El maltrecho cuerpo del hombrecillo se
zarandea al liberarse del espanto que por horas se le había acurrucado en su pecho. Logró sentarse a la orilla de uno de los dos
bloques de espuma polimérica que componían su cama. Contemplar que aún traía puesta su arrugada
ropa de calle disminuyó la contrariedad que le causaba tener que ponerse los
zapatos. Se incorporó dejándose las
agujetas sueltas. La lengua rasposa y
reseca lo obligó a moverse hacia el grifo del agua. Avienta de regreso contra el trastero el mug
cuya leyenda reza: ‘No beberás el agua pública, jamás’. Tiene mucha sed. Da dos pasos hacia la
puerta, la abre sin saber si vencerá la angustia que lo corroe.
Llueve.
Como todas las tardes, llueve. Toma su
rompevientos de atrás de la puerta. El hombrecillo baja con cuidado el único
escalón. Refunfuña más hoy que nunca por la altura excesiva. Da dos vueltas a la cerradura sin
aceitar. El empedrado de la vecindad está
mojado pero no anegado. Abre el pesado portón de la manera convenida con los
vecinos.
El
hombrecillo voltea hacia la tienda de abarrotes. Está cerrada. Confuso, no sabe si debía estar abierta. Siente la angustia en la boca del estómago. Se le junta con la angustia del duermevela
reciente. No sabe dónde comprará agua
embotellada. Por no dejar, el
hombrecillo mira más allá del estanquillo buscando el expendio de pan. Está cerrado.
También
por no dejar el hombrecillo se ajusta el rompevientos encaminándose hacia la
parada del autobús. Como son varias
cuadras se entretiene contando y catalogando los diversos objetos que la gente
usa para reservar junto a las banquetas espacios donde estacionar automóviles: Sombreros
de brujo color jalogüin, botes para cargar cemento con o sin cemento, llantas
viejas, cajas de madera para la fruta, rejas de coca, etcétera.
Se
acerca al puesto de tlacoyos y mesitas que ocupa completa la estrecha banqueta.
Compra un litro de agua embotellada. Se
irá en ayunas a cambio de no discutir con la señora del comal las razones que
ésta tiene para apartar espacio a los coches de unos comensales y no hacerlo
para otros.
Le
punza la cabeza, le escuece mucho el miedo de lo que pueda pasar al remontar la
marcada pendiente hacia la avenida. No
tiene suficiente aire en los pulmones para evitar las pulsaciones en los
ojos. El hombrecillo sabe que por lo
mismo el ácido láctico celular le quema los muslos. Cuando el hombrecillo llega junto al carrito
de los jugos de naranja todo él es confusión, angustia y bufidos. Sólo unos
harapos de inconformidad cubren la aceptación desnuda del espectro de lo
inevitable.
El
miedo y la confusión que lo invaden no impiden que observe: ‘Nadie bloquea con
cucuruchos la parada de autobús’ ‘Los microbuses son libres porque son
privados’. De las personas que se
encuentran en la parada del autobús no hay quien le dé razón al hombrecillo sobre
cuánto tiempo más habrán de esperar antes de que aparezca algún
transporte. Un acomedido le aconseja
tener listas en las manos las monedas justas para que no lo vaya a regañar el
chofer: ‘Con los adultos ma…dreados se desesperan más.’ ‘Ojalá y pase primero
el autobús del gobierno, es más bonito y cobra menos’ ‘Los del gobierno tienen
la carrocería repleta de fotografías, anunciando de todo ¿Va a decirme que no
los ha visto? Cobran un chingo el centímetro cuadrado’
Atrapado
en el atestado autobús el hombrecillo no presta atención a los empujones e
insultos que sufre de parte de varios pasajeros. Lo tiene aturdido hasta la médula la cantidad
abrumadora de líquidos retenidos en el hígado y las piernas. Aunque lo hubiera
hecho no había manera de discernir el grado de indiferencia hacia el dolor
ajeno, todos eran semejantes. De manera
siniestra se estrechaba su conciencia de la realidad. Mantenerse en pie sin apenas moverse por
tanto tiempo lo martirizaba. No estaba seguro pero lo mortificaba mucho pensar que
llegar a la estación del Metro más cercana a su casita le exigiese más de media
hora sin contar el tiempo de espera del autobús. Se pone a cavilar sobre la
manera de ahorrar más tiempo ¿bajándose en la primera estación o esperando
hasta la segunda? Al hombrecillo le
aterra equivocarse, la diferencia podría significar llegar 45 minutos más
tarde.
Llegar
más tarde ¿A dónde? El hombrecillo no lo sabe.
Estuvo a punto de decir que no lo sabe con certeza. Pendejadas.
No sabe a dónde va. A secas. Indeciso aún lo arrastra un rápido del río de
gente que baja. La entrada al Metro está
escondida entre los pasillitos del mercado informal. No podrá, de quererlo,
contar cuál dirección tomó, ni por qué transbordó a otra línea. El único beneficio es la desaparición del suplicio
por permanecer inmóvil de pie. Aunque nunca supo si esas escaleras lo llevarían
a la superficie, las tomó por el corto número de escalones.
Saliendo
apenas del metro arrastra sus pasos para sentir mejor lo empinado que está el
piso que rodea al enorme edificio. No está seguro pero se le pasa por la mente
que, como a él, lo que les atrae a los demás es que está sumido. Él, además, se aturde con la emoción
colectiva. No está sumido, está
sumiéndose. El edificio de mármol se
hunde para aplastar al metro junto con todos sus fantasmas y nadie hace nada. Ve su rostro reflejado en los globos
brillantes y su indignación se le esconde en los huesos. No sabe explicar su aversión a este tipo de
globos. Hubo globos amigables.
