Tengo miedo de
que me operen, de que congelen mi lengua, aunque sea sólo una partecita de
ella. No, más que eso, tengo miedo de
que algo salga mal, o de que sea inútil el pequeño despojo de que estoy siendo
objeto ya en estos precisos momentos.
Quieren mutilarme la lengua.
Congelar, para extirpar el mal, aquellas células que se desviaron algún
día, retorciéndose, doblando las corvas, encorvándose pues. Mostrando sobre jorobas una mancha blanca en
la parte derecha de la lengua ya no materna sino mi propia lengua.
La leucoqueratosis fue resuelta arrebatándole con violencia, no sólo
tres mil pesos, sino el calor latente del agua estructural matando así cientos
de células a las que no se les permitió ni una palabra en su defensa. Lo hicieron entre tres aunque alcancé a
sacarles la lengua en señal de reto y menosprecio. No lo creerás pero acompañaron al pequeño
fórceps gasas y almohadones de algodón para recostar la drogada lengua, para
finalmente usar chisguetes de Nitrógeno líquido, sí, el mismo que
mayoritariamente compone el aire, y que Pareto permite que casi todo el resto
sea Oxígeno. En su defensa, y tratando
de justificar los tres mil pesos, explicaron que su lengua es tan ardiente que
sus lamidos produjeron que hirviera el dichoso líquido, no sólo espontáneamente
sino que transcurrieron dos nanocortísimos instantes entre el choque y la
gasificación. Ahora han quemado no toda
la lengua sino aquella que fue parte grosera y gris, aunque la observación
especular todavía muestra no sólo grises sino un negro lunar, sin dejar de
agregar que el volumen de la lengua se ha incrementado. Qué clase de fríos anglicismos y neologismos
hinchan de tal suerte a una lengua que está lejos de morir por falta de
uso. El abuso de la grosería, hablar
como verdulero, grocer, la lastimó por algún tiempo. La receta del hombre nuevo fue la cancelación
de su libre movimiento, congelar para matar lo casi muerto. No sé si Umberto haría eco de este
tratamiento o aconsejaría con la filología y la semioticoterapia que hubiese
mayores y bellos encuentros con otras lenguas, que se prodiguen mutuas caricias
sin pretender el dominio de una sobre otra, ni mucho menos la corrupción de la
otra para extraño y estéril placer, o peor aún que aquella se corrompa porque
sí, sólo porque sí.
En esencia, ¿qué significa que la dermis, no ya la mera superficie, de
la lengua padezca queratosis? ¿Será acaso que ésta se vernaculizó tanto, que la
lengua materna se desmadró a tal grado que empezó a descomponer el tejido
lingüístico? ¿Será esto tan válido para la oral como para la lengua escrita?
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