos de otros, pero todos saludándose cariñosamente,
como si se conocieran de muchos años o como si fueran muy amigos, no sólo que
trabajen en el mismo lugar, o sean del mismo clu deportivo, parecía como sí
regentearan y controlaran el mismo sindicato.
Ante esta escenita mi mujer diría que Ay, qué lindos, cómo se quieren y respetan. Ella no cambia en esto de pensar bien de la
gente. Aunque en muchas de las pachangas
que ella organiza en nuestra probe casa y que algunos de los invitados terminan
mentándose la madre o dándose de patadas, ella siempre se vuelve a enternecer en
las saludaderas de las nueve o diez de la noche. Yo, en cambio, me alegro con la posibilidad
de que algo ocurra, me intrigo con el quién empezará, me entusiasma el
horizonte de chismes, chingaderas, mezquindades y traiciones que en tan sólo
dos horas se producirán entre unos y otros.
Dos horas, una hora, los doctores siempre preocupados porque las
reuniones sean muy cortitas, que no les quite tiempo ¿para qué? para otras
reuniones ¿o será que no pueden estar mucho tiempo sin trabajar duramente en
sus laboratorios buscando resultados y más resultados, montando entusiasmados
más y más experimentos?. Siempre los veo
muy serios y gestudos, cuando no están escribiendo en sus cuadernos algo muy
importante o dibujando figuritas obscenas (los he visto muchas veces por
encimas de sus hombros al servirles la coca lait, otros están viendo la mancha
de mole en la camisa del de junto, o de plano se están durmiendo. Me pregunto una vez más por mi maldito vicio
de saber, ¿qué es lo que más les gusta hacer a estos grandes señores, qué les
apasiona y deja sin comer? En mi caso,
¿para qué vivo? ¿Cuál de las tareas que
realizo la haría aunque no me pagaran? ¿Servir las tazas de café o adivinar el
número de los que sólo le darán tres sorbos antes de abandonar el negro
brebaje?
Pero,
déjame que te cuente cuando era su chafiréte del...
Una mañana en el Ixtle
16 septiembre
1999
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