El
hombrecillo sentado en el piso preferido de los patinetos siente el llamado
urgente de los riñones. El miedo
interior es acompañado por la amenaza del medio circundante. Perseguido por la hostilidad se interna en la
arboleda. El hombrecillo se orina junto
a una banca dando la espalda a una pareja que canta sus orgasmos y al habitual
que ronca indiferente. Pinche ‘amida’,
pinche ‘fumari’, pinches moléculas incompletas, pinche ‘fumariamida’, pinche
diurético de mierda. El hombrecillo no
sabe si la pastillita es causa o antídoto de la modorra conformista.
Relajado,
más bien aligerado, decide no volver a empezar, no volver junto al hundimiento
de años. Mal viaje aterrador. El hombrecillo sabe que algo cambió. Sabe que
luchará.
Su
mente se despeja cada vez más, el alivio lo sintió al terminar de orinar. Su
capacidad de resistencia ha crecido tanto como para atreverse a levantar la
cabeza y … El hombrecillo sonríe al
pensar que a muchos no les gusta usar estos mingitorios al aire libre. A él le encantan pues nadie puede verle el
pene orinando, y él puede ver a los jugadores de petanque, a los que están
sentados en las bancas siguiendo el juego, o contemplando los ferris navegando
en el canal, o dormitando. Los minutos lo acompañan contemplando las tres
exclusas que conectan con la red pluvial.
Todavía hay ríos que no los acoge una ciudad, pero a él se le hace
imposible una ciudad sin que la preñe un río.
Pensando esto, lee: Metropolita… Deshecha de golpe la duda. Sabe que se encuentra en una de esas entradas
que conducen a los laberintos de varias de las ¿Cuántas? Catorce líneas. Se sabe usuario. En el bolsillo trae su pase
con chip y fotografía.
Se
mete al metro para tomar la línea 5, la que lo lleva muy cerca de su casa. El hombrecillo amplía la sonrisa al ver
aproximarse una versión nueva del tren de vagones. Dan la impresión de ser una sola pieza,
larguísima. En realidad son muchos vagones conectados por acordeones que impresionan
por la sencillez, flexibilidad y firmeza.
Le da seguridad estar dentro de estos vagones altos. amplios,
cómodos. El hombrecillo agradece la
información en tiempo real. Piensa que lo mismo les pasa a los demás. Son
pasajeros de todas las procedencias posibles, cafés con leche de variada concentración,
rosados, amarillos, negros chocolate hasta el azul, y entre ellos, el
hombrecillo color gris local los observa con respeto, admiración, empatía. Cambia de persona observada a la velocidad
del tren. Sólo detiene su mirada para
contemplar a la que se sabe contemplada. Es una lánguida belleza, mescolanza de
coreana con local, que lleva el lado derecho de la cabeza al rape, un mechón púrpuramente
parado antecede a una lisa cabellera izquierda.
Ésta se prolonga en una hermosa y larga trenza que descansa sobre la
gabardina cubriendo el invisible seno. Un parpadeo la evapora. El hombrecillo gris, sabiéndose distinto y
aceptado por la comunidad de los diversos, no deja de sonreír.
Con
la misma facilidad con la que entró, salió. Camina al cruce de las franjas
blancas. Espera que el pequeño semáforo
para peatones pase de iluminar la silueta roja a iluminar la verde. Hasta que esto ocurre cruza la calle. Sin angustia ni urgencia, camina unos cuantos
pasos hacia la caseta marcada para los autobuses 27, 83, y los Nocturnos. Una mujer gorda llena de colores y una
anciana más pequeña que él ocupan la banquita metálica. El hombrecillo analiza la información en
tiempo real del tablero digital que alternativamente asocia el 27 con el
destino final y con los minutos que tardará en aparecer el autobús.
La
puerta se abre momentos después de que el 27 está completamente parado junto a
la banqueta. El hombrecillo sube y con
un orgullo extraño acerca su pase con fotografía al verificador que emite luz
verde al tiempo que un pitido discreto.
Otros que suben hacen lo que hicieron la viejecita gris y el hombrecillo
gris. Otros más, como la gorda y bella,
introducen sus boletitos en la ranura que se los devolverá sellados. Próxima parada ‘Alpes’; Próxima parada ‘Nationale’;
se levanta antes de que el letrero y la voz metálica de mujer le indiquen que
la próxima es su parada, se acerca a la puerta, se prepara para bajar, el
autobús se detiene por completo, se abre la puerta, él baja, da unos pasos, y
sabe que si acompaña con la mirada al 27 que se aleja, verá al final de la
calle, interrumpiendo el fluir de la cotidianidad, la iglesia de Nuestra Señora
de la Estación de Trenes.
Después
de recorrer la callecita que se atraviesa con la suya ve que el Café Un Padre Tranquilo aún acoge a los
habituales. El aroma del horno de la
panadería lo hace caminar hacia ella donde pasará a por su baguette y un
croissant. Algo hace que se detenga 20 metros antes. Es el viejo portón de su vecindad. Sin dudar
presiona el código 77A28, se libera la cerradura, entra, el fotoeléctrico
ilumina los primeros metros. No voltea a ver los buzones. De los 24 buzones de
esa vecindad ninguno es suyo. Los Sin Papeles no tienen buzón. Unos pasos más por
el empedrado y ahí están sus plantas bien regadas, sube el escalón y empuja la
puerta de su departamentito cuya cerradura está inservible de años, avanza con
rapidez, libera el agua fresca del grifo, se inclina, bebe con calma para
calmar la sed, y con calma llena la copa multiusos para degustar el no tan malo
pero carísimo líquido. Sí, el
hombrecillo sabe que está de nuevo en Paris.
Santi
Flores Deache
San
Isidro borrador 19 de octubre de 2012
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