lunes, 23 de enero de 2012

X DE LENGUA ME COMO UN TACO



Tengo miedo de que me operen, de que congelen mi lengua, aunque sea sólo una partecita de ella.  No, más que eso, tengo miedo de que algo salga mal, o de que sea inútil el pequeño despojo de que estoy siendo objeto ya en estos precisos momentos.  Quieren mutilarme la lengua.  Congelar, para extirpar el mal, aquellas células que se desviaron algún día, retorciéndose, doblando las corvas, encorvándose pues.  Mostrando sobre jorobas una mancha blanca en la parte derecha de la lengua ya no materna sino mi propia lengua.
La leucoqueratosis fue resuelta arrebatándole con violencia, no sólo tres mil pesos, sino el calor latente del agua estructural matando así cientos de células a las que no se les permitió ni una palabra en su defensa.  Lo hicieron entre tres aunque alcancé a sacarles la lengua en señal de reto y menosprecio.  No lo creerás pero acompañaron al pequeño fórceps gasas y almohadones de algodón para recostar la drogada lengua, para finalmente usar chisguetes de Nitrógeno líquido, sí, el mismo que mayoritariamente compone el aire, y que Pareto permite que casi todo el resto sea Oxígeno.  En su defensa, y tratando de justificar los tres mil pesos, explicaron que su lengua es tan ardiente que sus lamidos produjeron que hirviera el dichoso líquido, no sólo espontáneamente sino que transcurrieron dos nanocortísimos instantes entre el choque y la gasificación.  Ahora han quemado no toda la lengua sino aquella que fue parte grosera y gris, aunque la observación especular todavía muestra no sólo grises sino un negro lunar, sin dejar de agregar que el volumen de la lengua se ha incrementado.  Qué clase de fríos anglicismos y neologismos hinchan de tal suerte a una lengua que está lejos de morir por falta de uso.  El abuso de la grosería, hablar como verdulero, grocer, la lastimó por algún tiempo.  La receta del hombre nuevo fue la cancelación de su libre movimiento, congelar para matar lo casi muerto.  No sé si Umberto haría eco de este tratamiento o aconsejaría con la filología y la semioticoterapia que hubiese mayores y bellos encuentros con otras lenguas, que se prodiguen mutuas caricias sin pretender el dominio de una sobre otra, ni mucho menos la corrupción de la otra para extraño y estéril placer, o peor aún que aquella se corrompa porque sí, sólo porque sí.
En esencia, ¿qué significa que la dermis, no ya la mera superficie, de la lengua padezca queratosis? ¿Será acaso que ésta se vernaculizó tanto, que la lengua materna se desmadró a tal grado que empezó a descomponer el tejido lingüístico? ¿Será esto tan válido para la oral como para la lengua escrita?

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